Cuando nada sale como esperas

Cuando nada sale como esperas

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Nada. Por más que corras y subas y bajes… Nada sale a tiempo ni como esperas, ni como imaginas ni como crees que debería. La vida es tremendamente testaruda, más incluso que tú o quizá no tanto, pero tiene la sartén por el mango y fluye como quiere sin esperar a que le des el visto bueno y te prepares. Sin que las veas venir ni siquiera. 

La vida te pilla a medias, te barre con la ola mientras todavía estás decidiendo si hoy te quieres meter en el agua. Te borra la meta un segundo antes de llegar y cuando crees que andas por el camino correcto, te explica que lo que buscas en realidad no existe.

La vida no es una ciencia exacta, ni una palanca que accionas y mueve el mundo y puedes subirte o bajarte de él. Es un mecanismo que nadie sabe cómo funciona y que va por libre y te propone planes que tú no tenías previstos. Te rompe esquemas para que te des cuenta de que lo que crees que es inmutable en realidad cambia a cada instante y que aquello a lo que te agarras con fuerza no está sujeto a nada.

Y por más que traces planes, por más que hagas listas, por más que tengas claros tus objetivos, muchas veces de nada sirve porque en un instante te deja fuera de juego y tienes que volver a empezar. Tienes que replanteártelo todo… Es ahí donde descubres que es maravilloso saber qué deseas y trazar un plan para saber a dónde vas, pero que tienes que estar preparado para el zarandeo y el cambio. Para descubrir que lo que has pensado que querías en realidad necesita matices o que no a suceder… O que tal vez sí pasará, pero antes necesitas que la vida te de un meneo considerable para que dejes de aferrarte a algo que en realidad te frena y no te permite moverte. Nacemos y morimos tantas veces durante la vida… Nos volvemos a reinventar y para ello tenemos que decir adiós a lo que creíamos que éramos para poder dar la bienvenida a lo que realmente somos, lo que ha surgido gracias a quitarnos capas de miedo y comprender nuestras luz y nuestras oscuridad. 

Para llegar a ese momento, damos muchos giros y nos perdemos en el laberinto de nuestros pensamientos y emociones. A veces, pensamos que nos movemos y lo que hacemos es quedarnos en el mismo sitio y dar vueltas. Nos hacemos trampa pisando el terreno de siempre sin arriesgarnos a nada. Otras veces nos arrastramos y tiramos de un carro pesado que nos lastra el camino y esperamos recompensa por tanto esfuerzo sobrehumano cuando en realidad la vida nos pide que soltemos ese fardo que no nos deja avanzar… Y no hay más recompensa que darse cuenta y respirar hondo cuando lo sueltas.

La vida no tiene mapa, al contrario, te invita a dejar tu mapa e improvisar, a guiarte por esa intuición que en muchas ocasiones ahogas y no escuchas y que siempre te indica lo que realmente necesitas. En la medida que cedas y sueltes, en la medida que dejes de resistirte a probar, el camino se dibuja, se visualiza, se esconde, se expande… No hay manual, no hay fechas más allá de las fechas que señalan que todo se tuerce o se rompe si no lo usas o lo pones en marcha… Más allá de lo que caduca si no lo miras o se esfuma si no lo valoras ni lo tienes en cuenta.

Pensamos que el camino nos lleva a  lo que buscamos, a lo que soñamos, a lo que creemos que necesitamos vivir, cuando en realidad, nos lleva siempre a nosotros. En la medida en que comprendamos que el objetivo es encontrarnos y reconocernos, lo que soñamos que es la meta se rebela por el camino… Y los resultados que esperabas conseguir se convierten en las herramientas que usas para llegar a otro lugar muy distinto, a ti mismo. Los sueños no son el final, son el combustible. La meta real está en ti. La motivación real es vivir este momento y dar gracias.

No hay nada más. Sólo estás tú.

Cuando nada sale como esperas, pregúntate qué sientes, qué crees, qué sueñas y búscate a ti mismo. Siente esa intuición que está en ti y que no busca aplausos ni premios, porque sabe que lo único que necesitas es estar presente en tu vida. Que tú eres el amarre que buscas para seguir moviéndote en la dirección correcta, que no es otra que hacia ti mismo. Ahí es donde te lleva la vida, siempre obstinada en que dejes de buscar cualquier cosa que no seas tú. Allí es hacia donde siempre señala la brújula… 

 

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Pensar para no ser, para no sentir, para no estar…

Pensar para no ser, para no sentir, para no estar…

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Pensar para no sentir.

Pensar y tragarse esas palabras… 

Contener el llanto hasta que la garganta duele tanto que se queda trabada, paralizada, y sabes que necesitas gritar para que todo ese dolor acumulado salga ahí afuera y puedas notar un momento de paz. Saber que si callas mueres un poco pero aún así seguir callando por alguna incomodidad que parece insuperable, algún miedo escondido, alguna realidad que te asusta reconocer. 

Pensar en voz alta para que el silencio no te asalte y tengas que afrontarlo. Para evitar que navegando vulnerable y perdido en ese silencio te des cuenta de que precisamente lo que buscas es silencio, pero huyes de él porque oculta verdades duras, complicadas, crudas… Verdades que parecen tan insoportables que prefieres no saberlas, no tener que afrontarlas ahora y dejarlas para luego, para mañana, para nunca.

