La vida te invita a parar

La vida te invita a parar

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En algún momento en la vida llega ese día en que estás un rato a solas, contigo. A solas de verdad. Sin más interrupción que tus propios pensamientos ni más demora que la de acabarte ese café para poder cerrar los ojos y notarte la piel… Llega porque lo has estado postergando mil años y ya te toca. Llega porque te lo mereces y ya no te basta con buscarte a pedazos, te necesitas por entero.

Si no propicias tú este momento, si no te das cuenta de que la vida te llama a parar y sentir, no te preocupes, lo hará ella sola. Encontrará la forma de que te pares, te calles, te rompas, te desgajes y tengas que quedarte a solas contigo mismo y decirte lo que tienes pendiente. La vida buscará el camino para que pares en tu camino y te notes las puntas de los dedos de los pies y te preguntes para qué andas. Buscará la forma de que te sientes y te preguntes a dónde vas… Buscará la forma de que te acurruques a ti mismo y llores si almacenas llanto y te rías si te quedan risas pendientes. La vida es tan eficaz haciendo que lo que tienes pendiente pase… Haciendo que lo que evitas suceda…

A veces, lo hace a golpe seco y otras como el río que remolonea buscando un mar que no se deja, que parece que no llega, que no se deja amar ni besar. Todo llega, siempre. A veces no es como lo imaginabas. Otras es exactamente igual pero al abrazarlo notas que ya no tiene tanto sentido. En ocasiones, aparece desgastado y opaco… Aunque siempre, siempre es mejor de alguna forma…

La vida te para o te paras tú antes de que lo haga la vida. Si escoges la segunda opción, cuando notas las señales y lees en tus ojos que te necesitas de verdad, que te buscas para sincerarte y tener esa conversación pendiente contigo, todo es más fácil. Tú eliges cómo parar y bailas. Tú escoges el rincón donde a quedarte quieto y la posada donde vas a contarte historias. La vida te invita a parar y tienes que aceptar la invitación para encontrarte y volver a ella con más ganas, con más serenidad, con más paz…

A veces, para cambiar de vida no hace falta dejar la antigua del todo. Sólo es necesario soltarla, estar dispuesto a pensarla de otro modo, a vivirla con otro ritmo, a buscar la coherencia en cada palmo que la habita y desechar lo que ya no te pertenece. No hace falta lanzarlo todo por la ventana, pero hay que estar dispuesto a ello si es necesario… 

Al final, lo nuevo siempre te cuesta lo viejo, lo caduco, lo que ya no tiene sentido… Hay que dejar hueco para que lo que deseamos llegue a nosotros y ese hueco es sobre todo mental y emocional… El espacio físico siempre es una consecuencia de permitirnos vaciar por dentro, soltar los pensamientos que ya no nos definen y las creencias que ya no queremos que nos limiten.

Y una vez a solas, háblate en serio. Sé pura compasión pero pura verdad. Sé amor pero también firmeza…

Quedarte con tus miedos y decirles basta. No para que se vayan (que sería maravilloso) sólo para que no muerdan. Quedarte con tus pensamientos y mirarlos desde fuera y ver que no son tú y que están ahí para recordarte que a veces no te valoras suficiente, que todavía estás aprendiendo a amarte y se te escapan pequeñas cosas. Quedarte con tus emociones y sentirlas, ver qué te cuentan y soltar cuánto puedas…

Y decir las cosas por su nombre. Y hablarte claro. Y encontrar ese miedo tan intenso que se oculta detrás de esos pequeños miedos sin sentido que son todos el mismo disfrazado de torpeza, de desgana, de angustia, de enfado, de rabia, de resentimiento, de pereza…

Y no culparte por nada. Sin reproches, sin medias tintas… Para que vayas a tope contigo. Cuando aciertas y cuando fallas. Porque todo, absolutamente todo es material valioso para seguir y crecer. Para levantarse y caminar .

En algún momento tienes que quedarte a solas contigo para darte cuenta de que le pongas el nombre que le pongas a tus metas tu destino es amarte y confiarte la vida.

En algún momento vas a tener que recordar qué te trajo aquí y descubrir si te sigues a ti mismo o tu sombra.

Para enderezar el camino si te has perdido o sencillamente seguir por el camino que parece equivocado a ver a dónde te lleva… Porque tal vez ese error pendiente es sea muy necesario para recordar quién eres y darte cuenta de hacia dónde deseas ir de verdad.

Tal vez ha llegado ese momento. La vida te invita a parar ¿aceptas?

