Si crees que no lo mereces, al final, será cierto

Si crees que no lo mereces, al final, será cierto

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Hace un tiempo que le doy vueltas…  Siempre he pensado que todas las personas merecemos lo máximo, que debemos hacer lo imposible para estar bien y que nuestro día a día sea feliz.  Creo firmemente que tenemos que luchar para que nuestros días sean del todo nuestros, propios, maravillosos… Que están llenos de lo que nos hace vibrar y nos llena de vida…
Sin embargo hay situaciones en la vida en las que te pasan cosas que te doblegan y dejan hecho hatillo, algunas de ellas duran sólo un momento, otras se repiten cada día en una especie de rutina dolorosa que nos deja exhaustos y atormentados.
Nuestro cuerpo no está preparado para esta ansiedad continua, ese dolor sin tregua que nos va lacerando por dentro hasta que nos sentimos distintos, pequeños, reducidos…Y puesto que nos sentimos pequeños, acabamos siéndolo.
Tragamos esa amargura día a día, como si fuera una medicina necesaria, como si nos pusiéramos un antifaz para no ver esperando no sentir. Nos abonamos a la tesis de que sufrir es normal, que no importa… Porque nos han educado para sentirnos mal por vivir, por disfrutar, como si cuando nos sentimos bien y soñamos con más, un castigo terrible fuera a enviarnos un rayo que nos parta en dos… Nos han hecho creer que debemos sentirnos culpables por no sentirnos culpables por algo… Y vamos por la vida buscando razones para apenarnos y, como la vida ya nos trae algunas por sí sola, a las que nos vienen dadas se añaden las que hemos atraído mientras nos sentíamos mal por existir, por desear tener una vida plena.
Lo que me lleva a darme cuenta de algo, que es a lo que le doy vueltas.  Al final, si vives una situación muy dolorosa que podrías evitar tomando decisiones y no lo haces… Es duro pero acabas mereciéndotela. Lo digo con cariño y pienso que no es irreversible. Creo que todos merecemos lo mejor, pero también pienso que cuando aceptas cosas que rebajan tu dignidad porque el esfuerzo por cambiarlas te da pereza o miedo o te supone cambiar demasiado, acabas tan reducido, tan vacío, tan agotado, que consigues merecerlas.
Tu cuerpo cambia para merecerlas…
Tu alma cambia para merecerlas…
Tu sustancia cambia para merecerlas…
Se te cambia la cara, el gesto, se te amarga el día a día. Te transformas. Igual que tus sueños más maravillosos te transforman y cambian, igual que tus metas y tu lucha por conseguirlas te hacen grande, inmenso… Tus pesadillas entran en ti y hacen un agujero en tus entrañas, se te instalan en ellas y empiezas a obedecer sus leyes.
Pienso que tus sueños te hacen más capaz de conseguirlos… Y en consecuencia, tu resignación también obra en ti los cambios necesarios para que vivas con ella. Te reduce la capacidad de darte cuenta de lo mucho que vales y a lo que puedes aspirar, para que te adaptes… Y luego te recubre de ignorancia para que puedas soportalo…
Somos también lo que aceptamos. Lo que tragamos. Cuando nos encerramos en un reducto oscuro, nos encogemos. Cuando decidimos que vamos a salir al mundo a mostrarnos, nos expandimos, nos dilatamos, nos convertimos en seres enormes y sin medida.
Cuando aceptamos dolor a cambio de nuestra sonrisa nos convertimos en seres opacos y tristes. Cuando no nos conformamos y luchamos por lo que realmente merecemos, brillamos con fuerza… Cuando agradecemos lo que tenemos y hemos conseguido volamos. Cuando maldecimos lo hermoso que hay en nosotros y no vemos nuestro talento vamos a ras de suelo.
Nos acostumbramos a todo, incluso al dolor. Nos acomodamos a él y nos deformamos física y emocionalmente para soportarlo. A veces, fingimos que no lo sentimos, pero siempre está si no decidimos apartarnos de él cuando podemos.
Un día dije que si soñamos algo es porque lo merecemos. Ahora pienso, es duro la verdad, que cuando dejamos de soñarlo y creemos que no lo merecemos, algo en nosotros capta el mensaje y nos hace diminutos como seres humanos… Algo hace que bajemos escalones en nuestra evolución personal y acabamos creyendo que no merecemos nada… O peor aún, que merecemos sufrir.
Si de pequeños nos hubieran metido en una caja, hubiéramos crecido dentro de ella, nos hubiéramos adaptado a su forma, a sus huecos, nos hubiéramos transformado por dentro para permanecer en ella…  Seríamos dignos de la caja cuando, en realidad, somos enormes, y podríamos crecer hasta superar nuestros límites.
Cada vez que nos resignamos, menguamos. No es que nos convirtamos en seres inferiores, eso nunca, es que perdemos el brillo, perdemos el hilo que nos une a esa parte maravillosa que tenemos y que nos ayudaría a salir de la caja… Nos olvidamos de nosotros mismos y perdemos el mapa para encontrar el camino de vuelta.
Cada vez que decidimos que no merecemos más, nuestro cuerpo se adapta a ello. Nuestra neuronas se adaptan a la nueva situación, nuestras emociones nos punzan el pecho y nos encogemos.
Cada vez que nos decimos que no, que nos vetamos, que nos limitamos, cortamos el camino, levantamos un muro, derribamos un puente, nos aislamos de nosotros mismos…
Cada vez que pensamos que no lo merecemos nos convertimos en una versión básica de nosotros mismos . Un nuevo yo que no lo merece porque no lo entiende, porque no lo sueña, porque no lo busca… Como ser humano sigue siendo maravilloso, pero ya no lo sabe ni se acuerda  porque sus pensamientos han modelado su vida y ya no recuerda quién era ni para qué vivía.
Cada vez que crees que no lo mereces estás más cerca de no merecerlo…
Aunque el remedio es no bajar el listón, recordar quién eres, sentirte entero pase lo que pase, creer que eres digno y decirte cada día a ti mismo que vales mucho y mereces lo mejor… Esas palabras irán abriendo camino de nuevo para que vuelvas a tu estado natural y brilles como realmente mereces.
No le abras la puerta a tus pesadillas, porque siempre deciden entrar y quedarse. Porque anidan en ti y les crecen las alas enseguida antes de que te des cuenta de que están y dominan tus pensamientos.
Y no bajes peldaños en tu escalera personal de ascenso a ti mismo, a ese tú que sabe que no puede escatimar en sueños y alegrías y no está dispuesto a ceder su vida…
Cada pensamiento que creas, genera un nuevo camino y lo condiciona… Si no nos apartamos del dolor, acabamos convirtiéndonos en lo que detestamos.
Al final, somos lo que toleramos, lo que consentimos, lo que aguantamos. Estamos creando nuestra vida a cada momento partir de lo que estamos dispuestos a aceptar, sea maravilloso o terrible. Si lo crees, al final, se hará realidad.
Ya decía Henry Ford que “tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto”… Cuando creemos, creamos.
 