Aunque sepas que no hay paz hasta que no te des por vencido y dejes que ese silencio te alcance, te invada, te inunde los sentidos y se instale dentro de ti tanto rato que el niño dormido despierte y empiece a jugar.

Pensar sin salir del rincón de pesar, sin dejar de pensar igual que siempre para no tener que imaginar que otra realidad es posible, para no descubrir que hay muchos mundos en tu mundo y que no todos se parecen al tuyo. Que hay más realidades posibles y que todas dibujan su camino y llevan su paso…

Pensar para no bailar.

Pensar para no tener que salir a la pista y dejarse llevar por la música y abrazar y abrazarse. Para evitar vaciarse y soltarse tanto que la vida se contagie. 

Pensar para no tener que perder la vergüenza ni hacer el ridículo jamás mientras intentas evitar hacer el ridículo. Pensar para olvidarse de estar presente y notar la vida. 

Pensar para dar mil vueltas más a todo y no tener que actuar, para poder parar sin parar de verdad, en calma y sosiego, sino como una forma de resistirte a lo que llega, a lo que viene, a lo que sabes que es inevitable. Pensar para no tener que aceptar nada duela o arañe, que te ponga frente al muro y tengas que ver que es obscenamente sólido y real. 

Pensar para no tener que salir a la luz ni sacar a basura de emociones rotas, rabias contenidas y miedos enquistados. Pensar que todo es culpa tuya, culpa de otro… Culpa, culpa, siempre culpa. Una culpa inmensa y pegajosa que se extiende como una mancha oscura que todo lo encuentra y lo alcanza, que todo lo enmaraña y revienta, que todo lo inunda y apaga… Culpa para desayunar, culpa para almorzar, culpa para cenar que se va contigo a la cama y te arropa y te reprocha que vas, que vienes, que estás, que no estás, que dices sí, que dices no, que callas, que hablas, que vives, que mueres, que existes… Culpa para dar y tomar, culpa para no sentir la culpa de sentir la culpa. Culpa para anestesiar el dolor de la culpa. 

Pensar para no tener que cambiar de camino y pisar esos lugares donde te llegan nuevos pensamientos que podrían volverte loco porque dicen todo lo contrario a lo que has pensado siempre. Porque zarandean tus credos más antiguos y arraigados y sacuden a tus creencias más rotundas. 

Pensar en bucle y hostigarse tanto que vomitas la noche del pasado lunes y la tarde de domingo de congoja máxima. Pensar para no tener que imaginar otras posibilidades, otras vidas, otros sueños. 

Pensar en bucle  otra vez y ver que todo es tan imperfecto que necesitas borrar el mundo y volver a empezarlo, pero sabes que no funcionará porque tú también eres altamente imperfecto.

Pensar en bucle mil veces más y suplicar que alguna de las personas con las que te cruzas te pare, te mire, te cuente una historia que te cambie y te de la respuesta que buscas.

Pensar esperando que la fórmula mágica esté al final del baúl de pensamientos que cada día repasas de forma compulsiva para ver si algo se te pasó por alto… Y no hallar nunca nada porque para verlo tendrías que cambiar de perspectiva. 

Pensar sabiendo que pensar es inútil hasta que seas capaz de observarte pensando y descubras que no eres tus pensamientos…

Pensar y creerse que pensar es vivir cuando es todo lo contrario.

A veces pensamos, pensamos mucho, pensamos demasiado… Pensamos lo mismo de siempre y lo retorcemos buscando una respuesta que no está, que no existe en ese lugar en el que hurgamos porque está en otro lado… En el lado donde no hay pensamientos sino sensaciones, emociones, hechos, acciones.

A veces pensamos para no sentir, como si nos pusiéramos la música muy alta para no oír nuestros propios lamentos o no golpeáramos la pierna para no notar el dolor de la mano… Nos anestesiamos con el parloteo de palabras para no tener que quedarnos a solas con nosotros y sentir, aceptar lo vulnerables que somos y lo solos que necesitamos estar para quedarnos con nosotros de verdad y conectar… Pensar para no estar ahora contigo, para no vivir este momento. Pensar en ayer. Pensar en mañana para no ser hoy, para no encontrarse ahora. 

A veces, pensamos porque de forma inconsciente sabemos que no hay respuesta en esos pensamientos, porque no queremos encontrarla, porque sabemos que si lo hacemos tendremos que claudicar y renunciar a seguir pensando sin actuar ni cambiar… Porque ese ser que nos habita y sabe lo que nos conviene nos va a pedir coherencia y no sabemos si vamos a estar dispuestos a dársela… Porque nos vamos a quedar a solas con él y nos va a pedir que sintamos todo lo que tenemos pendiente de sentir y eso nos cambiará para siempre… Y cambiar siempre nos asusta.

