Deja de ignorarte

Deja de ignorarte

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A veces te quedas sin voz y otras se te acaban las ganas porque topas tanto con la misma pared que te quedas roto, entumecido, agotado. Y luego cuando te paras un momento, te das cuenta de que tocaba callar y cambiar de rumbo, dejar de golpear paredes que no llevan a ningún lugar y respirar hondo para saber qué quieres realmente.

Insistimos tanto en besar al sapo obsesionados con que es un príncipe… Nos obsesionamos porque los demás cambien y sean como creemos que deben mientras pasa un tiempo precioso en el que no miramos en nuestro interior… Un tiempo en el que no somos nosotros de verdad porque nos ocupamos de cambiar el escenario, el atrezzo y decidir qué tienen que hacer y decir los demás actores. Cuando el cambio real de la obra sólo llega cuando asumimos que somos nosotros quiénes tenemos que interpretar otro personaje. Discutimos sobre las palabras que nos dicen, nos enfadamos por lo que ven o no ven en nosotros, porque no nos valoran y nos nos aman como merecemos… Y ni siquiera nos tomamos tiempo para darnos cuenta de que no prestamos atención a lo que nosotros hacemos… ¿Y nuestras palabras? ¿Y nuestra valoración de nosotros mismos? ¿Y la forma en que nos miramos y nos definimos?¿Y la forma en que nos tratamos? ¿Y todo lo que hemos hecho hoy que nos denigra en realidad porque creemos necesitar aprobación?

Cada vez que pensamos que los demás son el origen de nuestros problemas estamos perdiendo la oportunidad de solucionarlos, les estamos entregando el poder de seguir haciéndonos daño… Les entregamos la varita mágica... Nos hacemos daño nosotros mismos por persona interpuesta… Y no es que ellos no sean responsables de herirnos, lo son, pero destinar energía a desear que cambien, es como pasarse las noches concentrado en ver la otra cara de la luna desde el balcón de casa. Sean como sean, hagan lo que hagan, digan lo que digan no tenemos opción a cambiarlo. Tan sólo podemos hacer dos cosas… La primera, decidir si se quedan en nuestra vida o se van. La segunda dejar de mirarles a ellos y empezar a concentrarnos en nosotros, comprendernos, mimarnos, recuperarnos, cosernos, escucharnos… Dejar de prestar atención a lo que no está a nuestro alcance y mirar dentro, en nosotros, donde todo cobra sentido, donde realmente se puede hacer magia.

Cerrar puertas y heridas. Decidir que hemos comprendido la lección y que estaban ahí para mostrarnos que todavía nos amamos poco… Soltar nuestra necesidad de mirarles y juzgarles, evitar que nos sigan haciendo daño, dejar de darles un papel protagonista en nuestras vidas y ocupar nuestro verdadero lugar en el mundo.

La verdadera magia consiste en aprender a mirar sin dolor. Dejar de buscar lo que no funciona y dejarse seducir por lo que realmente nos hace sentir inmensos, radiantes, poderosos. Contemplar con ojos inocentes cada día para así poder imaginar historias hermosas y empezar a crear una realidad más acorde con lo que realmente somos. Abandonar esa idea gastada y triste que tenemos de nosotros y que nos habla de que estamos a medias en todo. Que nos dice que no llegaremos nunca, que no somos todavía perfectos y tenemos que continuar demostrando y batallando para conquistar a unas metas que ya no nos representan ni ilusionan… Porque ya eran huecas el día que alguien te dijo que eran las tuyas y dijiste que sí por temor a parecer desconsiderado, por temor a no encajar, por temor a destacar y parecer distinto, por no dejar la tradición.

El ejercicio que lo cambia todo es aceptar que nada de lo que nos rodea va a cambiar tal y como creemos que debe cambiar y hemos llegado a necesitar que cambie. El cambio real es dejar de necesitar y concentrarse en sentir, en notar, en depositar la energía en este momento y decidir que el poder es nuestro.

