He sido yo

Los seres humanos son extremadamente complejos. Queremos una cosa y todo lo contrario. Buscamos como locos llegar al precipicio para decidir no saltar. Queremos salir y entrar a la vez. Estar fuera y estar dentro. A veces, queremos incluso que nos agredan para poder permitirnos agredir, para darnos el lujo de descargar en alguien nuestra ira acumulada durante siglos y nuestras frustraciones personales. Buscamos a alguien con quien topar en el tren y soltarle cada uno de los golpes que llevamos guardados en nuestro pecho ansioso por decirle al mundo que ya no lo soporta más. Usamos a otros como títeres cuando nos sentimos títeres. Damos desprecio porque recibimos desprecio y no somos capaces de cortar esa cadena de asco que entre unos y otros va tejiendo nudos. Porque no somos capaces de rebelarnos y decir que ya basta y defender nuestra dignidad.

Vamos engendrando la excusa para no tener que hacer algo que nos da pereza, nos molesta o nos asusta… O para poder hacerlo y sentirnos menos culpables, para tener el atenuante que explique porque caímos en la tentación.

En ocasiones, hacemos aquello que hemos criticado hace cinco minutos con saña. Somos lo que decimos que son los demás y les aventajamos en amargura. Nuestras palabras delatan nuestras emociones y sentimientos. Carecemos de lo que alardeamos. Deseamos lo que despreciamos. Buscamos lo que hemos perdido por no haberlo valorado lo suficiente. Salvando distancias, es como si nos identificáramos con nuestra propia basura… Lo que tiramos, lo que decimos no querer, lo que nos cuesta decir en voz alta que anhelamos y que nos hace sentir únicos, lo que aborrecemos en los demás es lo que nos da miedo encontrar en nosotros mismos y sabemos que es posible hallar si hurgamos… Lo que dejamos en nuestros despojos y queremos ocultar.

Somos adictos a catalogar situaciones y personas, cuando en realidad, estamos poniéndonos etiquetas a nosotros mismos. A menudo, nos asustan nuestros propios valores y el compromiso que supone ser fiel a ellos. Ser valientes y dar la cara, arriesgar por lo que creemos y por las personas que nos importan. Jugamos a ser superficiales y dibujamos un mundo donde ser eternamente niños. Esa inmadurez puede causar dolor a los que nos rodean que necesitan a su lado personas que estén dispuestas a asumir responsabilidades. Personas que reconocen sus errores y aguantan la mirada.

A veces, no sabemos lo que queremos o no nos atrevemos a quererlo. Porque pensamos no merecerlo, porque pensamos que es demasiado bueno para nosotros. Porque nos parece inalcanzable o tal vez porque tememos no estar a la altura. Porque nos da miedo ponernos a prueba. Por temor al compromiso, por no arriesgar, por no caer, por no dejar la comodidad de nuestra torre de marfil. Porque nos parece pequeño, porque nos recuerda que podemos ser pequeños. Porque preferimos dejarlo para más adelante o para nunca. Porque es mejor lamentarse que enfrentarse a ello. Aquí cada uno puede poner una de sus excusas y porqués, todos tenemos los nuestros, algunos son personalizados y otros universales.

Somos tan complicados que podemos llegar a querer al alguien y alejarnos de esa persona. Estamos diseñados para amar y destrozar al mismo tiempo. Para querer y usar a quiénes queremos para nuestros fines. A veces amamos, pero no queremos amar o no somos lo suficientemente maduros para hacerlo hasta sus últimas consecuencias …Y nos situamos en un limbo plácido que nos permite seguir en esa situación sin osar ni atrevernos a movernos demasiado, siendo el actor y el espectador al mismo tiempo. Sin importar el daño que hagamos, sin pensar que la otra persona tal vez no sea capaz de no escoger y no pueda soportar vivir en ese limbo, esa tierra de nadie que para nosotros es un espacio amable y para ella es un infierno.

Y para entender a los demás a veces no hay fórmulas. Hay situaciones de manual pero las personas son complejas. Un instante son básicas y después se refinan, se esconden, se aturden, se asustan… Dejan que el mundo pague sus culpas y mediocridades por no atreverse a decir que son ellos quienes se han equivocado. A veces salen corriendo de pánico, otras atacan y a veces se quedan quietas y ven pasar la vida… Como esos relojes de arena por los que se desliza cada grano de forma lenta pero acompasada.