Pensar para no tener que pensar de verdad… Pensar para borrar este momento y quitarle fuerza. Para no sentir la vulnerabilidad de existir, para no tener que acordarse de ser y estar. Pensar para no tener que vivir la incomodidad de tu incoherencia. Pensar para tener la excusa y olvidarse de vivir… 

 

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Perder el tren

Perder el tren

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No tengo ni idea de nada o de casi nada. A medida que pasan los días, los meses, los años, todo lo que creía saber parece más borroso. Es como si la línea que separa los opuestos se difuminara tanto que me siento incapaz de decir qué está bien y qué está mal. Sé lo que me gusta y lo que no, lo que me duele y lo que me hace feliz, sé lo que no quiero y lo que sí, pero al mismo tiempo, me siento incapaz de juzgar porque comprendo cada día más mis errores y los ajenos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no hay un camino correcto y que las personas que a veces nos parecen más horribles son las que más heridas arrastran… Corrijo, tampoco es real, las que menos han podido superar esas heridas y más dolor almacenan. He conocido personas que han sufrido en sus vidas enormes tragedias y que son capaces de mirarte todavía con ese brillo en los ojos e ir por la vida respetando. Y he encontrado otras que han sido incapaces de superar algunas situaciones que no parecen de la misma envergadura… Corrijo de nuevo, no me lo parecen a mí, pero no sé con qué herramientas a nivel emocional cuenta esa persona para poder superar esas situaciones ni puedo valorarlo porque ni tengo suficiente información ni estoy en su piel. Juzgamos tanto todo el rato que se hace difícil separar la realidad de la interpretación.

Aunque no sé nada. No me atrevo a afirmar si esto es bueno y aquello no porque hace mucho tiempo que intento arrancarme las etiquetas que me pusieron y no quiero pegárselas a otros ni siquiera a las situaciones de la vida… Juzgar nos recorta las posibilidades. Es verdad, es un gran mecanismo de alerta que en muchas ocasiones puede salvarnos la vida, pero en el día a día, cuando algo sucede, ponerle enseguida una etiqueta, nos obliga a ver todo lo que acontece a partir de ese momento de una forma u otra… La percepción que tenemos de las cosas las determina en cierta forma. Vivimos en una realidad en la que el iracundo siempre será iracundo y el amable siempre será amable porque en nuestra mente no queda otra opción. Con ello, no eximo a nadie de su responsabilidad, por supuesto, las personas viven las consecuencias de sus actos y decisiones, pero la forma en que nosotros vivimos lo que otros hacen también determina nuestra experiencia. No podemos hacer nada para cambiar su comportamiento pero sí que podemos elegir estar a sus expensas o no y vivirlo de una forma u otra.

Cuando etiquetamos a otros con nuestros juicios también nos etiquetamos a nosotros respecto a ellos. La previsión que hacemos de nuestra realidad acaba determinándola. Y no me refiero a lo que va a suceder en ella, sino a cómo vamos a percibir lo que sucede.  Interpretamos nuestra vida en función de las creencias que tenemos almacenadas de forma inconsciente. Cuando estamos ante cualquier situación, sea la que sea, la juzgamos según esa programación que llevamos instalada y la etiquetamos y determinamos en base a ella. Todo eso genera en nosotros emociones varias que, si no sabemos reconocer y comprender, acaban generando el mismo comportamiento de siempre. Por ello es importante, aprender a reconocer qué sentimos y a descubrir qué creencias subyacen detrás de nuestros juicios e interpretaciones de la realidad.

Si somos capaces de gestionar y comprender qué nos mueve a reaccionar como reaccionamos, podremos empezar a usar esas emociones para aprender de nosotros y a observarlas en lugar de dejarnos llevar por ellas y precipitarnos o perdernos muchas cosas que suponen nuevas oportunidades. Eso nos lleva a dejar de reaccionar sin comprender y a tomar decisiones que suponen cambios importantes. Decidir con el corazón no es dejarse llevar por la vorágine de locura en un momento álgido, es escucharla, comprenderla, gestionarla y usarla para saber si te hace bien o no, qué dice de ti. Así podrás escoger tu camino desde la paz de haber descubierto las malas pasadas y trampantojos que te hace la mente que tienes programada para no salirte del mapa que te lleva a repetir situaciones y comportamientos… Una mapa que, poco a poco, puede dibujarse de nuevo con las pistas que nos da lo que sentimos y cómo reaccionamos.

Juzgar menos o ser conscientes de estar juzgando y por tanto interpretando la realidad nos permite una mirada más abierta y comprensiva. Borra un poco esa idea de que por un lado está lo bueno y por otro lo malo, sin que por ello tengamos que justificar nada que nos parezca atroz. Al mismo tiempo, nos abre la puerta a desmitificar errores y dejar de perseguir situaciones y forzarlas. Descubrimos que lo que parece negativo a veces es una gran oportunidad y que en todo caso si no sale como esperamos que salga o de una forma que nos convenza, sabremos encontrarle alguna lección valiosa. Llega un momento en el que no sabes si lo que pasa es para bien pero le encuentras un sentido. Ya, ya lo sé, hay cosas realmente terribles, pero muy a menudo está fuera de nuestro alcance evitarlas. A mi vida han llegado situaciones que pensaba que eran una condena y luego han resultado una bendición. Por supuesto, para ver el regalo que subyacía en ellas, he tenido que moverme, sobre todo por dentro, y cambiar mi percepción. Muchas veces no ha sido fácil, no he amansado todavía a mi fiera interior como para usar su fuerza sin hacerme daño, lo admito. Muchas personas al oír esto se ríen, no lo juzgo, comprendo que etiquetar la situación como negativa y lamentarse es fácil y yo lo he hecho en miles de ocasiones, pero es que eso no cambia absolutamente nada… Ni que sea por una cuestión de no vivir desde el estrés esa situación merece la pena trabajar en cambiar nuestra percepción de ella. 