Ya lo sé. Ahí a fuera llueve mucho a veces y otras el sol quema, quema sin parar. Hay mil historias tristes y mil lobos feroces. Mil caminos oscuros y mil noches frías. Aunque también hay mil formas de amarse cada día y mil personas maravillosas esperándote en el camino. Algunas te llaman por teléfono o te envían un mensaje. Otras te sirven café o te venden unos zapatos. Algunas comparten tu vida y otras se cruzan contigo un solo instante y sonríen y te recuerdan que tú también puedes sonreír ahora. Algunas brillan y otras están apagadas. Unas están para recordarte que tú también brillas y otras que te has apagado  y está a un paso de volver a conectarte a la vida. Hay amigos de cien años y amigos de dos días. Y en este mar de dudas en el que todo se mezcla y te arrolla, lo que cuenta es saber guiar tu barca. Dejarte llevar a favor de viento y saber cuándo virar y mantenerse firme.  Y dejar de mirar a los lobos esperando a que sean corderos  porque mientras ves su crueldad te pierdes la belleza que te rodea, incluso la que está en ti.

Soltar el intento loco de control de todo lo que jamás podrás controlar y usar esa rabia por no conseguirlo para crear algo nuevo.  La verdadera magia es comprender que hay cosas que no podemos evitar y aprender a concentrase en lo que sí está en nuestra mano. 

Y en tu mano estás tú. Y lo único que tienes que hacer es descubrirte realmente. Salir del decorado y escribir tu guión usando tus palabras. Y cambiar tu mirada ante lo que ves y detenerte un momento a contemplarlo con ojos inocentes y nuevos. Y dejar de juzgar lo que es para esperar a comprender lo que te cuenta de ti… Ver que cada persona que se cruza contigo lleva un mensaje para ti.

Percibimos lo que somos a través del mundo, pero si queremos cambiar no podemos actuar en el reflejo sino en el original.  Y ver lo que realmente eres. Encontrar tu valor. Potenciar todo lo maravilloso que descubres en ti… La verdadera magia es aprender a mirarte de otro modo y descubrir que esa magia está ya en ti, pero no la usas porque has olvidado que la tenías. Porque llevas una eternidad ignorando tu grandeza.

Deja de ignorar tu magia… Deja de ignorarte.
 
 
 

Aprendiendo a vivir

Aprendiendo a vivir

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Este tal vez sea mi texto más personal. Lo escribo sin tanta poesía, quizás, porque quiero asegurarme de que se entiende y no me enzarzo en las ramas y me dejo llevar por las palabras sin tener en cuenta lo que siento…
Se me quedan cortas a veces y me gustaría dejar claro algo… Me metí en esto porque necesitaba soltar dolor y demostrar que la niña perdida y humillada podía hacer cosas hermosas… Para decirle al mundo que después de menospreciarme iba a enterarse de que se había equivocado y yo valía la pena… Para ayudar a todas las personas que como yo durante mucho tiempo se sintieron tan miserables que pensaron que nunca podrían salir del pozo… Lo que pasa es que no era el mundo el que debía cambiar sino yo… Es más, ni siquiera debía cambiar yo, tan sólo tenía que quitarme el disfraz y dejar de pelear y demostrar para sólo sentir y existir. El mundo no nos debe nada, somos siempre nosotros que nos lo debemos a nosotros mismos porque no sabemos amarnos… 

