Des-Amor

Des-Amor

LLUVIA CRISTAL

Visito tu tarde. Tan plácida, tan quieta, tan triste.

La lluvia se arrastra por tus cristales buscando tus ojos cansados de buscar siluetas.

Puedo caminar por tus sábanas blancas con mi presencia diminuta.

Puedo verter sobre tu espalda la furia de todas mis batallas perdidas.

No eres mi héroe porque ya no necesito héroes ni salvavidas.

No eres mi cielo porque todo el cielo que necesito lo llevo dentro.

Entro en tu cabeza de mapas y bestias. Siempre los mismos, en fila, en bucle, sin tregua, sin posibilidad de cambio, sin remedio para nada.

Veo en tu cara la culpa por no llegar a la esquina donde reparten momentos dulces.

Piso tu frente y busco hueco en tu nuca para susurrarte palabras hermosas, pero reconozco que todavía no me apetecen.

No busco honores ni alabanzas.

No necesito castillos, porque los únicos muros sólidos se construyen con el alma… Los demás son de arena fina y caen cuando caen las ganas.

No quiero más amor que el que me permita mi libertad.

No deseo más refugio que el de mi propia persona.

No sueño más abrigo que el de un cariño sincero y un abrazo sentido.

Visito tu tarde y la lluvia no para.

El agua que cae canta las palabras que nunca dijimos.

El viento calla porque tú no te atreves a pedir…

Tu angustia contenida dibuja la palabra “perdona” pero tu miedo a perder algo que jamás tendrás te incapacita para decirla en voz alta.

Tus ojos dibujan oportunidades que no llegarán nunca, porque tus labios jamás podrán pronunciar súplicas.

Hoy te diré que no, por todas las veces que no fui capaz y me arrancaste las lágrimas.

Hace tanto tiempo que no buscas nada que las pupilas se te han cubierto de escarcha.

Hace tanto tiempo que miras y no ves que te has perdido todas mis cicatrices de guerrera retirada.

Ahora amo tanto el silencio que me aturde incluso recordar todos nuestros gritos pasados…

Escucho tus lamentos sobre el suelo gris mientras la luz ocre de una lámpara que no recuerdo haber visto nunca te dibuja una mueca horrenda en la cara.

No seré tu cómplice en este intento burdo de darme pena para mendigar un amor que ni tan siquiera sueñas.

Me cuentas otra vez cada una de tus batallas.

Ya no me interesa la guerra, te digo, ahora busco silencio y calma.

Y no me entiendes porque hablamos dialectos distintos en esta loca carrera para soltar lastre y vaciarse el alma rota.

Tú quieres que te consuele y yo ando por tus esquinas vencidas porque esta tarde me aburría y vi tu cara en una foto antigua y amarillenta.

Tú eras el personaje sordo que nunca escuchaba y yo la muñeca desmembrada del rincón del armario que nadie mira.

No seremos amantes, porque tú nunca usas el gerundio, estás demasiado dormido para vivir sin guantes y besar sin miedo.

No seremos viejos, porque ya lo somos, cuando callamos lo que sentimos y nos envolvemos en esta capa de miedo y mansedumbre casi obscena.

No seremos ángeles, porque el peso de la culpa nos rompería las alas…

Podemos ser lo que queramos, si somos capaces de abrir las ventanas y unirnos a la lluvia.

Si dejamos el paraguas de la rabia cerrado y salimos a buscar un rayo que nos parta porque tal vez nos devuelva la vida.

Pero… No lo haremos porque yo he superado  tu ausencia y tú ni siquiera te has dado cuenta de que ya no estoy.

No uso besos prestados, ni caricias alquiladas.

No vendo carne fresca esperando calor de segunda mano.

No necesito más compasión que la que regalo a quién la necesita.

No quiero más medalla que este corazón que ocupa mi pecho y late con ganas.

Visito tu tarde y está hueca.

Sé que tú sueñas con que la llene con mis versos sin rima y mis pies pequeños, pero yo no he nacido para suplir ausencias.

Ya no…

Sé que me buscas porque estás triste y cuando te vuelva la risa, me negarás la palabra y preferirás una sirena…

Y yo soy demasiado gigante para ocupar un el diminuto vacío que ha dejado en ti quién sea.

Visito esta tarde contigo y apago las luces para no ver y poder imaginar que nada fue.