Comunicar e inspirar

El líder inspira, involucra a su equipo, le contagia su entusiasmo y le hace partícipe de su visión. Les recuerda a todos y cada uno de sus colaboradores que pueden, que saben, que confía… Les da la fuerza para convertir los problemas en oportunidades.

Una vida que no te pertenece

Una vida que no te pertenece

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No se te ocurra ser normal… Aunque te desesperes. En los tiempos que corren, tienes que apostar por ti mismo y por cada una de tus rarezas y manías. Debes destacar por lo que sueñas y mostrarte como eres. De lo contrario, la masa podría engullirte si no enseñas tu talento ni haces nada para diferenciarte del resto. Si no tienes una meta que te haga zarandearte por dentro vas a quedar dormido para siempre…
Debes hacer justo todo lo contrario de lo que has hecho siempre, de lo que durante toda tu vida te han sugerido que hicieras… Pasar desapercibido para que no se rían de ti, ni te señalen con el dedo. No les has caso. Eso ya no tiene sentido, ni para ti ni para esta sociedad que consume cada día ideas nuevas y frescas. Asusta un poco, por si no gustas o por si no aciertas, pero aún aterra más no brillar nunca,  ser tragado por la mediocridad y arrastrarse en una vida plastificada donde tú no eres el protagonista. Y más que no brillar o no destacar, lo que realmente da miedo es no vivir como realmente eres, no ser tú.
La “normalidad” es ahora la mejor forma de quedarte al final de la fila y no llegar nunca. De quedarte sin premio y ver pasar los trenes sin subirte en ninguno. De quedarte con hambre de vida y ver que no le importa a nadie, tal vez ni siquiera a ti lo suficiente, porque si de verdad te importa, pides y arriesgas.
No puedes ir por el mundo sin saber quién eres ni pensar qué das a conocer. No puedes seguir sin encontrar la coherencia entre lo que eres y lo que dices que eres, sin que se note lo que te motiva y te hace grande… Eres grande, lo has sido siempre, incluso cuando te has escondido porque no te gustabas y has suplicado al cielo cambiar de cara o de cuerpo… Eras grande incluso cuando te sentías diminuto y algunos te decían que no eras nada… Eres grande porque te planteas como vivir tu vida sin sentirte atado… Porque tienes mucho por mostrar y a veces no sabes por donde empezar… Da igual cómo, empieza ahora, aunque sea a ciegas y sin atino. Empieza en este momento aunque sólo con pensarlo quieras salir corriendo… Empieza ahora y haz que este sea el último día de tu vida en el que te dejas llevar por el miedo.
Dentro de ti hay algo que el mundo necesita, aunque tal vez el mundo no lo sabe y tú desconoces que eso que haces y que te hace feliz sea útil para otros… Eso que tal vez hace años que te llena de emoción y no cuentas a nadie para que no crean que eres un tipo raro, un friki… No te preocupes, que el mundo crea que eres un  friki o un genio depende del día y de la forma en que proyectes tu imagen y tu marca, de la manera en que te comuniques. A menudo, los que te amargaban la vida en el instituto porque llevabas gorra, corrían a comprar CDs de tipos que llevaban la misma indumentaria que tú porque alguien les había dicho que aquello era “Cool”. Si de verdad quieres alcanzar tus metas y  ser una de esas personas que dedica su vida a lo que le hace feliz, debes decirle al mundo por qué lo mereces y compartir tu sueño. Desplegar tus alas, sacar el león que llevas dentro. Atreverte a mostrar qué haces que te convierte en único y cómo eso va a mejorar la vida de los demás. Lo que buscas está ahí, dentro de ti, y llevas un siglo intentando encontrarlo en ojos ajenos, en vidas ajenas, en los sueños de otras personas y esperando descubrirlo desde su forma de ver la vida… Te has visto a ti mismo con sus ojos limitados y has dado por buena su versión. Ya no te sirve… Ahora, toca utilizar todo tu esplendor y compartirlo…