Sin embargo, no hay que perder la esperanza. Somos también capaces de los mejor, de sorprendernos a nosotros mismos. De dejar a un lado el miedo y derribar el muro. De haber estado siglos sin atrevernos a bajar un escalón y de repente saltar al vacío. Al lado de alguien que nunca tiende la mano, camina otro que no sabe vivir sin amar y compartir. Siempre hay quien ha caminado el doble, ha sufrido el doble, ha llorado el doble y ha perdonado el doble… Siempre hay alguien que vuelve cuando nosotros tenemos miedo de ir. Siempre hay alguien que dejará la luz encendida en el camino para que veamos donde pisamos. Siempre tenemos un ejemplo a seguir y tal vez, un día, nosotros podamos ser un buen ejemplo.

Hagamos el esfuerzo… Lo mejor será no esperar a que otros den el paso y nos muestren ese camino. Mejor ser nosotros quién tiende la mano y quién enciende la luz para otros…  Quién desiste de su ira y abraza primero, quién pide perdón primero, quién arriesga primero… Seamos nosotros quién deja las excusas y vive como cree que debe vivir… Quién sale del escondite y rompe la cadena de la rabia acumulada… Quién deja de criticar, quién se pone delante de todas las miradas y afronta sus errores… Quién decide salir del limbo y amar sin temor.

Quién se levanta y dice el voz alta “he sido yo”.

Quiero creer

Todos decepcionamos alguna vez y nos decepcionan. Hay momentos en los que aquellas personas en las que más te has sujetado para no caer, te sueltan al vacío. Y te rompes. Tus pedazos se dispersan y no sabes cómo recomponerte. No voy a analizar sus razones, ellos sabrán… Supervivencia, falta de empatía, hartazgo, miedo, vergüenza… Hay un amasijo de factores que nos ponen a prueba y no siempre la superamos, porque no siempre somos nuestra mejor versión. No estamos a la altura de lo que deseamos ser y los demás merecen.

También puede que nosotros les hayamos decepcionado tanto como ellos nos han dejado helados con sus ausencias y respuestas. Tal vez hayan sido incapaces de decirnos a tiempo lo que no les gusta o les duele de nosotros o sencillamente es posible que hayan cambiado de opinión e incluso de vida y nuestra forma de ser les estorbe o no entre en sus nuevas circunstancias. En tal caso, puesto que todos somos libres, de lo único que podemos pedirles explicaciones es de hacerlo de forma abrupta, de ser incapaces de mirarte a los ojos y expresarlo, de no tener valor de sincerarse y de haberte tratado como a un mueble viejo. No es pedir demasiado ¿verdad? Alguien que ha compartido contigo momentos duros y que ha pedido tu hombro para llorar y también lo ha puesto para que llores tú tendría que honrar esos momentos compartidos con un adiós y un por qué. Enfrentarse a tus pupilas y decir lo que toca decir, aunque sea vergonzoso y duela, aunque a veces no haya más explicación que un “me sobras, me limitas, no quiero perder más el tiempo contigo porque no me aporta nada o ya no me reconozco en ti”. Incluso podría servir con un “he cambiado y ya no tengo tanto en común contigo”. Aunque sea sólo por los momentos hermosos o difíciles compartidos, las personas podrían ser más leales al cariño recibido, al dolor compartido, a los sueños esbozados en voz alta y no pisotear el recuerdo. A veces, te despiertas un día y descubres que llevabas dormido una década y que en ese tiempo has relegado tus fantasías y te has convertido en otra persona para poder sobrevivir. Miras a los lados y las personas que te acompañan no te quieren a ti sino a ese ser en letargo que ha narcotizado sus sueños para poder seguir… ¿cómo se explica eso?… ¿No eres tú, soy yo?