Para que el vals sea lento y la noche llegue sin avisar y nos pese el silencio como una losa gigante.

Para que no me importe si vas o vienes, porque ya no tengo que esperar tus caricias ni leer tus miradas.

La lluvia me recuerda que somos sólo un episodio en una serie que ya no ve nadie. Y ahora noto que ya no tengo miedo a ser nada que te moleste.

Te visito de recuerdo y te encuentro tan roto que me doy cuenta de que la entera ahora soy yo.

¿Sabes? El desamor no es tan amargo cuando se toma conciencia y se elige comprender.

Y las bestias no son tan terribles cuando descubres que estás de tu parte cuando se ponen fieras y buscan tu cuello.

No eres mi amigo porque no sabes guardar secretos ni contener tempestades.

No eres mi héroe porque ya hace tiempo que la que ostenta los superpoderes soy yo…

Vives de alquiler en ti mismo

Vives de alquiler en ti mismo

soledad

Somos víctimas de nosotros mismos. De nadie más… De nada más.

No somos lo que nos pasa, somos la forma en que decidimos afrontarlo y la enseñanza que sacamos de ello. Las palabras que usamos para contarlo, la música de fondo que le ponemos mientras imaginamos las soluciones y las personas en quiénes nos convertimos al vivirlo.

Somos víctimas de nuestra arrogancia, de nuestra necesidad de demostrar, de ser aceptados y valorados desde fuera… Somos el resultado de nuestra ignorancia sobre los millones de posibilidades de ver el mundo con otros ojos que no sean los nuestros o que sean los nuestros sin estar asustados… Somos la presa de nuestro temor a no ser amados y estar solos.

Somos capaces de rebajarnos hasta convertirnos en una reducida versión de nosotros mismos que sea aceptable para los demás y nos traiga un sucedáneo de amor que mostrar al mundo… Fingimos ser para poder fingir ser amados, para vivir en una ilusión de vida que no existe.

Como si fuéramos esclavos de nuestra propia mirada, de nuestra incapacidad por plantearnos alternativas a la realidad que creemos conocer De nuestra negativa constante a no querer cuestionarnos los cimientos sobre los que hemos construido nuestros sueños y nuestra personalidad… Para no tener que descubrir que vivimos en un engaño y hemos estado intentando cambiar algo que no nos correspondía.

No hay nadie más que nosotros que pueda hundirnos o hacernos tambalear. No, si no le dejamos, e incluso así podemos blindarnos y decidir que no, que no aceptamos esa opción… Aunque no sea fácil. No lo es porque además no nos han educado para ser capaces de darnos cuenta de eso. Nos han dicho que siempre debemos buscar culpables fuera de lo que nos pasa a nosotros en la vida y cargar una gran culpa por no ser cómo los demás creen que debemos ser. El caso es no asumir responsabilidades y pensar que es el mundo el que va a tener que cambiar mientras nosotros nos dedicamos a juzgarlo y esperar a que sea distinto gracias a nuestro sufrimiento.

El sufrimiento es inútil. No sólo no sirve para hacernos dignos de nada, porque ya lo somos de todo, sino que además, se acumula y lo corrompe todo para acabar dando frutos amargos que conllevan más sufrimiento.

El mundo que vemos es un reflejo de nuestro mundo interior… No es lo que te pasa, es lo que eres

Sólo vemos lo que conocemos, lo que llevamos dentro… El mundo es un reflejo de lo que somos… No es lo que te pasa, es lo que eres, la forma en que miras, lo que esperas ver…

Si sales a la calle con ganas de pelea, te peleas. Si sales con ganas de risa, te ríes. Si te sientes pequeño, todo a tu alrededor será grande… Si vas por la vida dando, recibes. tal vez no de la persona a la cual le diste, sino de otra que no esperas. Si te sientes miserable, habrá quién te pise, porque seguramente a salido a la calle con ganas de pisar para demostrarse que puede. Si te sientes culpable, recibirás un castigo imaginario. Si sales a perdonar, recibirás perdón.

A veces, nos desgarramos y herimos tratando de modificar la realidad, cambiar ese mundo que no responde a nuestras expectativas, darle la vuelta a lo que nos rodea, porque nos da mucho miedo mirar en nuestro interior y mucha pereza intentar entenderlo.