No es fácil dejar de juzgar. De hecho, creo que siempre vamos a hacerlo y es mejor no obsesionarse con ello. Yo diría que lo único imprescindible es no culparse y dejar pasar los juicios sin que nos arañen o agobien. Si aprendemos a observar pensamientos, sin darles demasiada importancia, veremos que no nos afectan. Lo que realmente importa es estar abierto a que lo que siempre ha sido verde pueda ahora ser rojo, lo malo bueno, lo frío caliente… Y no hablo de ir por la vida como una iluso, hablo de recuperar los ojos de ese niño o niña que fuimos que cuando llegaba a la tienda de juguetes y estaba cerrada, se enfadaba dos minutos y enseguida se alegraba porque estaba justo al lado de un parque con columpios chulísimos… Y al cabo de diez minutos la tienda era historia y sabía que si hoy estaba cerrada otro día estaría abierta.

Y no es conformismo. Me hace mucha gracia (sí, lo juzgo, es verdad) cuando hablas de aceptar la situación y alguien te dice que eres conformista. Como si con su rabia y su enfado él fuera capaz de ir a despertar al dueño de la tienda para que la abra.  ¿No es mejor buscar una alternativa en otra tienda o aprovechar el momento y disfrutar del parque?

Nos pasamos la vida reprochándonos las oportunidades perdidas y nos angustiamos esperando trenes que no pasan y perdiendo otros que no vimos pasar… Si conseguimos soltar esa culpa y comprender qué hay detrás de nuestra forma de actuar, podemos gestionar mejor la situación y verla con más claridad. La culpa no es buena consejera y nos lleva a perder el próximo tren mientras nos lamentamos por no haber visto  pasar el anterior.

Lo que sentimos determina lo que hacemos y es maravilloso poder usarlo descifrar qué nos dice de esa programación que llevamos dentro y que nos obliga hasta ahora a interpretar la vida de cierta forma. Cambiar o flexibilizar nuestras creencias y redibujar el mapa que trazamos hace años en nosotros no va a cambiar el mundo ni tampoco como se comportan los demás, pero puede cambiar nuestra percepción y por tanto nuestras emociones y nuestro comportamiento y al final nuestra vida… Nos puede ayudar a darnos cuenta de lo que nos determinamos y etiquetamos sin darnos cuenta y tomar decisiones. Abrir la mente y meter en ella ideas nuevas, generar nuevas conexiones neuronales y transformar el ritmo de tu vida.

Una vez empiezas a trabajar en ello, todo gira, todo cambia. Te das cuenta de que no sabes nada. Juzgas menos y cuando juzgas, sueltas esa premisa enseguida. Y sabes que no sabes nada. Aceptas y te adentras en situaciones que antes eran impensables en tu vida que te llevan  a lugares que antes jamás hubieras pisado donde pasan cosas que nunca te sucedían. Y no hablo de acabar en un callejón oscuro a las tres de la madrugada sino de decir sí  a algo que jamás hubieras intentado antes y descubrir que es genial o que  por el contrario no te gusta nada… O encontrarte tomando un café con ese compañero al que nunca has prestado atención y que te cuenta una historia increíble que te das cuenta que necesitabas escuchar.

Cada día que pasa tengo menos certeza en lo que sé y más en mí misma y en lo que deseo y siento. Dejar de juzgar y de etiquetar te muestra un camino que cada vez más se basa en lo que llevas dentro y menos en lo que pasa ahí afuera. Cada día esperas menos del mundo y te sorprendes más de ti mismo. Te descubres a ti mismo y te apasionas con lo que haces porque no solo haces más de lo que amas sino que logras amar las pequeñas cosas que antes te molestaban. Aprendes a darle la vuelta a las situaciones para que vayan a tu favor y agradeces los pequeños contratiempos que te permiten recalcular tu ruta y encontrar momentos para ti…

Y te encuentras en el andén, esperando un tren que llega con mucho retraso, y ves que el mundo que te rodea se angustia y tú miras el cielo y lo ves hermoso y contestas mensajes pendientes y lees un libro o sencillamente respiras hondo y te notas vivir…

No, no vas a conseguir que los trenes sean puntuales gestionando tus emociones,  pero vas conseguir que no te moleste tanto, que no te rompa el día entero y seas capaz de darle la vuelta y aprovechar la situación. Y cuando pierdas un tren, éste en sentido metafórico, lo verás como una forma de aprender y no como un error insuperable. Hay muchas oportunidades que llegan a tu vida y son trenes que llevan a lugares que jamás habías pensado visitar y está en tu mano aprender a mirarlas de otra forma para poder aprovecharlas. No siempre podemos estar esperando en el andén y sobre todo hacerlo mirando en la misma dirección.