A menudo, este tipo de desaires no llegan solos. Las decepciones van por puñados, por manojos, como si se compraran en un mercado. Tal vez porque pasas un momento complicado y a muchos no les gusta la gente que vive en el ojo del huracán o quiere que los demás sólo les sonrían o solucionen sus problemas y no al revés. Es lógico, todos tenemos nuestras propias miserias y cuando uno termina un duro día, contestar al teléfono y oír las penas de otros no es agradable. Algunos ni siquiera contestan, por si la voz del otro lado no trae buenas nuevas. A menudo, pedimos a los demás que salten muros que nosotros nunca saltamos.

Tal vez seamos nosotros que debemos hacer un esfuerzo por entender y tragarnos ese dolor. Callar y buscar hoy entre nuestros pliegues una palabra de consuelo para otro, incluso cuando somos nosotros quién más la necesita. Es un buen ejercicio de cariño que nos ayudará a darnos cuenta de que no somos los únicos que sufrimos. Y esperar que mañana se invierta el camino y nos llegue la caricia y el consuelo y que nuestro dolor esté ya agotado.

La gran decepción llega cuando esas personas que son tu centro, tu apoyo, tu estabilidad, te dan la espalda. Cuando cortan el hilo que os une o sueltan la cuerda y te sientes solo. No porque te falte alguien con quién compartir, si no porque con ello crees que te demuestran que no hay nada infalible, nada que aguante mil años,  que no hay fidelidad posible ni lealtad que dure. Te dan un golpe seco que te hace despertar por unos instantes en un mundo donde nada es sagrado. Si alguien con quién compartes alegrías y tristezas durante años es capaz de traicionarte, venderte, soltarte, dejarte sin dar la cara, ocultar vuestra amistad porque no le convienes… ¿Qué podemos esperar de otras personas? ¿qué nos espera de alguien a quién conocimos hace un año y está ocupando una posición importante en nuestra vida?

¿Por qué ha sucedido?¿era falso todo? ¿qué parte de responsabilidad tengo yo en ello? ¿Soy yo capaz de algo así? ¿nada es sólido? ¿nada puede ser eterno? quiero creer que sí, pero el mundo no lo pone fácil…

El desconcierto es aún mayor si la persona que te da el empujón al vacío es una persona intachable, alguien que nunca hubieras pensado que lo haría, que sería capaz de no tener en cuenta tus sentimientos. Alguien que no te esperabas que fuera maleable ante otras opiniones contrarias a ti, alguien que tenía criterio y te quería, que no te ha avisado de lo que no le gusta cuando haces algo que no le gusta, que ni tan solo te pide explicaciones…

Si los que te quieren actúan así ¿qué esperar de los que no te quieren? ¿Qué esperar de este marasmo de caras que van y vienen? ¿no hay nada que aguante tu peso y tu integridad?

Una gran persona me dijo el otro día que cuando te sientes totalmente solo ante el abismo, cuando tienes que tomar decisiones y no sabes si aciertas o no, tienes que aferrarte a tus valores. Me recordó aquello que yo siempre tengo presente de “actuar a conciencia”. Si actúas así, aunque no aciertes y pierdas, sabes que no te has traicionado a ti mismo y que todo tenía un sentido. No puedes reprocharte nada porque no podías actuar de otra forma distinta a como lo has hecho, que tú eres “eso” y si por ello los demás te dan la espalda o no te aceptan, tampoco tendría sentido cambiar para que te abrieran los brazos de nuevo. “Eso”no serías tú, sería un sucedáneo de ti.

Y toda esta reflexión, nos preguntamos al final ¿de qué nos sirve ante la soledad más absoluta? Cuando todo nuestro mundo se tambalea, los pilares a los que no sujetábamos caen, nuestras raíces salen de la tierra y nuestras ramas se retuercen buscando un sol que no brilla… Cuando llegas a tu refugio esperando estar a salvo en plena tormenta y está lleno de goteras, la puerta no cierra y las ventanas son de harapos hechos trizas… ¿Qué te queda?

La respuesta me la dijo anoche otra persona que lleva a sus espaldas muchos desengaños… Tú. Lo que eres, lo que buscas, lo que sueñas, lo que has dado y lo que mereces recibir y lo que no. Tus principios, lo que nunca perderías, lo que nunca venderías, lo que no cabe en tu alma y lo que más amas. Aquellas personas a las que nunca traicionarás aunque ellas te cuestionen, aquellas ideas de cómo tiene que ser tu vida que no están en juicio. Esa sensación de no poder ser feliz si no compartes la felicidad. La imagen que tenías de lo que ibas a ser de mayor cuando eras niño y la que esperas sea tu legado. Lo que te viene a la cabeza cuando piensas en ti y no querrías borrar.