Y nada de eso sirve de nada. Sólo respirar hondo y sentir que tienes que moverte y fluir con lo que realmente eres. Vivir de acuerdo a lo que eres… Después de sacar de ti cualquier limitación que lleves arraigada y prendida en la conciencia que te haga creer que nada de lo que quieres en la vida es posible. Lo demás  es una excusa que todos usamos para poder soportar no movernos, no actuar, no ser, no sentir, ceder nuestro verdadero poder y vivir la vida que otros nos han dibujado.

Cuando se acaban las excusas, sólo quedas tú. La soledad absoluta de quién ha huido durante siglos de sí mismo. De quién ha evitado volver a casa y limpiar el polvo y abrir las ventanas… Una casa tan abandonada que te esfuerzas en no reconocer… Aunque sólo hay una opción, mirar dentro de ti y empezar a entenderte.

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Siempre cambiamos cuando no hay más remedio y la vida nos duele tanto que nos pone un ultimátum. O tú o la nada. O construir de nuevo o ver cómo cae sobre ti… O dejar de sufrir o dejar de ser.

A veces, te das cuenta de que cada día haces mil cosas que te alejan de ti sin apenas pensarlas y madurarlas, pero no sabes cómo parar porque es como si no fueras tú, como si alguien hubiera conectado un piloto automático cuando tú no estabas… Mientras estabas ocupado intentando ser alguien que no eras para encajar en un mundo al que en realidad no querías pertenecer, el desánimo y las desesperanza se apoderaron de ti y te convirtieron en un robot. Es lo que pasa cuando uno se ausenta de sí mismo, otros ocupan su lugar… Y viven una vida que no tiene  nada que ver con la que tú sueñas… Se acomodan en tu sofá y se calientan ante tu chimenea. Se sientan a tu mesa y comen tu cena… Duermen en tu cama y sueñan tus sueños…

Siempre hay alguien que sueña por ti.

Tiene tu cara y lleva tu ropa, es una versión de ti rota y anestesiada de tanto pensar siempre lo mismo y no encontrar salidas.

Alguien que decide por ti cuando tú no decides. Y siempre decide lo mismo, de la misma forma, en el mismo lugar, en bucle, en círculo, sin más remedio.

Alguien que vive por ti lo que tú no vives…Ni lo notas, ni lo sientes.

No te engañes. No es culpa de nadie. Ni tuya ni suya. Es tu responsabilidad.

Si fueras un tren, no tendrías maquinista y no podrías parar en tu estación favorita.

Si fueras una casa, no tendrías puerta y podría entrar quién quisiera para vivir en ella y ocupar tu lugar.

Si fueras tú con plena consciencia, ahora verías que has dejado de serlo durante demasiado tiempo.

Lo has hecho tanto, que tal vez, ahora te das cuenta, nunca has sido tú realmente, porque siempre has estado condicionado por llegar a una idea de ti que tomaste prestada, que te dijeron que era correcta.

Y ahora descubres que para ser quién eres de verdad, en realidad, tienes que dejar de ser tú… Esta persona que habita tu casa y tu cabeza… Esta que llora por lo que tú has pensado que daba pena y ríe por lo que pensabas que hacía gracia… Esta que ha subido montañas y atravesado caminos como si fueran tus caminos, esta que ha amado pensando que amaba lo que tú amabas.

Para llegar a convertirte en esa que no conoces porque desde que eras niño no la has dejado salir a volar por miedo a caer y no dar la talla.

Acumulas mucho trabajo pendiente, mucho.

La ventaja es que esto ya no depende de nadie más que ti. Y que ahora, lo que descubrirás que quieres cambiar no ese mundo rebelde que por más que quisiste transformar no podías, sino la forma de mirarlo y sentirlo… Tu voz interior, tu emociones, tus manera de abrazarlo y vivirlo… La forma en que lo hace esa persona que duerme dentro de ti esperando que la despiertes.

Siempre hay alguien que sueña por ti… Una versión dormida de ti mismo que no aspira a nada más que existir y que no tiene más sueño que el de sobrevivir y seguir ocupando un espacio.

Aunque no has querido verlo, lo sabes, porque has encontrado pistas que lo hacen evidente… Vives de alquiler en ti mismo. 

Has perdido el poder sobre tus decisiones… Has arrendado tu vida y nada de lo que sientes es del todo tuyo…

¿Hasta cuándo?