A veces incluso hay que ver y dejar pasar muchos trenes que te llevarían al mismo lugar de siempre donde nunca pasa nada que te cambie y te mueva por dentro. Para aprender a distinguirlos hace falta un momento de silencio y de paz.  Incluso en algunas ocasiones, pensamos que perder el tren es una tragedia cuando en realidad es la excusa perfecta para explorar otras posibilidades y destinos. 

Las oportunidades necesitan que les dejes la pista abierta para llegar y si estás desconectado de ti mismo, sufriendo o preocupado porque no llegan, no las ves pasar por tu lado… 

 

 

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Me quedo conmigo

Me quedo conmigo

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Vamos a tener miedo siempre. No, no te asustes, no es malo ni bueno, es lo que es. Siempre hemos pensado que la felicidad es no tener miedo o no tener problemas cuando en realidad es convivir con ellos. Sentir que incluso en el momento más complicado, estás en paz contigo y te sientes de tu parte. Es encontrar ese equilibrio y esa coherencia que te permiten mantenerte en pie a pesar del balanceo, como esos muñecos con una base redonda de peonza que se mueven en muchas direcciones  y que cuando los zarandeas pero siempre acaban encontrando ese punto estable. Creo que se llaman  tentetiesos o algo así… Si no aprendes a mantener el equilibrio durante el zarandeo, siempre estarás preocupado por si algo o alguien te zarandea… Lo que me llevo a pensar que sin zarandeo no hay equilibrio. Aunque cansa y te deja agotado muchas veces porque todo se repite en la vida una y otra vez y no le ves un sentido.

En algún lugar parece estar escrito que si no te preocupas, no eres una persona responsable. Como si sufrir fuera un peaje a pagar para que la vida te deje un poco en paz y puedas pasar por este trance con un poco de calma, aunque sin pena ni gloria… Como si pasándolo mal te ganaras el derecho a merecer cosas buenas en tu vida.

Hace años, a pesar de llevar una vida que ahora podría definir como cómoda, pensaba que llegaría un día en que todo estaría controlado, que todo sería perfecto. Era como si me reservara para ese día, para sentirme plena y feliz entonces. Cuando tuviera un buen trabajo, una buena relación y me mirara al espejo y me gustara lo que viera. Pensaba que si todo estaba alineado en mi vida, eso me daría fuerzas para producir más, ser más eficiente, estar más guapa y delgada y ser mejor persona. Era como si esperara una especie de conjunción astral para poner en marcha un mecanismo de felicidad en mi vida. Mientras tanto, no me permitía descanso (sobre todo mental) de reproches, quejas y me exigía siempre sin poner un límite. Era como si creyera que conseguir ese estado de perfección en mi vida dependiera de mí absolutamente, como si yo pudiera forzar las situaciones y hacer que las cosas sucedieran exactamente como yo deseaba… Y que fueran perfectas porque así yo podría ser perfecta. Pensaba que con todo de cara y a mi favor siempre sería más fácil conseguir esa vida soñada en la que todo es como debería, como yo creía que debería ser para poder mantener esa felicidad anhelada.  Era como si esa felicidad fuera un lugar concreto en una cima muy alta desde la que pudiera contemplar mi vida sin temor a que ya nada me preocupara o me pudiera atacar, un lugar inalcanzable desde el que poder defenderme si algo perturbaba esa perfección y donde pudiera soltarme y vivir en paz.

Eso no va así. La paz no es la consecuencia de la felicidad, es la causa. No es un lugar ahí afuera al que llegar, es un espacio de silencio dentro de ti en el que decides quedarte a pesar de las circunstancias, un estado de ti mismo desde el observas tu vida y la sientes pero no te arañe, en el que asumes tu responsabilidad pero no te tragas la culpa de nada… Un estado de tu ser que no se altera a pesar de nada.

Forcé mucho las cosas. Y es verdad que hay que hacer para que las cosas pasen, pero sin romperse por el camino. Porque hay tantas cosas que no dependen de uno mismo y que nos pasamos la vida intentando controlar y medir y arreglar y reconducir… Hay que cosas que debemos hacer que sucedan y otras que tenemos que dejar que nos sucedan.

A menudo nos hacemos trampa y evitamos hacer las que nos asustan porque creemos que no daremos la talla o porque nos avergonzamos de nosotros mismos y no queremos exponernos a las críticas de los demás, sin darnos cuenta de que evitarlas no nos priva de la propia crítica y de la culpa que sentimos. No hacemos lo que depende de nosotros y sin embargo nos esforzamos mucho en querer cambiar lo que no está a nuestro alcance. Y nos enfadamos y resistimos a abandonar esa acción cuando nos desgasta enormemente y nos hace sentir vacíos.