Me he sentido perdida tantas veces, algunas de ellas, hay personas que me han leído y habrán pensado “menuda suerte, qué claro lo tiene todo” y no es cierto. No sé nada. Lo que escribo y cuento es fruto de lo que he sentido y me he encontrado por el camino… Cuando te enfrentas a situaciones duras en la vida, los cursos, los Máster de inteligencia emocional y las lecciones sobre coaching no te salvan… Te recuerdan lo poco que sabes todavía y lo mucho que te falta para aprender… Lo mucho que evitas mirarte dentro y el miedo que sientes todavía. La teoría te recuerda lo lejos que estás de conocerte y lo que te falta para amarte… El otro día escuchaba a Covadonga Pérez Lozana decir algo así como que uno siempre acaba siendo un “maestro” de aquello que más le ha costado conseguir, acaba enseñando a los demás eso que más se le ha resistido en la vida… Y es cierto. Yo no soy maestra de nada porque no sé nada, sólo puedo contar lo que he descubierto a base de fastidiarla… Lo que aprendí mientras intentaba conseguir mis sueños, mientras mis deseos se resistían… Mientras me di cuenta de que los soñaba porque necesitaba demostrarle al mundo que valgo la pena…
¿Sabéis qué pasó? que mientras escribía para soltar lastre y mostrar al mundo de lo que era capaz, empecé a tropezar más que nunca y a darme cuenta de que cada tropiezo era magia… Me convertí en experta de mis miedos, en comadrona de estupideces y en el más hábil testimonio de un ser humano que se resiste a ceder, a aceptar, a dejarse tocar por la vida y soltar en control… Y me convertí en esto que ahora soy, que todavía es algo a medias, por supuesto… Y mientras escribía para gritarle al mundo que estaba harta de ser del montón… Me enamoré de la vida en el montón y descubrí que el montón es lo extraordinario, lo mágico… Mientras os quería decir que estoy aquí y puedo aportar, solté mi resistencia y descubrí que en realidad no necesitaba demostrar nada y quería hacerlo por amor… Por amor a mí y a todos los que me cuentan que necesitan que alguien les escriba porque están encontrando su voz y todavía no saben lo maravillosos que son…
Mientras me desnudaba para sacar lo mejor de mí y recibir reconocimiento, me di cuenta de que lo que buscaba era amor… Quería formar parte de ese club donde la gente se siente segura y pisa fuerte, donde todo parece perfecto y nadie te mira de reojo y si lo hacen es por envidia- Que quería encajar en un mundo en el que para encajar hay que recortarse y perderse… Me he sentido tan rechazada, siempre… El rechazo me convirtió en una fiera peleona que buscaba justicia y estaba enfadada con el mundo por no amarme, no quererme como era, no aceptarme… La rabia se me acurrucaba en la garganta y una manaza enorme me sujetaba del cuello y no me deja gritar… Si algo tiene la ira es que es osada y poco temerosa porque no te deja recapacitar si por ir detrás de algo a luchar y pedir justicia te caes por el barranco… E incluso, cuando aprendí a quererme, tenía todavía tantas ganas de encajar que no me encontraba… El mundo no te ama si no te amas. El sueño más maravilloso es humo si no te amas… Nada tiene sentido si no te amas y no encontrarás ese amor en nada ni en nadie si no eres capaz de dártelo tú… Y el club de los seguros y envidiados es en realidad una invención de alguien que se siente pequeño y mira a los que son como él como si fueran gigantes.
Y mientras perseguía sueños, aprendí a quererme y buscar mis debilidades… Encontré mi oscuridad y me atreví a ponerla en primera fila porque me di cuenta de que si no eres capaz de admitir que no eres perfecto, que no siempre tienes razón, que guardas secretos y que hay cosas en ti que te asustan, no te queda nada…