 

Ámate en silencio…

Ámate en silencio…

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Corre cuando sientas que no puedes, hazlo porque la carrera te traerá las ganas y la fuerza para poder seguir.
Cuando notes que todo se acaba, lávate la cara y vuelve a empezar. Eres tú quién decide si tiras la toalla o sigues caminando… No pierdas ese poder.
Cuando no haya luz, sé tú la luz. No necesitas nada que esté ahí afuera, te bastas y te sobras, aunque suene duro y asuste oírlo.
Cuando no haya tiempo, pasa por encima del tiempo. A veces, tenemos que ver cómo se nos escurren los momentos para entender que necesitamos paciencia para tener paciencia…
Si las caras que te rodean no te animan, no las mires, no las asumas, no dejes que te calen hasta el alma y te reordenen los pensamientos. No estás obligado a nada.
Si el desánimo te acaricia la nuca, intenta escuchar tu voz diciendo que puedes. Busca el recuerdo más hermoso y alentador y aférrate a él con fuerza desmesurada… Recuerda su calor, su olor, su tacto, su música. Vívelo hasta pensar que estás en él y afronta el momento presente con esa energía acumulada que ya no malgastas batallando contra el mundo sino invirtiendo en ti .
Si todavía no has encontrado las palabras que pueden acompañarte en este viaje, busca más y no te preocupes, ellas vendrán a ti… Si las palabras que te dices no son las palabras que mereces, calla un rato. El silencio es el antídoto que estás buscando… La quietud de ver pasar tus pensamientos y salir de ti mismo para encontrar el camino… No te angusties, todo lo necesario llegará en el momento adecuado.
Escucha tus latidos, nota como fluyen tus venas, escucha el vals de las olas del mar bailando en tus pies… Baila con su cadencia, mécete en sus vaivenes y déjate llevar por su calma.
No dejes que tus pensamientos te lleven a donde no perteneces. No habites ideas que te hagan sentir pequeño, frágil, herido, maltratado, náufrago… No eres víctima de nada ni de nadie, eres tu propio guía. Si lo dudas, sal de ti mismo para ser más tú que nunca.
No te permitas personas que te rebajen y te hagan sentir mal… No importa si están o no están, no dejes que te posean el ánimo… Si consientes que te menosprecien, eres tú en realidad quien se menosprecia.  Decide, escoge, reina en tu vida y en tu voluntad.
Aléjate de gurús de egos hinchados que ocultan en realidad autoestimas flojas…
Aléjate de aquellos que tienen fórmulas mágicas para todo y venden éxito embotellado a cambio de perder la esencia. Mírales con compasión porque es lo que merecen y necesitan.
No pienses que no perteneces a donde sueñas. Si lo sueñas, es que ya es en parte tuyo, es que ya estás preparado para tocarlo aunque todavía no lo sepas.
Llora si lo necesitas, pero no acabes viviendo en tu llanto… Llora para vaciarte de asco y de pena… Ponte tu mejor traje para que el fracaso te pille de gala y eso te deje ver que en realidad es un triunfo.
Que te llegue la noche con los sentidos saciados, los besos dados y al menos una meta cumplida… Que antes de cerrar los ojos tengas claro el reto de mañana. Vacía tu agenda de citas mediocres y déjate tiempo para estar contigo, eres quién tiene todas las respuestas a tus preguntas…
Busca el silencio para amarte… Eses espacio dentro de ti donde nada te golpea ni araña. Encuentra tu paz y para todos los relojes para notar tu presencia y amarte sin prisas. Allí es dónde están todas la respuestas, donde han estado siempre.
Rebusca en todos los cajones hasta sacar a la luz todos tus secretos… Ya sabes dónde los escondes, no te hagas trampa. Mírales a la cara para descubrir que no importan porque no hay culpas ni perdones, sólo personas que están aprendiendo a vivir y a veces, cuando se olvida de amarse, hacen cosas difíciles de entender.