Y mientras te sujetas a ti mismo con un vértigo atroz y una cara de espanto que a ráfagas dibuja una sonrisa de superación, descubres que “para siempre” a veces son cinco minutos, a veces diez años y otras una vida entera. Que mientras bostezas cae un imperio y mientras duermes se construye otro y se seca un río. Que a veces abonas la tierra, la cuidas y la siembras y no nace nada. Otras sale una buena cosecha que se malogra por una plaga o una tormenta de granizo. Y en unos días descubres que es un campo de flores de todos los colores nacidas del desastre. A veces no siembras nada y el viento caprichoso ha traido semillas y te sorprende con algo inesperado…

Hay personas que comparten el camino de tu vida durante un largo trecho y luego se apean. Las hay que van entrando y saliendo de él. Algunas entran y lo revolucionan, le dan la vuelta y cambian tu camino y tu forma de andar por él. Otras te obligan constantemente a superar obstáculos. Muchas te tienden la mano cuando está oscuro y estás cansado o el tambaleo te hace caer… Sólo hay alguien que está siempre, eres tú y tu capacidad de amar y meter en el camino a quién amas. La capacidad de saber perder y afrontar, saber decir adiós y soltar a los que ya no desean estar en tu camino. La capacidad de ver que hay otros que también están solos y te necesitan. La capacidad de reírte de esta broma pesada y maravillosa y seguir. Quizás no se trata de preguntarnos a quién tenemos sino quién nos tiene o necesita… Puede que no se trata de buscar sino de encontrar.

Y continuar. Adaptarte sin dejar de ser tú. Seguir y agarrarte a veces solo a ti mismo y tus convicciones a falta de cariño o barandilla. Y de repente, mientras te lames las heridas y recompones tus vísceras, en un recodo del camino, te llevas una sorpresa y alguien te espera y te escucha. Si será un momento o un siglo, nadie lo sabe. Tal vez siquiera él. Dure lo que dure, será mejor aprovecharlo. Quiero creer en esto. Quiero confiar…

El día que ya no tengamos miedo

El día que ya no tengamos miedo

OLA MAR

El día que ya no tengamos miedo caminaremos por la cuerda floja y compartiremos todas las ideas brillantes que nunca nos permitimos compartir. Bailaremos sin temor al ridículo y treparemos por el muro para ver qué hay al otro lado.

Será ese día en que nos atreveremos a decir que no y nos subiremos a la silla para que todos lo oigan y sepan que no estamos en venta. Contaremos todas nuestras anécdotas absurdas que siempre hemos creído que hacían gracia a cualquiera que pase a nuestro lado más de cinco minutos. Le pediremos una cita a quién amamos en silencio y le aguantaremos la mirada esperando respuesta.

El día que ya no tengamos miedo nos podremos ese vestido guardado que muestra una parte generosa de nuestra anatomía imperfecta y el tacón más alto. Entraremos en la reunión cuando ya haya empezado y todos verán nuestra silueta pasar ante sus caras. Levantaremos la mano para preguntar todo lo que no entendemos a riesgo de que algunos nos tomen por memos. Entraremos en esa habitación cerrada con llave donde habitan nuestros fantasmas para abrir las ventanas y dejar que pase el aire y borre nuestras amarguras más rancias. Jugaremos esa partida y subiremos a la roca con la vista más hermosa y vertiginosa que encontremos.

El día que ya no tengamos miedo les diremos a todos que tenemos un secreto guardado y airearemos nuestras faltas. Les contaremos nuestras miserias y relataremos nuestros errores más rotundos. Hablaremos hasta reventar aún a riesgo de parecer pesados. Es más, lo seremos y mucho, porque ya no soportaremos estar callados para no molestar.