En muchas ocasiones, he dejado de hacer cosas porque estaba convencida de que no las haría bien y temía quedarme a medias. Me sentía tan poco merecedora de conseguirlas que me rechazaba a mí misma antes de que el mundo me rechazara porque no podía soportar otra decepción más… Cuando has intentado por todos los medios conseguir algo y te has esforzado mucho, hay un día en que esa sensación de vacío cuando el premio no llega se vuelve insoportable. Y dejamos de hacer lo que toca hacer y lo que no para dejar de sufrir.

Mientras yo me reservaba para ese momento perfecto en el que los planetas iban a alinearse para que mi vida fuera la vida soñada, me sentía en provisional. Me costaba tomar decisiones para cambiar cosas porque estaba esperando el momento perfecto. No asumía según que retos porque esperaba a que la incertidumbre se marchara de mi vida y yo sintiera la confianza necesaria para sentir que podía. Nunca se fue y la confianza no llagaba y pasaban los días y los años.

No voy a hablar de trenes ni de oportunidades perdidas. No importan en realidad. Lo único que importa es la paz de estar bien contigo. Y esa paz no depende de que los planetas se alineen ni de que las circunstancias sean perfectas, depende de ti. Incluso en en el peor momento, puedes decidir no reprocharte nada y no culparte y a pesar de que tu vida no sea como la sueñas y deseas, mirarte al espejo y reconciliarte contigo… Ese momento en el que la incertidumbre sigue latiendo en tu pecho y desmorona tu vida y te zarandea la agenda y las emociones y a pesar de todo decides no vivir de forma provisional… Decides no esperar para ser feliz y apreciar lo que eres y amarlo sin condiciones… Ese momento en el que te miras y tomas la decisión de dejar de esperar a que llegue ese día en que todo es perfecto y amas esta imperfección ahora y la asumes, tal vez porque estás demasiado harto y cansado de vivir a medias esperando algo que no depende de ti…

Y vives como si ya fueras. Y no hablo de vivir como si ya tuvieras lo que deseas en tu vida, sino de vivir como si ya fueras la persona que ha dejado de esperar que todo sea perfecto para ser feliz… De sentirte como si ya lo tuvieras todo lo que anhelas porque has descubierto que lo tienes y que siempre ha estado en ti, mientras tú mirabas a otro lado esperando que la vida te diera permiso. Mientras te peleabas con todo porque no era perfecto. No hablo de vivir sin tener miedo sino de vivir sin que el miedo te tenga a ti y aprender a llevarlo y darte la mano a ti mismo cuando esa voz que te cuenta historias tristes te susurra en plena noche… No hablo de que todo sea seguro, sino de vivir en esa inseguridad e incertidumbre y descubrir que eres como esos muñecos que aunque los zarandees siempre vuelven a su centro.

No hay que llegar a ningún sitio. En realidad, hay que decidir quedarse.

He dado muchas vueltas buscando de forma insaciable esa cima, ese lugar, ese estado de las cosas donde todo sale bien y siempre me siento con ánimo de seguir adelante… Y no existe. Hay que apagar el interruptor de búsqueda y quedarse callado y escucharse y sentir como te llama el camino y como todo te sucede… Es una decisión, una forma de observar la vida de otro modo, es dejar de huir de lo que te asusta para saber que podrás vivirlo porque estás contigo… Porque te quedas contigo a pesar de todo.

 

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Desnuda

Desnuda

 

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Se ha quedado desnuda contando historias y derramando lágrimas. Ya no duelen, ya no arañan… Sólo calman… Ya no siente vergüenza de sí misma ni se esconde. Era más grande el dolor de necesitar encontrar su llanto perdido que el de las miradas sin piedad de los que siempre fingen y nunca se muestran al mundo como son y juzgan a otros porque sí se atreven.
Ya no le importa qué dirán porque sabe que lo que dicen es fruto del miedo, la envidia y el aburrimiento. Porque los que viven a medias suelen necesitar vivir a través de emociones ajenas y llevarse prestados los lamentos a casa para no escuchar sus propios lamentos. Porque aquellos que critican su osadía son los que pagarían por llegar a la mitad de su coraje y recibir la mitad de su paz… Porque sueñan tener una brizna de su valor dibujando la vida y encontrando nuevos mundos cuando su mundo se acaba.
Porque los que murmuran hacen jirones su piel con sus labios, pero la devoran con sus ojos inquisidores esperando contagiarse de su alegría, esperando mirarse al espejo y poseer un destino del que no tengan ganas de salir corriendo.
No le importa que la miren, tanto si la miran porque brilla y aman ese brillo, como si lo hacen esperando que se apague porque no lo soportan.  Medio mundo osa mostrar su luz y el otro medio la oculta porque no cree merecer ese gran regalo… Ella se cansó de vivir con la luz apagada y se dio cuenta de que si no se arriesgaba a compartir su imperfección maravillosa y necesaria,  tampoco podría compartir con el mundo su enorme talento. No le importa que eviten si la evitan porque remueve conciencias y zarandea emociones, porque no necesita deslumbrar, ni demostrar, ni medir, ni colgarse ninguna medalla… Ya no. El tiempo de las medallas pasó y quedó lejos. Ya nada se mide ni pesa, nada se tasa ni valora ni se espera resultado concreto. La vida se sincroniza sola, se busca sola, se sucede en el momento justo en una especie de danza improvisada y al mismo tiempo perfectamente calculada. 