Insiste siempre si crees que compensa. No importa que seas la nota discordante, que desafines, que canses y que algunos te miren mal por recordarles que hay más mundo que su mundo… Hazlo con amor, sin acritud, con mirada compasiva y comprendiendo otros puntos de vista. No batalles por batallar. No busques dar patadas al mundo para desahogar la ira que te quema dentro por algunas injusticias que en realidad son oportunidades, aunque el dolor, a veces inmenso, no lo permita ver. No sabemos más que nadie, cada uno lleva su camino como puede…
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Usa el rojo cuando todo sea gris…
Brilla tanto que sea imposible apagarte o desconectarte. Porque eres tú quién te enchufa a tu vida, quién tiene el interruptor… No te lo escondas ni se lo cedas a nadie. Que los que no soportan que brilles, tengan que aceptar tu grandeza y eso les lleve a conocer la suya propia… Brilla para que brillen.
Camina bajo la lluvia para que la lluvia te lleve.
Cuando estés muy cerca de tu sueño y el miedo y el cansancio te tumben o te paralicen los pies, mantén la calma y sonríe, es el momento de respirar… Es la última prueba antes de llegar. El peldaño más complicado de subir es el que más te acerca a tus retos.
No huyas de lo que sientes. No cierres la puerta a lo que te duele porque te perseguirá hasta el final. Afróntalo de cara y permítete entenderlo y aceptarlo hasta que dejes que se vaya si  ya no forma parte de ti.
Suelta lo que te pesa. Gran parte de tu cansancio es porque cargas una culpa que no existe. Afloja la conciencia absurda y aprendida de un mundo que te pone normas para que no te quede más margen para vivir que el que le conviene.
Sucumbe a todas la tentaciones de las que llegado el momento puedas prescindir… No seas adicto a nada que te evada de ser tú, pero no te niegues el placer.
No te subas a trenes que no te lleven a donde quieres ir. A veces, lo hacemos porque eso nos entretiene y distrae de afrontar lo que nos asusta. Aunque, si ya vas en uno, no te apures, seguro que estás en él porque era necesario para aprender. Todo pasa para algo…
Ilusiónate mucho  sin perder tu calma y no temas para caer. Cae sin miedo, porque sabes que cuando te levantes serás aún más increíble y poderoso…
Ponte las botas de atravesar charcos llenos de lodo y lleva siempre en el equipaje los zapatos de baile, por si invitas al destino a bailar y dice que sí y luego cambias de rumbo.
Sé tu amante y tu sosiego. Sé tu refugio y tu sol.
Arráncate las etiquetas absurdas y sal de la fila de los que esperan que alguien les solucione la vida. En esa fila todos fruncen el ceño y siempre se cuela alguien ante ti y nunca se consigue nada.
No guardes la llave de ninguna puerta que ya no quieras abrir. No dejes puertas por cerrar ni habitaciones oscuras sin iluminar.
No encierres tu alma, ni sometas tu consciencia.
No beses más sapos pensando que serán príncipes porque serán siempre sapos… Y tú no necesitas príncipes.
No te asustes si a medio camino no te reconoces, el camino te cambia y tú cambias al camino. A cada paso irás soltando capas y desnudándote de historias tristes.
No te preocupes si no te reconocen los que nunca se ocuparon de saber realmente quién eras. No les escuches cuando te pidan que vuelvas a tu versión anterior. Confía en ti.
No dejes un baile a medias porque pare la música, sé tú la música.
No escuches a los que han perdido la esperanza porque tal vez no quieren ayudarte sino hacer que la pierdas tú.
No envidies nada, lo tienes todo. A veces, no lo ves porque el ruido te empaña los sentidos y las percepciones.
Deja de mirarte con ojos cansados y rencorosos.
Cuando te pierdas, no te busques entre los trastos viejos y en los rincones sucios… No visites los lugares más tristes ni los valles más oscuros… Nunca más.
Si te pierdes… Búscate entre las flores. Ese es tu lugar.
 