Nos comeremos la última aceituna y probaremos la nata del pastel con el dedo índice ante el asombro de todos. Ese día igual seremos un poco maleducados como efecto rebote después de tanto esperar y callar. Nos convendrá recordar que los demás no tienen la culpa de nuestro letargo y que fuimos nosotros quién escogió vivir acongojados por considerarnos un estorbo que en realidad nunca fuimos.

El día que ya no tengamos miedo saltaremos al vacío sin red y correremos aún sabiendo que llegaremos en último lugar en la carrera. Dejaremos que la lluvia nos cubra y el sueño nos alcance de madrugada, cuando no nos quede suelo por pisar ni regla por romper. Cuando hayamos roto todos los tabús y ya no llevemos el corsé de la angustia. Por si el día siguiente al día que ya no tengamos miedo resulta que al levantarnos estamos arrepentidos. Por si el temor vuelve y se hace hueco en la conciencia y siembra dudas en nuestra mente inmaculada por lo que a la felicidad o la valentía respecta…

Vivimos pensando que hay cosas que un día tendremos el valor de hacer. Situaciones que con el paso del tiempo sabremos afrontar. Como si en algún momento de un futuro cercano, fuéramos a hacer un “clic” en nuestra cabeza y encontrar las claves de lo que es bueno o malo. Como si ese día nos fuera a poseer un espíritu libre y capaz de afrontar la vida… Como si ese mismo día, nos fuéramos a levantar con el valor necesario para marcar una circunferencia a nuestro alrededor y decidir qué la atraviesa y qué no. Es el día en que siempre pensamos que seremos felices. No porque todo vaya a ser perfecto sino porque seremos lo suficientemente sabios como para plantarle cara a la vida. Porque nos amaremos lo suficiente como para decir no y dejar de permitir ciertas conductas sobre nosotros que nos duelen y socavan. El día que ya no tengamos miedo y dejemos a todos con la boca abierta con nuestra pericia e ironía… Y cuando nos miren aquellos que nos critican, bailaremos ante su cara con indiferencia.

Seamos sinceros, ese día es un refugio. Una excusa para no moverse ahora. Un mantra irreal que repetimos y nos permite pasar los días postergando el momento de decirnos a nosotros mismos que somos sólo lo que nos atrevemos a ser. Que estamos instalados en una mediocridad plácida y que no tenemos intención de mover un músculo para rozar la gloria. Si la quisiéramos, estaríamos batallando por ella. Ya habríamos dado la vuelta a pequeñas situaciones y habríamos dicho que no muchas veces, subidos a la silla, ante el asombro de los demás. Y tal vez, habríamos trazado un círculo enorme que nos protegiera de volver a caer en el tedio y el asco.

Al paso que vamos, el día que no tengamos miedo, nos fallarán las fuerzas y no podremos trepar al muro. No recordaremos el secreto oculto que nadie conoce sobre nosotros y ya no tendremos un amor imposible al que pedirle que pase la noche en vela en un beso eterno. El día que ya no tengamos miedo no existe, nos lo inventamos para seguir temiendo y ocultarnos de nosotros mismos y nuestra desidia.

Mejor pensar en el día en que, a pesar de tener un miedo atroz, decidiremos que no vamos a escondernos más. Que merecemos vivir a pleno rendimiento. El día que digamos “ya basta”. 

Porque todo lo bueno y lo bello está ya en ti

Porque todo lo bueno y lo bello está ya en ti

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Cuando me ignoran, crezco. Y crezco también cuando me miran mal.  Cuando me lo ponen difícil, sea por amor o por desidia, doy un salto enorme y me convierto en gigante. Cuando me equivoco, salto al abismo y caigo de pie. No es que crezca, es que incluso me desplazo y subo un peldaño más en mi escalera particular hasta la luna.

Cuando me ponen una barrera, me obligan a saltar. Cuando me apremian, corro. Me convierto en pájaro y vuelo. Y cuando me atan, me convierto en camaleón a la espera que no me vean y suelto los nudos que me mantienen inmóvil. Sólo tengo que imaginar que sé cómo, que puedo. Sólo tengo que verme saltando el muro, surcando el cielo y burlando el fiero control de unos ojos resentidos y cargados de ira. Sólo tengo que creer que es una prueba, un reto, un paso más hacia el final de una etapa que abre otra puerta. Que hay puertas más complicadas de abrir que otras. Que cada vez soy más experta en cerraduras.