 
 
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La vida a veces…

La vida a veces…

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La vida a veces te muestra lo que no quieres para que digas que no… Para que veas que ese camino no es tu camino y ese dolor no es tu dolor. Para que reafirmes tu deseo de no volver a lo que ya dejaste atrás… La vida te mete en un laberinto de zarzas que te sujetan y tiran de ti para que no te vayas para que digas en alto y claro “me voy, no quiero estar aquí”. Te envuelve en la niebla para que salgas de ella y busques la luz… Para que descubras que tú eres la luz.

La vida a veces te cubre de escamas para que encuentres tu piel. Te apaga la luz para que sepas que incluso a tientas puedes llegar a ti. Te arrebata el suelo para que vueles, te deja sin zapatos para que sepas que hay momentos en los que tienes que parar… Te obliga a quedarte quieto para que te aburras un rato y te fijes en todo lo que hasta ahora has sido incapaz de ver…

La vida a veces llena tu casa de gritos y de grillos para que aprendas a amar tu silencio… Te abarrota el sendero que sigues de mariposas para que sepas que tú también te vas a transformar… Llena tu cabeza de pensamientos amargos para que dejes de pensar y vuelvas a sentir…

Te ata las manos para que uses los pies… Te ayuda a perderte para que puedas encontrarte y sepas a dónde ir.

La vida a veces dice que no para que entiendas cuál no es tu camino… Y a veces lo hace para que entiendas que tal vez lo es pero vas a tener que vivirlo de otro modo… Y vas a tener que saltar y aceptar.

A veces, la vida te deja en casa para que leas ese libro pendiente o te cierra la puerta para que tengas que entrar en ese bosque tan oscuro que hace tiempo que sabes que debes recorrer y no te atreves… La vida te pone fácil que sientas y difícil que huyas. Te pone casi imposible que llegues al otro lado para obligarte a buscar tus alas, te cuenta historias tristes para que comprendas que no son tus historias.

La vida a veces te acerca a personas que pisan para que decidas que no quieres que te pisen… Te pone en el camino a personas que sonríen para que recuerdes que tú también tienes una sonrisa… La vida te pide que te muevas y bailes, porque sabe que te asusta el baile.

Ay, la vida… Te llena el cielo de nubes para que comprendas que no importan las nubes, para que superes las circunstancias y descubras que tu paz interior no se vende, ni alquila, no depende de lo que pasa sino de lo que eres… La vida pone en tu camino los árboles más altos para que aprendas a tener paciencia… Llena del lecho del río de guijarros para que nades y dejes de quejarte por el dolor que notas en los pies… Te tira al suelo y te deja un rato tumbado para que no tengas más remedio que mirar hacia arriba y descubrir tu cielo, descubrirte a ti.

La vida a veces se pone muy oscura y angosta para que no tengas más remedio que salir a mar abierto y navegar. Para que dejes lo que haces y sueltes lo que no eres. Para que tengas que arriesgar.

La vida te para en este segundo para que no te quede otra que vivirlo y dejar de pensar, dejar de dar vueltas a lo que no se puede cambiar y puedas mirar en ti y cerrar heridas y decir no a los fantasmas de una vez.

Pone ante ti personas que no saben quererte para que aprendas amarte, para que sepas que debes reconocerte y valorarte.

La vida a veces te baja al infierno para que comprendas que el cielo está  en ti. Te rompe para que sepas que eres indestructible… Te derrumba para que sepas que puedes levantarte. Te ata para que te liberes… Te pone ante el precipicio para que decidas no quieres dejarte caer.

La vida a veces te muestra lo que te asusta para que comprendas que no hay nada que temer y te atrevas a avanzar y sentir. Te da lo que pides para que te des cuenta de que no es lo que realmente deseas y necesitas. La vida a veces te muestra tu lado más oscuro para que descubras que ya no eres esa oscuridad. 

El efecto dominó

El efecto dominó

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Hay que poner límites. Hay que de marcar unas líneas para decidir qué quieres en tu vida y qué no. Asomarse a la ventana de tus asuntos pendientes y escoger uno y sacarle el polvo… Hay que acortar la cola de espera para tomar decisiones en tu vida y borrar… Quitarte de encima lo que sobra y lo que ya no pinta nada. Tirar los vestidos que disimulan lo que no te atreves a afrontar y sentirse libre de hacer mucho el rídiculo para descubrir a los cinco minutos que el ridículo no existe… Que sólo estaba en tu mente.