 
Es imposible que sea imposible

Es imposible que sea imposible

CIMA

A veces, creo que nos asusta más triunfar que seguir en la casilla de salida de nuestro gran plan para tener éxito. En una especie de semiconsciencia. A medio camino entre lo que somos y lo que queremos llegar a ser. Porque nos engancha esa sensación de estar apunto de algo grande pero no hacerlo, por si no sale bien. Como si nos fabricáramos la coartada y la excusa para no decir que no estamos haciendo nada para conseguirlo pero saber que el momento de intentarlo aún tardará…

Nunca sentimos que estamos preparados para afrontarlo. De hecho, no lo estaremos del todo nunca. Tanto si es cambiar de trabajo como dejar algo que nos está arañando por dentro… Incluso si es atrevernos a probar algo hermoso, dulce, amable…

No importa si lo que queremos es conseguir algo que nos parece mejor o si lo que necesitamos es dejar algo que nos hace daño. No lo hacemos porque no nos sentimos dignos de ello y esa sensación de “indignidad” nos deja paralizados.

Y cuando intentas superarlo y alguien te pregunta ¿qué te pasa, crees que no eres suficientemente bueno? La respuesta es no, lo soy, pero… Algo no encaja en todo esto. Y para descubrir qué, tendrías que hurgar tanto ahí dentro, en esa habitación cerrada donde guardas tanto dolor y oscuridad que no crees que te compense.

Y piensas… Tengo las ganas, tengo el talento, he diseñado mi plan pero… No sé qué pasa que no funciona…. Y escarbando un poco en ti, un día, harto y agotado, sale la frase… No es que no me lo merezca, porque he hecho muchas cosas para conseguirlo… Es sólo que esas cosas no le pasan a las personas como yo.

Es una sensación extraña de estar marcado de alguna forma. De llevar en algún lugar una señal que no ves pero que hace imposible que llegues a tu meta. Como si fueras de un subgénero de personas que no forman parte del club de los que lo consiguen… ¿Has sentido eso?

Parece descabellado, pero eso explicaría tantas cosas… Ya te pasaba en la escuela cuando te sentías distinto y nada encajaba… Te pasa en el trabajo porque todos te pasan por encima sin entender por qué, cuando vas a un lugar y ves a una persona a la que te gustaría conocer… Sabes enseguida que no saldrá bien, que no puede ser…

Es una sensación rara, rarísima…. Cuesta explicarla y más entenderla. Es como si el éxito no estuviera en tu ADN. Como si por más que lucharas, algo en ti fuera defectuoso, como si tu código de barras no casara con el código de barras del éxito… ¿Has tenido esa sensación de que la suerte llama siempre a la puerta de al lado? Todo va bien y cuando te toca a ti, pasa de largo, como si tuvieras un repelente para esas cosas.

Tienes esa sensación de que lo bueno se acerca pero siempre está a un paso de ti. Todo está listo pero las piezas no encajan…

Y seguramente es cierto, en tu mente, el gran director de orquesta que hace que al final la melodía no suene… La marca invisible que te separa de tu meta la has dibujado tú, la sientes tú y la transmites a cada gesto y cada mirada… Porque hace años, te instalaron un software en esa cabeza que tanto piensa y se preocupa en el que dice que siempre te quedas a las puertas de algo. Te programaron y, te programaste para quedar a medias, para soñar pequeño, para repeler la meta… Y el programa viene de lejos. Es el mismo que llevaban tus padres, por eso, te lo instalaron, pensando que hacían lo mejor para ti, para tu vida… No hay mejor manera de evitar sufrimiento que invitar a alguien a no soñar o a soñar corto, pequeño, asequible… Dejar claro que hay cosas que tiene vetadas por el hecho de ser él… Porque hay cosas que nunca te pasan a ti ni a los tuyos… Porque tus genes escupen la felicidad, eluden el éxito… Como si formaras parte de una saga maldita.

Lo que pasa es que, de vez en cuando, en estas sagas de personas maravillosas programadas para creerse indignas de lo bueno, hay alguien que osa llevar la contraria. El que dice que no y toma un camino distinto. El que decide intentar si es posible, después de atreverse a soñar que tal vez…

El problema es que sueña como los suyos nunca han soñado, pero usa las mismas herramientas que ellos para conseguirlo, una mente programada para no llegar a la meta. Sigue sintiéndose indigno pero sabe que no lo es y esa contradicción le hierve dentro hasta que llega a la coherencia de ser como realmente es, una persona ilimitada.

No se trata sólo de pensar que puedes sino también de sentirlo y actuar en consecuencia.

Hasta que no nos sentimos dignos de algo, no abrimos en nuestra mente la posibilidad de que suceda. Hasta que no actuamos desde esa posición de dignidad, nuestros pasos nos separan de lo que realmente somos y deseamos… Y la meta se aleja cuando te acercas porque lo haces desde el miedo absoluto a no ser como son las personas que la alcanzan.

Como si la suerte esquivara a los que no se sienten dignos de ella…Y sentirse o no digno, no depende de dónde se viene ni  tan siquiera a dónde se quiere ir, depende de lo que uno se cree que es.

De si siente que forma parte de eso que sueña.

De si confía en llegar o realmente se nota fuera de lugar.