No le importa que la despedacen con mentiras si ella es fiel a su verdad… Ellos no viven como ella, lo hacen siguiendo normas ajenas a sus voluntades ahogadas y  mediocres porque no reconocen su propio valor.
Los que habitan vidas robadas siempre viven con gozo las tragedias ajenas y aplauden los fracasos de otros. Y siempre penan de dolor las alegrías de los que viven sin pedir permiso y sólo preguntan a su conciencia el camino a seguir. No les guarda rencor porque sabe cómo se sienten. Sabe que sus arañazos son súplicas de cariño y sus gritos e insultos son su forma de pedir que les miren y tengan en cuenta.
Son los que cuando su mundo se acaba, saltan a otro mundo y empiezan a buscar una cabaña y a soñar un cielo bajo el que sobrevivir. Los que gritan para no oír en su cabeza la voz que les dice que no son perfectos y nunca lo serán y todavía les seducen… Los que balbucean esperando amor y se conforman con caricias a medias y se acercan a ti buscando ver cómo te esfuerzas y te quedas a medio centímetro de la meta y sonríen al notar tu dolor.

Está desnuda y vulnerable porque ha soltado las amarras y surca su vida sin imaginar tragedias por anticipado, sin esperar nada más que a sí misma. Porque vuela sin más alas que sus ganas y ha roto con todo lo que la ata a ese lado de la calle donde se reparten miserias y los tristes hacen cola, una y otra vez…

Le da igual si la compadecen o si les escandaliza su risa loca y su mirada llena de alma. No busca que la aprueben, sólo necesita que sentirse libre y agarrarse a esa sensación amable de saber que está consigo misma y que no se fallará… No busca que le digan que sí, quiere decirse que sí a ella misma y no parar nunca de amarse y contarse tantas verdades como su cuerpo dulce y salvaje pueda admitir.

Le dan todos igual porque ha aprendido a amarse y no ve enemigos, sino personas tan perdidas como ella que buscan encontrarse la cola para mordérsela y creerse que han atrapado al culpable. Sabe que lo que nos lleva a detestar a otros es a menudo el dolor no saber quiénes somos y no encontrar nuestro propio camino.

No busca que le abran puertas… Ella es la llave de su vida. Es ahora ya su noche sin miedo y su tarde sin desesperación ni monotonía. No quiere que la admiren, quiere que comprendan que ella es como es y eso no va a cambiar por nada… Y seguir su camino, tanto si gusta como si escandaliza y remueve, tanto si encandila como si molesta.
Está desnuda y sola,  pero no tiene frío porque sus historias son cálidas y sus sueños la cubren de emoción. Sueña con ella misma ahora y no necesita nada más. Con el tiempo, aprendió a usar los sueños para crecer y no para atormentarse con ellos. Sabe que al final del camino no hay ningún premio, sino una versión de ella misma transformada por todos y cada uno de sus pasos. 

Está desnuda, pero no teme haberse quedado sin hojas, ni poner al descubierto sus heridas y sus miedos porque su osadía la convierte en todopoderosa… Ha llegado ese momento en el que su propia desnudez  la protege de las miradas porque hace evidente que no le importan ni arañan.  Y nada aleja tanto al que critica y censura como alguien que no lleva puesto el el disfraz...

Nada le es tan grato a la vida como la coherencia. 

 

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Bendita zona de confort…

Bendita zona de confort…

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Lo siento. Me quedo en la zona de confort. Al menos un rato. Hasta las seis o las siete. No para demorar mi salida de este remanso de falsa paz y angustia controlada, sino para descubrir qué me retiene aquí. Necesito explorarme a mí misma un rato y saber qué siento. Reconocerme a mí misma metida en esta jaula mediocre pero maravillosa a ratos y saber por qué a a veces no me muevo de aquí a pesar de mis ansias por llegar a otros lugares que parecen mejores. Si no me quedo un tiempo (no sé cuánto) y me miro en sus espejos distorsionados no sabré qué es lo que me mantiene aquí y me amarga, con qué me seduce este momentos que no me deja visitar otros momentos… Qué sucedáneo de vida consigo metida aquí que creo que no podré obtener en el otro lado de mi vida, qué imagino que va a pasar ahí afuera si salgo de este entorno mullido y caliente para visitar el frío destino donde parece que están mis sueños… 

A veces, hay que retozar en el lodo para saber qué te ata a él hasta sentirte capaz de levantarte y abrir la puerta. Hay tantas formas de vivir en esta zona de comodidad como seres humanos habitan el mundo. Lo que para ti es un lugar espantoso, para otra persona es un remanso de paz. Si abandonas tu zona de confort sin descubrir qué te retenía en ella, vayas a donde vayas, te vas a montar una nueva sucursal. Será en otro lugar y la llamarás de otro modo, la revestirás de cambio y valentía porque habrás dado un paso saliendo de la primera y porque todavía no te habrás dado cuenta de haber caído en otra… Nos pasamos la vida revisitando el pasado sin atrevernos a mirarlo de otro modo, a reinterpretarlo, a cambiar nuestra percepción de lo que pasó y comprender lo que nos pasa… Hoy no me propongo quedarme estancada en mi dolor, me propongo estar en él y observarlo para encontrarle un sentido y poder seguir adelante sin llevarlo en mi mochila como una carga… Nuestra “zona de confort” es el resultado de no atrevernos a volver a mirar nuestra vida con otros ojos y seguir anclados en ella sin ser capaces de personar y perdonarnos y abrazar lo que fuimos… Si no abrazamos lo que fuimos sin reproches, no amamos lo que somos y no podemos avanzar sin lastre. 