Hay que dejar un vacío para llenarlo con lo nuevo y soltar lo que pesa, lo que araña, lo que te aleja de estar contigo, sea lo que sea… Mineral, animal o bestia parda. Tenga la cara de un amigo o la de anciano sabio… Sea cómodo o tristemente conocido… Si te aprieta, desabrocha. Si te ahoga, afloja… Si te habla mal, cierra la puerta y apártate.

Buscar lo que te asusta y zarandea pero que sabes que te libera y lanzarse a ello sin pensar.

Hay que dejar de pensar un poco y sentir mucho más.

Hay que decir basta a lo que no te llena, a lo que no te apasiona, a lo que no te hace sentir como realmente eres. Aunque eso suponga correr el riesgo de encontrarse solo, perdido, sin nada ni nadie a qué sujetarse, sin botón de alarma ni salida de emergencias.. La solución eres tú… Sé que no me crees, porque no está en este tú que duda en poder y que no se atreve a intentar… Está en el tu que sueña, que vibra, que decide, que camina, que resuelve, que confía, que suelta… ¡Qué difícil encontrar ese tú! yo lo pierdo muchas veces, se me escapa, se esconde de mí porque le arruino la risa y le recuerdo que tal vez no puede… Y no es que lo podamos todo, es que todo es posible y si no, no pasa nada porque hay algo mejor esperando a que nos decidamos a decir que no a lo que no deseamos… A lo que nos denigra, a lo que nos hace sentir insignificantes.

Lo imposible está buscando una puerta para entrar en nuestra vida y siempre nos encuentra haciendo guardia en ella y no lo dejamos pasar. Porque creemos no merecerlo, porque lo ahuyentamos con nuestra mirada cansada y nuestros apegos absurdos. Porque queremos controlar cada detalle de una ceremonia que no conocemos, porque queremos poner cadenas a nuestra libertad porque nos da miedo usarla… Porque tenemos miedo a qué nos depara un futuro sin sufrimiento, puesto nunca antes hemos vivido sin agarrarnos a una seguridad ficticia… Sin buscar refugio a cambio de perdernos a nosotros mismos.

Hay que decir no. Hay que decretar lo que somos y seguir ese decreto hasta el final. Hay que callar y escucharnos y sentir y tomarnos vacaciones de lo que nos preocupa, de lo que nos asfixia.

Hay que asumir la realidad y luego imaginarse lo contrario a lo que vemos cuando lo que vemos nos dice que no existimos… Hay que notar lo que sentimos hasta las últimas consecuencias y luego soltarlo para poder seguir, para flotar, para volar.

Hay que decir sí a lo que quieres, aunque dé tanto miedo que no sepas qué pasará mañana y te sientas tan perdido que durante un rato no sepas quién eres.

Hay que encontrar un pedazo de silencio y habitar en él hasta que todo vuelva a tener sentido.

Cuando no sabes quién eres, a veces, es porque te has quitado la máscara que ocultaba tu yo verdadero y estás buscando tu lugar. Es porque te has quitado las ataduras y estás empezando a usar tu libertad sin saber cómo todavía. Es porque andas por ahí tan ligero por el peso que has soltado que has descubierto que todo pasa más rápido y todavía no te has acostumbrado a volar.

Hay que decidir lo que ya no nos define y sacar las tijeras de cortar por lo sano con la pereza, el miedo y la vergüenza de ir a por lo que amamos. 

Es porque lo que eres no necesita etiquetas, ni resultados concretos y estás empezando a vivir para este preciso momento sin preguntar a dónde vas. Porque ya lo sabes, vas a ti, vas por el camino que eres, vas hacia tu propia esencia…

Hay que tomarse un respiro y parar para notarse las alas.  No sea que vayamos arrastrándonos a todas partes cuando en realidad siempre hemos podido volar.

Hay que poner en marcha un mecanismo en tu vida que arrase lo que ya no sirve para que lo que está por llegar pueda venir. Un efecto dominó que una vez comenzado sepas que nunca va a parar.