De si hemos desinstalado el programa que llevamos dentro desde hace años y que nos obliga a pensar que hay cosas que nunca nos podrán suceder, porque no, porque no somos de esa clase de personas a las que les pasan esas cosas.

Y el trabajo no es nada fácil. Si ya tiene mucha miga decidir qué quieres y trazar un plan para conseguirlo, imagina qué supone además formatearte a ti mismo, hacer un reset y borrar todo lo que te limita y separa de quién realmente eres… Esa persona pura que en el fondo sabe que puede optar como cualquier otro a lo que sueña.

Salir del círculo vicioso del sentirse culpable por no ser como deseamos y luego sentirse culpable porque esa culpabilidad nos aleja de lo que realmente somos.

Darse cuenta de que tenemos llave de todo y a veces nos resistimos a abrir la puerta porque nos han educado para quedarnos en el quicio, mirando como otros consiguen el  premio que nosotros deseamos.

Y al final, entender que lo único que nos separa de nuestro cielo particular somos nosotros y la forma que tenemos de mirarnos.

Volvemos a recordar cada momento duro y nos detenemos en él sin un átomo de esperanza… Recordamos las humillaciones como si las heridas fueran recientes… Nos obsesionamos con seguir siendo un muñeco en manos del azar en lugar de asumir nuestro poder y nuestra responsabilidad en cada acto y cada consecuencia…

Cuando lo que cuenta es percibir que no hay nada que la vida nos aparte porque somos nosotros quiénes lo esquivamos… No hay más destino que nuestras creencias ni camino que el que nos empeñamos en dibujar cada día.

Ser capaces de darle la vuelta a todo y notar que no hay nada estropeado en nosotros.

Que no tenemos que llevar la carga de nadie, ni siquiera la nuestra, porque hicimos lo que pudimos.

Y no hace falta llegar a la meta, lo que importa es entender que no hay nada en nosotros que nos haga indignos de ella… Aunque a veces no lo conseguimos porque nos falta aprender algo en ese lapso de tiempo en el que casi la tocas y te das cuenta de que no está…

A veces, el premio no llega porque nos espera otro más grande.

Otras veces porque lo que perseguimos no es lo que realmente deseamos y nos estamos engañando.

Tal vez nos falta otro intento sin tanto agobio y desesperación porque quién guarda la puerta no nos quiere ver tan estresados.

A menudo quién más nos aleja de nuestros sueños somos nosotros mismos y nuestros pensamientos y emociones.

Cada vez que sentimos que no. Cuando las emociones nos estallan por dentro y nos queman las entrañas.

Cuando decidimos ponernos el traje de “siempre me pasa a mí” o “todo es muy injusto”. A cada queja y lamento que lanzamos, nos separamos de la meta y volvemos hacia la casilla de salida.

A veces, somos lo que detestamos porque lo vivimos con mucha intensidad y nos ponemos una careta amarga para que todos lo vean y lo noten.

A veces, lo perdemos todo porque no sabemos esperar y cambiamos de apuesta cuando estamos a punto de ganar.

Tú eres tú. No se admiten devoluciones ni rebajas. No puedes recortarte con tu forma de pensar ni imaginarte a medias…

Eres capaz de ser lo que sueñas, porque si no, no serías capaz de soñarlo.

O como dice Louise L. Hay que “los milagros son sólo la consecuencia de lo que nos atrevemos a creer”.  Por eso es tan importante revisar qué creemos, pero de verdad, no en superficie. Y para ello, no hay más remedio, hay que entrar en esa habitación cerrada donde guardas dolor y oscuridad y abrir las ventanas. No es fácil pero es el camino… Y siempre, siempre, vale la pena andarlo y hacer el ejercicio de entender que en realidad estamos hecho del mismo material de lo que soñamos y que, por lo tanto, es imposible que sea imposible alcanzarlo.