El mundo te trata mejor si tu te tratas como mereces. Y las miradas inquisidoras cesan cuando tu dejas de mirarte con esos mismos ojos a ti mismo.
El caso es que mientras buscaba ahí afuera mil parches para tapar mis heridas y llenar el vacío, me di cuenta de que no necesitaba nada que no estuviera en mí… Y me sumergí en un camino lleno de fantasmas que llevaba a mi pasado para ser capaz de vivir el presente. Y saqué tanto dolor acumulado y basura emocional que me sentí desboradada… Aunque aprendí que el mundo sólo puede echarte en cara lo que no eres capaz de decirte a ti mismo… Y que si ya no te callas nada, los gritos cesan y el camino se dibuja a casa paso…
Y escribo esto para que sepas que no pasa nada. Que no hace falta descubrirlo todo hoy. Que puedes estar años sin notar nada y luego dar el gran salto en un mes… Que lo más terrible que descubras es lo que más va a ayudarte a salir del pozo… El campo base para tu ascensión y el paso necesario para llegar a la cima…
Sin ti no hay sueños. Sin amarte no hay nada. No eres menos que nadie… No te encierres cuando no lo soportes, sal y muestra lo que escondes… Eso aprendí yo, que me equivoco tanto, que quise ser faro y me di cuenta de que aspiro a farero y que eso me llena todavía más…
Mientras quería deslumbrar al mundo, encontré mi luz y descubrí que no estaba ahí para recibir amor a cambio de su brillo sino que era el resultado de haberme amado antes... Si no te amas, no brillas. Si nos surcas todos tus miedos y besas tus miserias, no eres pan, ni camino ni sueño. Yo no me amaba porque hace mil años, cuando era niña, decidí que era mejor no ser yo misma porque cuando lo era, el mundo no me respetaba…
Todos somos maestros de nuestros miedos más absurdos, de nuestros tropiezos más salvajes… Podemos contar lo que más nos ha roto y como nos hemos zurcido y recompuesto… Y siempre estamos aprendiendo, de todos… Si supierais cuántos por quererme tirar al suelo me dieron el empujón que necesitaba… Cuántos para aprovecharse de mí me enseñaron a cambio la más hermosa de las lecciones de la vida… Y ellos podrán contar lo mismo de mí, en otra versión, porque seguro que he dado mil golpes mientras intentaba encontrarme y no podía soportar existir sin no parecerme a mí misma…
Y hasta que no ves lo que es en realidad, motivo de gratitud y aprendizaje maravilloso, no eres capaz de abrir la puerta y subir el siguiente peldaño.
Y junto a los que te arañan porque no soportan verse en ti, en tu reflejo, están los que te aman sin pedir… Los hay a puñados, pero a veces no se muestran porque tienen miedo…
En realidad todo esto es un juego. Hay que salir dispuesto a perder para ganar y tener claro que parte del triunfo es la improvisación… Hay que confiar en la vida y en nuestra capacidad para ver las señales y decidir por dónde pisar. Hay que saber ver que tras cada muro que saltar hay un aprendizaje valioso… Y que en e fondo esto va de amar y saber llevar las riendas sin desesperarse… En saber dejarse llevar sin perder el equilibrio y usar el miedo para propulsarse…
Hasta que no dejas de controlar y aceptas tus cartas, no hay magia. Porque mientras te aferras a algo que ni tan siquiera es tuyo, no ves lo que se te escapa…
Mientras me caía me di cuenta, no sé nada, pero cada vez le encuentro más sentido a cada golpe y cada risa y me caigo cada vez con más ganas de levantarme…
La vida es decidirse a intentarlo y asumir que no importa si no sale bien porque en el trance aprendes a amarte tal y como eres…