Ser normal es una verdadera locura.. Como vivir contenido, encerrarse en un envoltorio esperando a que alguien te tome por un regalo, te abra y te deje libre. Muchos han intentado ser normales durante años, yo lo hice. Quería estar tranquila y pasar desapercibida, esconderme para que nadie topara con mis ojos cansados… Aunque eso es vivir desde la barrera, ir a la playa y quedarse en la arena. Pedir el menú de la vida sin arriesgarse a buscar algo interesante en la carta. Durante un tiempo te permite sosiego, la verdad, pero si eres una de esas personas que se preguntan qué quieren hacer con el tiempo que van a estar vivos, este camino no te sirve. Es como tomar prestado el traje de otro y pretender que se te ajuste. Como vivir de recuerdos… Vivir a través de las canciones que suenan en la radio o llevar impermeable cuando la lluvia cesa.
Todos nos preguntamos lo que queremos hacer en la vida, en realidad, aunque no todos nos atrevemos a decirlo en voz alta o admitirlo. Y, sobre todo, dar el paso que marca la diferencia. El paso que no tiene retorno, porque una vez has activado ese mecanismo ya no hay vuelta atrás… Quemar las naves para no poder volver a casa si no es victorioso. Cortar la cuerda que te ata al pasado después de cruzar al otro lado. Tirar la llave después de pasar a través de la puerta de tu nueva vida… Hacer algo que no sea reversible, que no puedas deshacer ni enmendar cuando las miradas ajenas calen hondo y el pánico se te acurruque en el cuello.
Haz algo que no puedas deshacer. Toma un camino que tras tu paso se desvanezca.
No dejes migas de pan a tu paso para no poder volver cuando decidas que en realidad no tienes valor para enfrentarte al mundo. Que no puedas volver, aunque desesperes y creas que no vas a soportarlo… Barra el paso a tu vida anterior.
No les des tu nueva dirección a tus fantasmas de siempre.
No camines en línea recta para que los cobardes te sigan y te lleven de la mano de vuelta a tu antigua vida sin brillo.
Rodéate de frikis como tú, de personas que han hecho estallar el puente de retorno a sus vidas mediocres y transitan por la cuerda floja. Rodéate de personas que viven sus sueños e ignoran que sean imposibles o tal vez lo sepan pero les dé igual.
Rompe los mapas y dibuja los tuyos propios. Tira todos tus relojes porque ya no marcan tu tiempo, lo marcas tú. No sigas más brújula que tu visión… No metas en tu cabeza más sueños que tus sueños o los de aquellos que amas. No camines más caminos que los que te mueres por pisar… No sigas a ningún guía que no te lleve a tu guía interior.
Apaga la luz si la luz te lleva a un lugar donde hay sombra.
Sé tan raro como necesites para ser tú mismo. Sé tan auténtico que no te reconozcas, pero notes que nunca habías sido tan tú como ahora.
Haz lo que sea para que una vez des el paso no puedas echarte atrás.
Te juegas mucho en esto, tu esencia, tu dignidad, tu felicidad.
Al fin y al cabo, entre nuestras rarezas está nuestra riqueza como seres humanos. Y el mundo no tiene por qué aceptarlas, ni entenderlas. Sólo tienes que sentirte bien tú con ellas y respetar las rarezas ajenas.
Y que este sea tu último día en una vida que no te llena, que no te sirve, que no se ajusta a tus sueños ni hace que te levantes con ganas de más… La vida sin ganas es un sucedáneo insoportable que te devora por dentro.
Que éste sea el último día de tu vida mediocre e insulsa.  Tú ultimo día en una vida que no te pertenece…
 