Lo que amas…

Lo que amas…


Amas el silencio después de noches sin tregua pensando sin cesar, sin encontrar consuelo, sin dibujar una salida.
Sentarse e imaginar sin saber, sin necesitar, sin tener que tener, sin esperar a esperar.
Amar ser sin almacenar…  Encontrar sin buscar. Sentir sin pensar…
Porque a veces, hay que detenerse a notar, a construir, a imaginar.
Parar para bucearte, para sentirte, para fundirte contigo y respirar. Para saber qué pisas y a dónde te diriges, para descubrir que no hay mejor victoria que escoger una derrota de la que puedes aprender a volar…
Para conocerte tanto que puedas despojarte de todas la capas con la que vestiste tu alma para poder existir sin pedir perdón y darte cuenta de que ya no te hacen falta…
Para poder lanzar tus culpas inventadas por la borda y enderezar el rumbo del barco hacia donde sueñes, aunque el mundo no lo entinda…
Amas la paz callada que te habita cuando necesitas escucharte y bailar con tu propia música.
Amas tu música.
Amas  al desconcierto en tu alma acostumbrada a caminar, cuando para. La queja sorda de la niña testaruda que llevas dentro que te pide que te levantes y sigas… El desasosiego de tu impaciencia que queda muda y el ego asustado que busca abrigo porque nos sabe qué le espera pero ya le disgusta por si acaso.
Amas a todos tus mecanismos de defensa. Todas tus corazas y todas tus máscaras… Tu soberbia llorosa y malhumorada… Tu rabia contenida, tu ira ahogada, tu necesidad de justicia rota que se agitan y bailan desesperadas…
Amas a la institutriz sin alma que vive en ti y siempre te regaña. Porque pertenece a tu pasado y  ahora sabes que no supo hacerlo mejor…Porque gracias a su ruda dureza y su serenidad impasible añoraste el amor incondicional y supiste qué no eras…
Amas a todas las muñecas tristes que habitan en esta muñeca a veces cansada y otras rota que intenta encontrar la calma. Porque sin todos sus errores estaría perdida y sin su pena enorme y salvaje jamás habría llegado a este tramo del camino.
Amas la guerrera que fundía con la mirada y le daba vueltas a las palabras hasta convertirlas en flechas. Sin ella, jamás habría conseguido la valentía para levantarte y empezar a buscar todas las vidas posibles que te tienes reservadas.
Amas a la niña torpe de cara triste que espera en un rincón porque no juega… Sin su desesperación armada y su llanto sordo, tú ya no existirías.
Amas tu llanto.
Amas tus heridas abiertas porque sabes que el trabajo de cerrarlas te convertirá en un ser gigante.
Porque cada uno de sus pasos en falso ha esculpido tu vida… Cada uno de sus intentos fallidos ha trazado tu mapa de viaje… Porque estabas tan desolada e insatisfecha que osaste imaginar un mundo en el que ella era otra y se encontró contigo a medio camino y le dijiste que se otra eras tú.
Amas el manto incierto que cubre tus días sin techo ni suelo ni abrigo seguro.
Amas la incertidumbre.
Amas al despecho de un mundo que te trata como tú te tratas y que no te ama hasta que no te amas.
La incómoda satisfacción de saber que el futuro está en mis manos y el presente es una tarde de lluvia que hay que aprender a amar para encontrar la magia.
La gratitud de saber que todo es un regalo. La costumbre de imaginar lo peor después de siglos de pensar que mereces poco o casi nada… Y que eso te obligue a tener que cambiar tu forma de pensar y vivir…
Amas al sosiego de saber que de todo se aprende, aunque no entiendas por qué.
Amas tu ignorancia porque aviva tus ganas de conocimiento…
Amas al fuego de tus entrañas enfadadas y molestas porque el mundo no es como sueñan y a las personas a veces cuando están rotas van rompiendo a otras.
Amas a la inquietud de arriesgarte a rondar por la vida sin saber y el miedo que se aloja en tu espalda y baila en tu garganta, porque sin él no serías la mitad de lo que sueñas…
Seguir el viento sin conocer el viento… Ser el viento sin saber a dónde va, pero creyendo que te lleva a dónde necesitas estar.
Amas al dolor sentido y asumido, porque con él te fabricaste el antídoto para las penas y te convertiste en una mejor versión para soportar sus envestidas…
Amas a todas y cada una de tus imperfecciones porque te han dado el impulso para poder saltar el muro y aprender que lo bueno que hay en ti es tan grande que eclipsa tu tristeza… Y que lo que parece malo, en realidad, es la excusa para poder seguir tu camino…
Amas tus lamentos porque ya no existen, pero te dieron impulso.
Porque no hay nada insalvable cuando descubres quién eres y qué buscas…
Porque te amas y reconoces tus facciones en un marasmo de caras mustias y almas revueltas que se desesperan por bajar de esta noria que no para nunca.
Amas la noria…