Esta soy yo. Como tú, como todos… No sabemos nada… Vamos a tientas e intentamos descubrir con qué tropezamos. Cuando creemos encontrar el final, es el principio. Cuando adivinamos la respuesta, nos cambian la pregunta… Cuando nos sentimos satisfechos y nos creemos por encima, un  golpe de humildad nos pone en nuestro sitio… El lado, siempre… Esta soy yo… Maestra en golpearse contra el muro y ser incapaz de ver y ceder, en perder la razón aferrándose a la razón… Maestra en caer y levantarse, en andar en círculo y tropezar, en creerse que ya he llegado al final y darse cuenta de que estoy al principio… Maestra en bucear en mí y casi ahogarme… Maestra en equivocarse y no ver cómo ni por qué… Maestra en este juego absurdo de negarse a uno mismo por cumplir unas normas que nadie recuerda quién inventó. Esta soy yo. Maestra en nada… Aprendiz de todo… Aquí me tienes, aprendiendo a vivir siempre.

A Louise L. Hay un ser humano enorme, una verdadera maestra que se marchó ayer después de aportar luz a millones de personas durante años. Por su capacidad de explicar y transmitir lo que es el amor de verdad, el amor por uno mismo sin el que nada crece ni sobrevive… Porque leyendo sus palabras descubrí que me tenía a mí misma y que mi vida era mía y yo era responsable de cómo la afrontaba… Porque me mostró un camino que yo no sabía ver. Su legado maravilloso es eterno, como ella… Mil gracias por tanto… Hasta siempre. 

No vamos a conseguir todo lo que soñamos y no pasa nada…

No vamos a conseguir todo lo que soñamos y no pasa nada…

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El otro día escribía Elena Arnaiz sobre dejar de decirle a la gente que todo es posible siempre, porque genera mucha frustración… Además es obvio que hay miles de personas que nunca llegan a cumplir sus sueños… La verdad es que yo creo que no hay nada imposible, pero no todo ni todos vamos a conseguirlo y hay que darse cuenta de que no podemos exigirnos sin piedad ni culparnos por no llegar… Al fin y al cabo, lo que realmente importa no es conseguir algo concreto si no llegar a sentir esa emoción que asociamos con ello… Paz. plenitud, felicidad. Y todas esas sensaciones tienen que ver con lo que llevamos dentro,  con la forma en el que nos vemos a nosotros mismos. Lo que hay ahí a fuera es sólo un estímulo que nos muestra un cambio que en realidad se ha gestado en nuestro interior. Con ello no quiero decir que conseguir metas no sea maravilloso, lo es, pero la vida nos enseña que sin conocernos y amarnos, las metas se quedan cortas siempre y el vacío regresa.

El verdadero triunfo es conseguir ese estado de plenitud que deriva de hacer el camino hacia lo que deseamos y ver cómo crecemos sin apegarnos a lo que podremos conseguir. Y será entonces, cuando entre en juego algo que me parece primordial para vivir con sentido y ser feliz, la aceptación… Aceptar es aprender a vivir. Diré más, osaré pensar y creer que aceptar es la única forma de permitir la magia…

Soñamos y eso es necesario, básico… Aunque, tal vez no llegaremos a dónde deseamos y ¿sabes qué? No pasa nada. Nada es para siempre, nada es definitivo, nada es inmutable… Todo cambia si quieres, si eres capaz de comprender que puedes. Si aceptas que no todo va a ser como quieres porque hay mil cosas que no puedes controlar. Porque no todo depende de ti, pero tú sí, tu actitud, tu percepción del mundo, tu interior. 

Porque lo que realmente cuenta es estar bien contigo y evolucionar. Para conseguirlo, hay aprender a gestionar lo que sentimos y asumir que el fracaso forma parte del aprendizaje y que es primordial para tener éxito.

A menudo, no conseguir lo que soñamos es una bendición que no sabemos valorar. La lección que entraña aceptar que de momento no es posible, que no está pasando tal y como desearías, que la vida es incontrolable y que es mejor así es bárbara, inconmensurable… 

¿Significa esto que ya no creo en la magia? ¡No!! Creo siempre… Creo cada vez más y en los milagros, hay miles cada día… Lo podemos contar a puñados… Sin embargo, la vida no nos da lo que queremos sino lo que somos, lo que creemos que somos y pensamos que merecemos, lo que atraemos y, a veces, por más que luchemos por algo y nos dejemos la piel, no pasa. Y no me malinterpretes, no quiero decir que no podamos llegar a todas nuestras metas, pero no siempre tenemos la actitud ni sabemos generar las oportunidades y eso no nos hace culpables de nada… A veces, no conseguimos lo que perseguimos porque antes necesitamos aprender algo que está en ese rodeo que la vida nos obliga a dar… Otras porque desistimos antes de tiempo o porque no confiamos en nosotros mismos.