Me quedo aquí

Me quedo aquí

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Me quedo con los que se olvidan de odiar y de reprochar las faltas… Con los que nunca harán vudú ni se pasarán media vida quejándose de otros mientras ellos hacen lo mismo.
Me quedo con los tristes que se convierten en dueños de su tristeza y la miran a los ojos cada madrugada. Con los locos que han llegado a creerse que se puede saltar y la red se dibuja… Con los que se ensucian y se arrugan la ropa. Los que caminan sin saber a veces a dónde pero no dejan el camino…
Me quedo con los que ya saben que no saben nada.
Con los que se han dado cuenta de que no se puede escapar porque tu miedo siempre te persigue…. Hasta que no lo abrazas.
Me quedo con los que nunca se hacen viejos. Con los que siempre intentan ponerse en piel ajena aunque, a veces, eso les arañe la propia piel… Me quedo con los que hacen el ridículo por lo que aman y con los que se ríen de su cara de susto.
Me quedo con todas la tardes de lluvia mirando por la ventana y soñando un sol que luego cuando sale abrasa y a veces espanta. Porque lo deseado siempre parece más hermoso que lo que ya están contigo. 
Me quedo con todas las noches imaginando otras vidas que no fueron posibles y las vacío en mi papelera para cerrar todas esas puertas. Lo tiro todo, incluso lo que tal vez pueda necesitar porque todo está impregnado de ese antiguo asco con el que me despertaba esperando que alguien me salvara.. Porque yo siempre busqué a alguien que me salvara de mí misma, que me ayudara en este camino tan arduo y complicado. Hasta que descubría que nunca lo haría nadie… Hasta que yo no decidiera que el camino podía ser distinto. 
Me quedo con este momento presente, sea como sea. Porque está, porque es, porque ha tenido el honor de llegar y pegarse a esa sucesión de momentos en los que parece que no pasa nada pero en realidad se está creando una vida, un destino, un futuro… Porque este día se nos va a escapar mientras imaginamos cómo nos gustaría que fuera y desdeñamos cómo es ahora… Sin darnos cuenta de lo que perdemos no estando presentes ni respirando sin esperar nada. 
Me quedo con mis enfados absurdos y los repaso uno a uno para comprender por qué soy tan humana. Me quedo con mis emociones contenidas en la espalda, en la garganta, en las lágrimas que no caen porque no les doy permiso.
Me quedo con mi gato que ahora maúlla y me mira, aunque se que no me ama tanto como yo y sólo quiere comida… Aunque no me importa, porque sé que incluso lo que falta significa algo de lo que aprendo. 
Me quedo conmigo, aunque a veces no esté a la altura de mi yo más puro. Aunque haya hecho cosas que no me gustan ni gustan… Aunque huyendo de mis miedos, me metí entre sus redes…  Huyendo de la injusticia fui injusta… Huyendo de los gritos y las malas caras, me desgarré la garganta… Gritando…
Me quedo con la niña perdida que llevo dentro que me hace ser tan arisca y desconfiada, que me obliga a mirar de reojo y pedir explicaciones a otros por esas cosas que yo también hago… Que se siente sola, cansada de pedir y no recibir, que quiere que le hagan caso y que llora mientras ríe, que se ha quedado helada jugando a lo mismo de siempre y mezcla los recuerdos y a veces no sabe quién es.
Me quedo con cada uno de mis errores. Con mis caminos perdidos y equivocados buscando sentirme menos vacía y darle sentido a mi vida gastada buscando sentido… 
Me quedo con este día y lo amaré como si fuera el último mientras pienso que es el primero de muchos que vendrán sin sombra, muchos que ya no marearán mi alma cosida ni mis pies exhaustos de tragar caminos llenos de piedras.
Me quedo aquí, aunque no sea el mejor lugar, ni el mejor momento, pero es el mejor posible… Y voy a intentar amarlo como si lo hubiera inventado y vivirlo como si lo hubiera elegido.
Me quedo a ver qué pasa, porque moverse no es siempre avanzar y quedarse no es siempre un acto cobarde… A menudo pensamos que seguimos adelante, pero en realidad estamos huyendo. Creemos que escogemos y en realidad somos escogidos por nuestro miedo… Creemos que bailamos con nuestros problemas, cuando en realidad sólo nos dejamos llevar por ellos… A veces, pensamos que llevamos las riendas y en realidad sólo nos sujetamos a ellas mientras ese el carro nos arrastra…
Me quedo aquí, mirando sin perder detalle. Perdida en lo que nunca me pierdo y dejándome llevar por la magia de no saber, no comprender, no controlar, no pertenecer, no esperar… 
Me quedo aquí… Por que siempre tuve miedo a quedarme por si no aguantaba la envestida, pero me dice mi intuición que el viento huracanado que temo que me arrastre es en realidad un brisa fresca que va a impulsarme a mi nueva vida…
Tengo una sensación, una corazonada…
Hoy me quedo, a ver qué pasa…
 
Voy a decirlo en voz alta

Voy a decirlo en voz alta

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No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. Hay cosas que deben decirse en voz alta porque si se quedan dentro se sienten cómodas y se hacen un nido. Y luego no te das cuenta ni de que están ahí, hasta que un día todo te pesa tanto que no comprendes, no sabes por qué porque no recuerdas lo mucho que acumulas.