 
 
 

Suéltala

Todos tenemos bananas. Creencias arraigadas y limitantes que nunca nos cuestionamos y, a veces, no identificamos. Las bananas nos recortan las posibilidades y las oportunidades.
 
 

Un número finito de amaneceres

Un número finito de amaneceres

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Dice  el gran gurú del optimismo, Emilio Duró, que la mejor forma de vencer el miedo es recordar que vas a morir. Una versión cruda y sin adornos de aquello que nos han dicho siempre de “todo es relativo”. Una frase contundente que ayuda a darse cuenta de que lo que hoy nos parece un drama se queda pequeño ante la posibilidad de que nosotros o las personas a las que queremos abandonen la vida. La verdad es que caducamos, que nos agotamos, que disponemos de una cantidad determinada de horas que pasan y que, a menudo, lo olvidamos. Nos gusta vivirlo como una amenaza de la que huimos y no como una oportunidad de recordar que debemos apurar cada instante y notar cada experiencia como algo único y tal vez irrepetible.

Saber que moriremos hace que asumir pequeños riesgos parezca necesario, básico, asequible incluso… Que no atreverse a ser como deseas parezca locura e irresponsabilidad. Justo todo lo contrario para lo que nos han educado siempre en una sociedad que pretende mantenernos ordenados y cautivos de nuestros miedos. Que no quiere que pensemos por si decidimos cambiarla… Que da de comer a nuestros fantasmas para que engorden y así tenernos asustados, amordazarnos y atarnos a una vida que no nos satisface. Que nos distrae contando calorías para que no contemos las horas perdidas sin ser nosotros mismos y escoger nuestra propia vida…

Y decimos que sí porque nos asusta imaginar que decidimos ver más allá de lo que nos comprime y caminar por la cuerda floja.

Es un sistema que prefiere tener soldados a tener mediadores o filósofos, alumnos rezagados a maestros humildes y sabios, burócratas grises a exploradores hambrientos… Que prefiere jefes a líderes, pesimistas a soñadores…Un mundo fabricado más para consumir que para vivir, para malgastar, para amontonar lamentos y quejas en lugar de atesorar risas y pequeñas locuras que nos mantengan vivos.