Porque hay que actuar para llegar,  pero hay que hacerlo con enfoque y con la mentalidad necesaria…

Porque hay que crear el estado de ánimo que te lleva a conseguir y afrontar esos momentos, vaciarse de creencias que te limitan y de las ataduras del pasado… No lo sabemos, pero estamos programados para perder una y otra vez porque no nos creemos ganadores… Y si no somos capaces de detectarlo, estamos dando pasos adelante y pasos atrás al mismo tiempo. Nos saboteamos los planes… 

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Y ¿qué es ganar? ¿a caso la victoria no es crecer y aprender? ¿qué precio le ponemos a crecer, al camino recorrido y sus risas, sus momentos deliciosos, sus pequeños tesoros…?¿Cuántas veces has encontrado un sueño nuevo y maravilloso justo cuando perdías el que estabas buscando? ¿No podemos dejarnos sorprender por otras propuestas que nos trae la vida y que no esperamos?

Si no llegas a la final, pero te lo pasas en grande intentándolo ¿de verdad has perdido? ¿no te sientes ganador? ¿No miras atrás y ves que has podido? ¿Necesitas el podio para sentir que has hecho una gran carrera? Y no te pido con esto que corras para perder y no busques medalla, te digo que valores cada momento y no te quedes amarrado al resultado ni condicionado por el premio… Porque si no, sólo serás feliz y estarás satisfecho si llegas primero. ¿No te das cuenta de que el que corre por el placer de aprender corriendo gana siempre? llegue el primero o el último… Y si además supera su marca y sube al podio, seguro que sabrá gestionar esa grandeza porque nace de humildad de no necesitar nada que la demuestre, de no pretender demostrar nada. Por experiencia sé que a menudo los sueños que perseguimos para demostrar al mundo nuestro valor se vuelven inalcanzables… Y cuando los tocas, saben amargo y se desvanecen o se hacen pequeños porque lo que buscabas no era el sueño en sí mismo, sino la prueba tangible para decirle al mundo que tienes valor, para tapar ese vacío que hay en ti porque te ignoras a ti mismo… 

A veces, no conseguimos lo que deseamos porque para ganar hay que aprender a perder y mucho… Diría más, sólo se gana de verdad cuando no te preocupa el resultado. Si te aferras a él y eres incapaz de ver más allá, tu triunfo es algo pasajero porque no conlleva aprendizaje…

No vamos a conseguir todo lo que soñamos y no pasa nada… Es maravilloso, en realidad. Sin embargo, eso no significa que no vamos a intentar y conseguir mucho. No vamos a dejar de soñar a lo grande, grandísimo, enorme, descomunal… Hasta que la palabra imposible no exista en nuestro vocabulario… Pero sabremos aceptar lo que suceda porque parte del logro del sueño es el recorrido, el cambio de mentalidad que experimentamos andando hacia él. 

Y si no lo consigues, si no llega, dará igual porque ya eres otro y eso te capacita para levantarte al día siguiente y alcanzar algo que no soñabas, pero que también te fascina. Y será más fácil, porque ya eres un experto en aceptar y seguir.

Aceptar tiene magia, la tiene toda. Es el paso previo para conseguirlo todo, la antesala de éxito más rotundo… Ese lugar donde aguardan los ganadores para pasar a recibir el premio. En la aceptación hay un mar de paciencia y una montaña alta, altísima de sabiduría. Es el acto más mágico posible… Porque cuando algo llega nuestras vidas, hay que bucearlo, sondearlo, vivirlo y sentirlo… No huir, no desistir, no arrugarse… Está ahí para desenvolverlo y asumirlo, para ver qué significa y sacarle el sentido y la moraleja, como a los cuentos infantiles… Aceptar cómo eres, lo que implica, cuál de tus miedos saca a la luz, cómo te incomoda… Mirar cómo es tu vida, lo que hay en ella, cambiar tu mirada… Aceptar sin batallar de forma absurda, pero sin resignarse. Asumir que el regalo es tu actitud ante las cosas y no el resultado. Dejar de lado el marcador, la medalla, el premio… Dar las gracias por la adversidad, por la sombra, por el miedo que te paraliza y abrazarlo hasta que desparece o se hace tan pequeño que se esfuma si soplas… Amar al obstáculo porque es un trampolín… Unirse a él, bailar bajo la lluvia y decir sí a lo que más te asusta. Y justo al darse cuenta de que no te importa el resultado porque la actitud es la victoria, dejar que llegue la magia… 