Cuando me agitan, me expando. Cuando me golpean, a veces, lo admito, devuelvo golpe torpemente y otras veces reboto en una pared imaginaria… Cuando me lanzan al vacío, en osiones me resisto, me agarro a lo que pillo para no caer. Me desespero… Otras, me suelto, me dejo caer como una lágrima, como una gota de lluvia, en una especie de ritual necesario para aprender a romperme y pegarme, para encontrar el pegamento que me permitirá seguir cien años más plantando cara. Para encontrar la manera de resistir.

A veces callo, a veces lo digo todo. Lo importante es saber cuando callar y cuando hablar. No tragarse nada que duela. No fingir que no escuece, que no rompe, que no atormenta. No dejar de ser uno mismo por más que esconderse sea más fácil y las críticas te pillen cuando aún no sabes cómo reaccionar… Cuando ya has dejado de ser el cobarde que se oculta pero aún no eres el valiente que muestra la yugular ante sus oponentes. No hay nada que les de más miedo a tus adversarios que la ausencia de miedo en tus ojos… Mejor mirar de frente y encauzar su mirada hasta que lean en ti que estás de vuelta y sus arañazos no te molestan, que vienes a por más.  

Cuando me arañan, sueño. Y sueño más… Demasiado, tal vez. Es mi vicio más sagrado y delicioso. Imagino que mis sueños sellan mis heridas y mi piel es más elástica. Que ocupo el espacio y adopto cualquier forma que me proponga. Imagino que he aprendido a esquivar pupilas inquietas con ganas de herir. Imagino que su ira no me encuentra y desiste. Imagino que puedo decirles una palabra que les cambia la vida y les hace sonreír.

Cuando me critican, maduro. Duele, duele mucho pero se aprende a pasar. No voy yo a cambiar de forma de vida por lo que dicten otros que no habitan mi cuerpo ni sienten mis penas. Es un proceso largo, a veces inquietante. Me hago más rotunda, más esponjosa. Peso menos, pero cundo más. Mi yo se concentra, mi esencia se acentúa. Con poco, llego más lejos. Con la intención, me sobra. Con las ganas, me basta. Aunque necesito también caricias, palabras dulces y miradas sin hiel. También se crece a base de mimo y abrazo, a base de estímulo y serenidad.También se crece a golpe de beso y mano tendida, cayendo de vez en cuando en mullido y salpicándose de cariño y risa fácil.

Cuando me quieren, crujo y me oxigeno. Me elevo, me transformo y soy capaz de abrir diez puertas sin pestañear. Cuando amo, vivo. Me encuentro el sentido, me parcelo en mil pedazos y abarco el mundo sin moverme del metro cuadrado que circunda mis días. Todos necesitamos nuestra porción de alegrías, nuestro momento de gloria, nuestro pedazo de amor incondicional.

No sólo se crece a golpes y fracasos. No sólo se vive de risas. No sólo se aumenta de tamaño cuando te inflaman y pisan. Se crece amando y también se crece echando de menos. No sólo se aprende del dolor…

No sólo se vive de sueños, hay que tocar realidades, entrar en ellas. No sólo se pierde, también se busca. No sólo se anhela y desea, también a ratos se posee, aunque sea a medias.

No todo lo bueno se toca. No todo lo que no se toca es bueno. Mejor mil besos que mil heridas, aunque mejor una herida auténtica que mil besos falsos… Mejor una verdad cruda que cien mentiras piadosas. Mejor un invierno frío que una primavera fingida. Lo que duele no siempre es malo, al final. Lo que parece ser bueno, no siempre te conduce a donde quieres llegar. Lo hermoso no siempre está hueco. Lo vacío y sin fondo no siempre es precioso por fuera. Porque no hay belleza si no hay fondo. Porque el fondo si es bueno también es bello.

No se puede vivir de pan sin ilusión y tampoco se puede vivir de ilusión sin pan…. No se puede ganar sin fracasar. No se puede decir no, sin a veces decir sí. No se existe si un día no se muere. Y si no se vive, no se puede morir. A veces siempre es nunca y nunca es quizás. Todo es un juego constante, una carrera desesperada buscando términos medios y manteniendo un equilibrio imposible.