Aunque estamos hechos para buscar la felicidad y recorrer la vida. Aunque, a pesar de los momentos duros, algo en nosotros nos ayuda a encontrar la forma de pensar que algo bueno está por llegar. Hemos nacido para desear ser mejores cada día y, cuando nos lo negamos, nos sentimos incompletos y amargados.

Quién sueña siempre tiene algo a lo que agarrarse. Un motivo para seguir y ser capaz de darle a vuelta a su vida. Cuántas veces no hacemos algo por nosotros pero nunca se lo negaríamos a nuestros hijos… Porque ellos son lo mejor de nosotros, un parte de nuestro ser que consideramos que merece más y por la que lo daríamos todo.

Y sin embargo, andamos tan cansados de llevar la carga de no atrevernos a crecer como soñamos que no les ofrecemos, en muchas ocasiones, nuestra mejor versión…   Ni a ellos ni a nosotros mismos.

Nos despertamos por la mañana con prisas, discutimos, chillamos, nos enfadamos por una tostada a medias o por un cuarto desordenado… Nuestra forma de vivir sin encontrar lo que nos llena hace acabemos diciendo a gritos lo que podríamos decir a besos, a susurros… Porque llevamos dentro tanta ira, tanta rabia, tanta ansiedad que necesitamos liberarlas… Aunque si tenemos presente, sin angustia y sin dolor, que tenemos un número finito de mañanas, de tostadas y de habitaciones desordenadas, la forma de abordar el problema cambia.

De repente, todo adquiere un color distinto, sobre todo cuando no tenemos ni idea cuánto tiempo vamos a vivir…

Maldecir la lluvia no tiene sentido si sabes que tal vez es la última lluvia que notas sobre tu pelo y tu cara…

Es curioso como la sensación de ser finito te da fuerza, te concede casi poderes para poder hacer algunas cosas que crees que te están vetadas. Una sensación poderosa que, vaya paradoja, te hace sentir ilimitado, infinito, enorme… Te reviste de un halo de coraje y te das cuenta de que vas a poder enfrentarte a todo e intentar alcanzar lo que antes creías que se te escapaba.

Eso nos pasa porque normalmente transitamos por la vida sin notarla. Sin percibir todo su potencial. Nos arrastramos y la arrastramos sin darnos cuenta de su precioso valor. Preferimos perderla a cachos mientras nos negamos lo que nos conmueve y nos hace felices a enfrentarnos a nuestras batallas pendientes.  Cuando acumulamos muchas de ellas, la carga que llevamos es tan pesada que nos es imposible alzar la vista y contemplar lo que hay más allá del muro que construimos cada día.

Y la verdad es que tenemos un número finito y limitado de amaneceres, de noches, de sueños, de besos, de caricias, de palabras… Un baúl que se acaba de tardes de tormenta, de vestidos blancos, de bailes y puestas de sol, de patos de goma en la bañera, de cafés y de charlas, de libros, de errores necesarios… Se nos acaban rápido las primeras veces y los paseos junto a la playa… Las carreras apresuradas para no perder el tren… El rato perdido en el tren parece un mundo de posibilidades por descubrir cuando sabes que se termina…

El monstruo más terrible se hace pequeño, si sabes que es el último obstáculo que te separa de tu sueño cuando el tiempo que tienes para conseguirlo se consume.

Es justo cuando nos damos cuenta de que somos finitos que luchamos por lo que queremos y eso nos hace inabarcables, enormes, eternos.

Nuestras pasiones nos definen. Nuestros retos nos hacen aumentar de tamaño. Nuestras dudas nos hacen elásticos. Nuestras debilidades nos hacen fuertes… Nuestros miedos nos dibujan oportunidades…

No hay nada que nos asuste que no nos ayude a crecer… Vencer nuestros miedos, aunque sea con el cruel y sabio truco de recordar que vamos a morir, nos hace trascender, perdurar, nos ayuda a vivir intensamente.

¡Qué lástima tener que recurrir a trucos para engancharnos a la vida que merecemos!