A veces, no conseguimos lo que soñamos porque no aceptamos las etapas previas, porque no nos damos cuenta de que nos equivocamos y no queremos ver que fallamos, que somos vulnerables y que eso en realidad es un regalo.

No vamos a conseguir todo lo que soñamos, pero nos pondremos manos a la obra, que por nosotros no sea, que no nos quede la espina clavada ni pasados los años pensemos que nos quedamos cortos… Y lo haremos sin ansiedad, desde el amor y la paz interior, desde la confianza en nosotros mismos.

No vamos a conseguir todo lo que soñamos porque a veces nuestros sueños son los de otros y los hemos tomado prestados. Han nacido del qué dirán, del querer aparentar y demostrar que somos sin pensar en lo que sentimos. Porque no nos conocemos suficiente como para descubrir qué talento ocultamos y qué podemos aportar al mundo… Porque los hemos escrito a partir de dogmas falsos y prejuicios… Porque los queremos usar para amarnos, porque los vemos como medallas que colgarnos para conseguir un amor que nosotros no nos sabemos dar… Porque no hemos visto qué nos hace distintos y únicos y nos empeñamos en parecernos al vecino… No vamos a conseguir todos nuestros sueños, pero conseguiremos muchas cosas que jamás nos atrevimos a imaginar y que son grandiosas, mágicas… A nosotros mismos. 

Porque hay cosas que no son, que no pasan, porque es necesario que así sea para que nos demos cuenta de muchas otras a las que no prestamos atención… Porque antes tenemos algo que aprender y la vida nos obliga a repetir esa asignatura que se nos resiste. Porque tenemos que entender que hay cosas que no podemos controlar, que casi no podemos controlar nada y que cuando creemos saberlo todo es cuando menos aprendemos en realidad.

A veces cuando sueltas la necesidad de conseguir, te transformas en esa persona que ya es lo que sueñas y todo llega, de repente… Y si no, ¿qué importa? ¿no te has conseguido a ti mismo? ¿no eres a caso una mejor versión de ti?

Es verdad, creamos lo que creemos pero el verdadero sueño es lo que esa creación hace en ti… Si lo imaginas, lo haces posible, pero tienes que ser honesto contigo… Si no comprendemos eso, jamás llegamos a la meta porque es el último empujón que necesitamos. Si no nos damos cuenta de que en realidad la meta es una excusa para crecer, nos apegaremos tanto a ello que nunca podremos alcanzarla.

No vamos a desistir si realmente lo que soñamos nos hace sentir vivos, si nos entusiasma, si va con nuestra esencia, pero aceptaremos lo que sucede porque eso nos permitirá llevar las riendas de nuestras vidas…

No vamos a conseguir todo lo que soñamos, por suerte, porque así nos daremos cuenta de que lo importa es vivir… Porque nos espera algo mucho mejor… Y aceptarlo es hacer magia. Y la magia es la que consigue los imposibles… 