A menudo dejamos la puerta entreabierta a nuestra vida a muchas cosas que no nos hacen bien. Y no es que en todo no hay una lección en la vida, por supuesto, de todo se aprende. Por ello, aunque es complicado, siempre defiendo ir por la vida a pecho descubierto, sin temer más que a tener miedo de seguir y quedarse escondido y asustado. Sin embargo, hay cosas que llegan a tu vida que son un respiro y otras un ahogo. A las primeras las cogemos con ansia para poder encontrar un momento de paz y hacer que esa paz perdure. Las segundas nos traen un regalo maravilloso, una enseñanza que nos será útil para encontrar nuestra paz. Porque esa paz que buscamos ya está ahí, a modo de click, de decisión tomada en ese momento en el que está claro que no abrazarla sería insoportable, cuando descubres que todo lo que hagas no sirve de nada si no estás contigo, de tu parte, si no te eres fiel.

Sin embargo, nosotros ya sabemos cuando abrimos esa puerta si lo que estamos dejando entrar es una mano tendida o un puño. Si es truco o es trato. Si estamos comprando un momento de alegría ficticia porque necesitamos algo a lo que agarrarnos y eso implica que estamos vendiendo nuestra coherencia para poder soportar el frío de una situación angustiosa. Ya sabemos si nos estamos conformando con un consuelo falso porque estamos tan cansados de optar al primer premio y no conseguirlo que necesitamos una tregua. Y nada está mal. Ni lo uno ni lo otro. No hay traje pequeño si nosotros no nos empequeñecemos por él, si no nos lo ponemos pensando que es pequeño. No hay decisión adecuada o equivocada si la tomamos a conciencia, desde nuestra coherencia y capacidad de estar donde sabemos que queremos estar para sernos fieles. Todo depende de la forma que sepamos capaces de observar nuestra realidad y de percibir nuestra vida.

No es mejor el camino de la derecha que el de la izquierda. No es mejor hacerlo ahora que mañana por la mañana, siempre que mientras lo postergamos sepamos que es una elección y que en ella no hay atisbo de miedo, de huida… Mientras decidamos y no sintamos esa punzada en el pecho que nos hace evidente que hemos elegido a traición a nuestros deseos, que hemos arrugado nuestros sueños y nos hemos encogido. Si la decisión duele, hay que saber por qué. Porque no es lo mismo el pánico de arriesgarse, lanzarse al vacío y notar esa sensación de hacer una pequeña locura con tu vida pero saber que es la locura necesaria para ser fiel a ti mismo, que el dolor de saber que has apagado tu luz, que has escogido atenuar tu brillo… Que elegiste por no afrontar o por satisfacer a otros, incluso para demostrar que puedes…

No es fácil ser fiel a uno mismo. No nos han programado para ello porque estamos demasiado pendientes de ser una versión de nosotros mismos aceptable. Y la presión por alcanzar un estándar asumible para el mundo que nos permita ir por ahí sin la sensación de llevar una etiqueta que nos hace a veces renunciar a nuestras rarezas. Hasta que uno descubre que es gracias a sus rarezas que brilla y que puede ser fiel a sí mismo si le da la vuelta a su vida como a un calcetín y le da vértigo pensarlo pero sabe que es el camino, el único camino… Ya sabemos en realidad cuál es el camino, pero nos da miedo tomarlo, nos da vergüenza decir en voz alta que es nuestro camino porque no creemos merecerlo. Siempre lo sabemos, a cada instante, lo notamos en el estómago, en el pecho…

Nuestros pies siempre vuelan cuando escogemos el camino que correcto, el de la coherencia y el compromiso con nosotros mismos… Sin embargo, a veces, para llegar a él hay que dar algunos rodeos y muchas vueltas, porque mientras giramos desconcertados nos descubrimos a nosotros mismos y encontramos nuestra capacidad para amar y comprender. Porque dando rodeos, aprendemos a conectar con nosotros y reconocer nuestro verdadero camino… A menudo, hay que tropezar muchas veces con la misma piedra para darse cuenta de que no está en el camino sino en el zapato. Siempre está en el zapato, en realidad, la llevas contigo y hasta que no paras ha descubrir por qué y comprender, no puedes sacarla y andar en paz.