Cuando lloro, crezco. Cuando río, crezco, a veces incluso más. Al final, tengo que aprender a crecer sin más. Sin que importe lo que me rodea y acecha porque sólo tengo esta oportunidad. Porque puedo escoger como lo vivo, lo siento, lo recuerdo, lo asimilo.

La belleza y la bondad de todo lo que te rodea están en ti… Han estado en ti siempre.

La estrategia del camaleón

Te desesperas, a menudo. Notas el peso de todas las capas de aire que hay por encima de ti. Te das cuenta de que tu vida no va por donde tú quieres. Lo notas, lo percibes. Tu cuerpo da signos de necesitar un parón en seco, para descansar, para pensar, para decidir sin el apremio del día a día. Sabes que te hace falta encontrar en ese lugar, que curiosamente no está en ningún espacio físico sino mental, donde puedas ralentizar tus latidos y respirar sin ansia para dejar fluir tus pensamientos… Escucharte a ti mismo y saber exactamente qué deseas. Llevas media vida esperando a tener valentía suficiente para hacer “el gran cambio”. Siempre lo postergas con una buena excusa. Siempre hace demasiado frío, es demasiado pronto, estás demasiado cansado… Siempre supondrá demasiado trasiego girar tu mundo… 

Has hecho un gran camino ya, pero te falta el salto de calidad definitivo. Aún no eres lo que quieres ser, sabes que no estás en el punto correcto que lleva a sentirte  bien contigo. Arrastras un equipaje que no necesitas y cargas con una rutina que no te llena. Te miras y ves a otro. Llevas mil capas de piel por mudar y tienes mil guerreros danzando en tu vientre recordándote que tragas demasiadas palabras. Que hay un trecho que sueñas, pero que no pisas.

Has leído muchos libros que te han ayudado a tomar conciencia de ello. Has escuchado a personas que te quieren que advierten que tienes el instinto encerrado en un cuerpo cansado y que te piden que detengas esta vorágine antes de caer. Has tomado conciencia de todo esto y has seguido los pasos adecuados. Has hecho una lista. Has anotado palabras que hace dos años te parecerían absurdas, una pérdida de tiempo sin sentido. Algunas de ellas ni siquiera son acciones, son conceptos… Algo que forma parte de abstracciones que sólo tú conoces y entiendes. Notar que vives, no sentirte culpable, no excusarte más, decirte unas cuantas veces al día que puedes y que lo conseguirás, no exaltarte ante las ofensas, perdonar, olvidar… No dejar que esa persona decida por ti y controle tu vida…

En la lista es tan fácil. Parece tan claro. La vida, sin embargo, tiene tantos matices. ¿Cuándo he dicho demasiadas veces que sí? ¿y si por sentirme bien yo hago daño a alguien? ¿Si le demuestro que no merezco que me trate de esa forma que no me gusta puedo perderle? ¿y si soy yo que pido demasiado? ¿y si mis miedos paralizantes son en el fondo no tanto un freno sino una intuición para que no lo haga porque será un desastre? ¿y si me paso y convierto la autoestima que tanto necesito en un ego hinchado y repelente?

La vida real está cuesta arriba. Pierdes el hilo. Un día no haces lo que te habías prometido que llevarías a cabo para ti mismo porque tu trabajo o las circunstancias no te lo permiten y al día siguiente te levantas con el sabor del fracaso en el paladar. Lanzas por la borda lo conseguido porque desistes. Te pones la careta de víctima y decides que no es posible, al menos no para ti, que tú desafío era ambicioso, demasiado para una persona como tú…