Nos engañamos pensando que caminamos hacia delante cuando en realidad lo hacemos en círculo. Pensamos que nos largamos con valor y en realidad huimos, creemos que persistimos  en conseguir algo nuevo cuando en realidad aguantamos lo que es inaguantable… Porque cambiamos el escenario, pero no cambiamos nosotros. Lo que importa no es lo que pasa (lo sé, duele y asusta) es cómo decidimos vivirlo y experimentarlo. Siempre culpamos a la vida (es absolutamente dulce y macabra, cierto) pero lo hacemos para no mirar en nosotros y descubrir que cuando reparten asco, muchas veces, seguimos levantando la mano y nos ponemos en la fila para conseguir un pedazo  enorme y nos ponemos también en la fila del miedo, de la modorra, de la rabia, de la culpa, de la vida sin vivir y de las decisiones pendientes.

La manida zona de confort no es un lugar, es un estado mental y emocional. Es una decisión de no preguntarse para qué hago lo que hago y qué sentido tiene en mi vida. Es un dejar de sentirte en tu piel y habitar otros estados emocionales esperando que sean más placenteros. Es un no permitirse imaginar otra vida, es conformarse y tragar sin preguntar sin tener que aceptar nada porque, eso sí, decidimos seguir peleados con todo y con todos.

Se puede abandonar la zona de confort sin moverse de lugar, porque el que se mueve eres tú, por dentro. Se puede llegar a la meta sin cambiar nada porque descubres que tu meta era encontrar la paz de saber que ya no buscas más y estás entero.

Vamos por ahí dando fórmulas para que todo el mundo se arriesgue a dar el salto hacia otro tipo de vida y nos presionamos a nosotros mismos para hacerlo sin saber ni siquiera dónde estamos y dónde queremos llegar. Sin reconocer qué nos apega tanto a este lugar del que no salimos nunca, sin sumergirnos en él para descubrir qué mentiras nos contamos para no soltar la rama con la que nos sujetamos a un árbol que está muerto y que se cae…

Nos instigamos tanto para arriesgarnos y vencer miedos que salimos del infierno y nos montamos otro igual en nuestro nuevo lugar de destino. Tal vez, en lugar de enamorarte de tus sueños y metas tienes que enamorarte de ti, ahora y de la persona que puedes llegar a ser cuando los consigas, de esa sensación de plenitud y confianza en ti que te recorrerá las venas. Para salir de tu jaula tienes que aceptar la persona que eres viviendo en ella y comprometerte a no culparte, ni reprocharte, ni menospreciarte por haberte sentido cómodo en ella… Comprender qué te ata a este momento presente en el que no eres feliz y qué mentiras te cuentas para permanecer en él en este estado, porque si no, vayas a donde vayas, te montarás un futuro idéntico.

Bendita zona de confort por todo lo que podemos aprender de ella… Dejemos de denostarla porque nos herimos a nosotros mismos y la hacemos grande y enorme, la ponemos en nuestra lista de miedos y empezamos a resistirnos a abandonarla sin sentirla ni comprender por qué la hemos habitado durante tanto tiempo.

Bendita zona de confort por lo que nos cuenta de quiénes somos y de lo que nos asusta… Si renegamos de lo que somos ahora, corremos el riesgo de no comprendernos, no aceptarnos, no saber qué nos retenía en este estado de letargo y no poder salir nunca.

Si no amamos lo que somos ahora y lo respetamos aunque no nos guste, seguimos cargando piedras que nos hacen más difícil llegar a amarnos como merecemos. 

Yo me quedo un rato, no como excusa, para observar qué me ata y cómo me ato aquí. No para mirar afuera y lamentarme y quejarme de lo que consiguen otros y yo no, sino para mirar en mí y sacar la basura que guardo escondida y finjo que no existe, mientras me culpo por como soy y culpo al mundo por ser como es.   Aprendemos tanto de nuestra luz como de nuestra sombra y en este lugar hay un poco de todo.

Dejemos de huir de lo que somos porque en ello están todas las respuestas que buscamos. 

 

Se ha hablado tanto de la “zona de confort” que todos nos afanamos en dejarla sin haber sido muchas veces capaces de comprender qué nos ata a ella… A menudo pensamos que la dejamos pero como no hemos aprendido nada, lo que hacemos es huir y montarnos otra en la siguiente parada, más amplia tal vez, con más luz y más vistas, pero es lo mismo, un lugar donde el miedo nos quema y enjaula.

Sin embargo, hoy quiero recuperar su valor como fuente de autoconocimiento. 

He aprendido tanto de estar en ella como de salir corriendo para no permanecer nunca más…

 

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