En el fondo, es como si cada uno de nosotros llevara de serie todas aquellas herramientas que le ayudaran a brillar, a ser capaz de triunfar en la vida y poder cumplir su misión. Sin embargo, nos educan para no reconocerlas o, peor todavía, para avergonzarnos de ellas y esconderlas. Algunas de esas herramientas, esos dones, esos talentos y capacidades, están por pulir. Algunos de ellos están ocultos tras lo que el mundo  llama “discapacidad”, una rareza, una debilidad, un supuesto “defecto” que no es más que otra forma de ser que no se atiene a la regla pero que no tiene nada de malo y mucho de hermoso por descubrir. A veces, alguien tiene sus dones a la vista y los usa sin problemas, pero hay personas que los tienen ocultos porque necesitan de un duro trabajo previo, el de desenmarañar la paja y encontrar el grano… Asumir lo que parece “negativo” y ver en ello la paz, la belleza, la parte positiva.

A veces, para encontrar nuestro talento tenemos que sumergirnos en nuestra oscuridad más rotunda y bucear en ella durante un tiempo… Y abrazarla, asumirla, decidir que está ahí pero que no importa, que somos más grandes que eso, que lo que nos hace seres valiosos ocupa más que nuestro miedo, que nuestro dolor…

Para brillar hay que dejar de avergonzarse de uno mismo de una vez por todas y sacarse el saco de la cabeza. Que te vean las arrugas, los michelines, los lunares… Que sepan que en persona eres más bajo, no tienes filtros de belleza en la cara y algunos días cuando despiertas estás muy cansado y de mal humor y te cuesta seguir adelante. Que sepan que no eres perfecto y que ya no aspiras a serlo… Nunca más.

No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. A veces, me avergüenzo de mí. De como soy. De lo que he hecho. De mis dudas, de mis debilidades… Del mucho tiempo que he gastado para llegar aquí. De pensar que si hubiera cambiado antes hubiera conseguido más y lo hubiera hecho más joven. A veces, me reprocho tanto que mis quejas me arrastran al pasado y me privan de vivir ahora. A veces, he abierto la puerta a verdades a medias porque las verdades enteras eran demasiado crudas para alguien que está aprendiendo a ser ella misma. Otras, he sido tan capaz de decirme a la cara las verdades más dolorosas que luego me he dado cuenta de que no hace falta afrontarlas todas en un día, en un instante, y que merezco mi tiempo como todos… ¿Sabes qué? no me arrepiento de nada de ello porque gracias a esos errores he descubierto que no importa cometer errores, que lo que cuenta es amarse y respetar.

Y al final, tengo claro que he sido yo misma quién se aleja de lo que ama, de lo que sueña, de lo que le trae la paz… Quién se pone las zancadillas y los alambres de espino en el camino para que duela. para que sea más duro y así pueda perdonarme esas culpas ficticias que arrastro hace una eternidad… Porque a pesar de todo el camino andado, a veces, sigo creyendo que no me pertenece, que no lo merezco, que nunca llegará porque no soy una de esas personas elegidas para ello… Y mi propia angustia, mi miedo, mi necesidad de demostrar que sí, que lo valgo, que lo merezco, que he hecho méritos para ello, construye un techo que no me deja crecer ni cambiar de forma… Y que cada vez que tiene cerca lo que busca, al alcance de la mano, sin querer le da un empujón o hace que se esfume, porque cree que no lo merece, que no está a su alcance, que todavía no hay sufrido suficiente ni se ha arrastrado demasiado para conseguirlo…

Tengo que decirlo en voz alta… A veces, sufro por el puro placer de sufrir porque me han educado para que crea que sufriendo purgaré una culpa que no existe y me haré perdonar mi naturaleza imperfecta. A veces sufro sin sentido pensando que esa es la única forma de  vivir… Y mientras sufro, me alejo del amor necesario para sentir mi paz, para acercarme a lo que quiero, de lo que ya está en mí pendiente de que me de cuenta de que ya forma parte de mi naturaleza. Mientras sufro, mi vida se estanca y las palabras que no digo se acomodan en mi cabeza para que siempre piense lo mismo y nunca encuentre la forma de soltar dolor.

Y cuando lo digo en voz alta, me doy cuenta de lo absurdo que suena y vuelvo a mí. Entonces me queda claro que la esperanza que busco está en mí. Y, no lo dudes, la que tú buscas, está en ti.