Al final y al cabo, eres tú. ¿Qué esperabas? Nunca fue distinto contigo… Eres esa persona que nunca destacó por nada en concreto. Y que tampoco quiso ostentar nada. Alguien que hace algunas cosas bien pero no las muestra porque se siente observado cuando lo hace, que cuando destaca se siente presuntuosa y prepotente y cree que no va con ella. No pisa fuerte por si tropieza. Esa persona a la que le aterra hacer el ridículo, tanto que es capaz de renunciar a lo que quiere por no arriesgar a sentirse desnudo ante los demás. No alza la voz por si molesta. Camina a pasitos cortos para demorar su llegada al lugar que busca porque tiene miedo de quién allí le espera y de las caras que encontrará aguardándole. Está segura de que la mirarán con recelo, dejándole claro que es muy osada de entrar en territorio prohibido, en coto vedado para inútiles y pusilánimes. No sueña por si luego no se cumple su sueño y eso le duele… No es feliz por si dura poco rato y cree que entusiasmarse no le vale la pena. No ríe por no cambiar de mueca. Pasa calor por no quitarse el abrigo. Vive anclado en el pasado y pensando siempre en un mañana peor.

Y eso sólo tiene dos caminos. El primero, estallar. Salir de ese capullo mediocre en el que hibernas desde hace un siglo esperando haber madurado lo suficiente como para asomarte y dejar a todos boquiabiertos. Ese día que decides que ya no puedes más y que ya basta de ser tu propia sombra… O te quedas sentado, ocupando el rincón de tu vida como un camaleón. Confundido con el paisaje. Aguantándote el hambre de vivir y conformándote con las migas que otros dejan de lo que son sus existencias plenas. Sin color. Sin sobresalir del fondo. Plano, transparente, insípido, inodoro. Y nadie te mirará mal entonces, porque sencillamente no te verán. No te acusarán de nada, ni te criticarán porque no les estorbarás, ni llevarás la contraria… Alguno, uno de esos que sólo se sienten un poco grandes cuando pisan a los demás, se meterá contigo. Le parecerás un rival asequible, una presa débil y fácilmente desechable, un aperitivo para su gazuza insaciable de escarnios y desprecios a lo ajeno … Te usará como el león que juega con un ratoncillo para entretenerse mientras espera caza mayor y más suculenta. Y bajarás las orejas compungidas y el hocico húmedo te rozará el suelo.

Mientras en algún lugar oculto dentro de ti estará ese tú que habría decidido salir de la crisálida donde permanece desde que quiso empezar cambiar más de conciencia que de vida. Tal vez ya habría roto los muros que te separen de la vida. Se habría dado cuenta de que ese tiempo de hibernación era necesario, pero que demorar la salida es otro paso más para postergar lo inevitable. La repetición del camino de pasos cortos, el ratón que se convierte en presa facilona, la estrategia del camaleón eterno, una excusa en forma de larva para no salir y mostrarse.

Nunca estarás a punto. Nunca creerás que eres lo suficientemente hermoso y fantástico como para darte a conocer. Sal ahora. Ya acabarás el proceso a luz del sol. Lo has pensado mucho, demasiado. Ya sabes qué quieres. Quién no vaya a aceptarte ahora no lo hará en seis meses ni en mil años. Tú eres como eres, como piensas que eres. Sólo pueden recortarte tus propios pensamientos… Si otros no lo ven, no importa. Si no lo aceptan, el problema es suyo. La responsabilidad de seguir con tu vida sí que es tuya. No esperes a ser perfecto. No lo serás. Es más, no lo seas. Madura fuera. El proceso ha terminado. Si no sales ahora del claustro cuando la vida te apremia, te quedarás dormido y te fallarán la fuerzas. Tal vez duermas para siempre y te quedes encerrado aquí dentro. Tal vez el día que decidas salir te darás cuenta de que alguien construyó un techo encima y lo que tú imaginabas que era la fase final es una nueva batalla que empieza. Y quizás te pille viejo esa aventura. Sigue, aunque te hayas saltado todos los puntos de la lista de tu plan para cambiar y hayas hecho todo lo contrario a lo que diseñaste. Sal y quémate. No te pares ahora o pasarás la eternidad siendo un híbrido encerrado en una crisálida, esperando turno para empezar a vivir. Un anciano a la espera de su primera vez, un niño enorme con miedo a crecer. Un camaleón que se oculta ante la vista de todos y que no llama la atención, que no mueve un músculo… Un camaleón de ojos saltones que ve el mundo en 360 grados sin perder detalle, pero que no vive por no molestar. Mientras los guerreros continuarán danzando en tu vientre para siempre y tú tragarás palabras.