El mundo no te dará nada que tú no seas capaz de darte a ti mismo

El mundo no te dará nada que tú no seas capaz de darte a ti mismo

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Esperamos demasiado de todo y de todos.
Vivimos de la fantasía de cambiar el mundo para que sea como soñamos, como si pudiéramos dibujarlo y luego sentarnos en él a criticar lo que nos duele y nos araña.
Y no es que no esté bien soñar y visualizar lo soñado, al contrario, el problema es que decidimos que el mundo tiene que responder a nuestras expectativas y colmar todas nuestras ilusiones. No queremos aceptar cómo es y gastamos nuestra energía resistiéndonos a reconocer y asumir la realidad.
Vamos por al vida buscando salvadores, príncipes azules, maestros, mentores… Queremos que alguien nos saque del abismo en que nos sentimos metidos… Buscamos fórmulas mágicas y cambios exprés. Queremos encontrar la lámpara y despertar al genio para que nos conceda tres deseos que en el fondo son el mismo… El amor que nosotros no nos damos.
Esperamos que los demás nos solucionen el vacío que hay en nosotros. Nos negamos a ver la realidad y forzamos las situaciones hasta que todo estalla… Les forzamos a ser como no son para satisfacer nuestra falta de cariño… Les queremos usar para calmar nuestro dolor por no amarnos mientras ellos hacen lo mismo con nosotros. 
Cuando nos enamoramos, esperamos que el otro corresponda y colme nuestra vida de felicidad. Le cargamos con esa responsabilidad gigante. Delegamos en él toda nuestra dicha presente y futura y esperamos que soporte el peso de tanta necesidad… Cuando descubrimos nuestro talento, necesitamos que otros nos den oportunidades para brillar, que nos saquen del anonimato y nos aseguren el futuro. 
Por un lado, desconfiamos de todo y de todos y por otro, le damos a los demás el poder de decidir sobre nuestras vidas, el mando que activa el interruptor de nuestro bienestar y nuestra alegría… Y después nos corroe la rabia si no saben usarlo, si deciden no usarlo y salir corriendo porque no aguantan más la presión. Entonces, en lugar de aprender esa lección, la de no volver a poner nuestra felicidad en manos de otro, salimos a la calle a buscar a la siguiente persona a quién darle de nuevo el mando de nuestra vida sin comprender que debemos llevarlo nosotros. 
Esperamos ser salvados por otros cuando las únicas personas que pueden salvarnos somos nosotros mismos.
Si nada esperas, nada pierdes. Y además dejas de buscar donde no hay… Porque no hay nada ahí afuera que pueda satisfacer lo que no sabemos encontrar dentro. Nada en el mundo es capaz de suplir nuestra falta de autoestima.
Y no es porque las personas no sean capaces de lo más hermoso, lo son y es bueno verlas así,  pero no podemos obligarlas a que sean y respondan como nosotros deseamos.
No podemos escribir un guión sobre cómo deben ser con nosotros y luego enfadarnos porque no responden a nuestras expectativas y no se saben el papel… No podemos poner en manos de otros nuestro estado de ánimo y esperar que actúen como soñamos… Y que lo hagan ahora y aquí.
No podemos enfadarnos porque ejerzan su libertad de ser distintos a como hemos planeado y escriban su propia historia…No han nacido para satisfacernos ni nosotros para satisfacerles a ellos. Lo único que podemos hacer para honrarles es amarles tal y como son y aceptar que no cumplan nuestras expectativas. 
No podemos culparles de nuestras miserias, porque eso es privarnos a nosotros del poder de llevar las riendas de nuestras vidas y cambiarlas.
No podemos porque no somos dueños de nadie, sólo de nuestros pensamientos, nuestros actos, nuestras decisiones…
No podemos porque esperar que otro te dé las respuestas es presionarle y manipularle para que se dedique a cumplir tus sueños y no los suyos propios…
Si dejamos de esperar, dejamos de sufrir. Dejamos que la vida nos sorprenda mientras empezamos a actuar para cambiar nuestro mundo. Permitimos que las cosas pasen mientras nos dedicamos a focalizarnos en lo que nosotros queremos…
Porque al final, las personas nos tratan como nosotros nos tratamos. Y cuando alguien es infeliz y espera a que otro haga algo para cambiar eso no se trata bien a sí mismo y en consecuencia no será correspondido… Y si lo es, lo que reciba nunca llenará ese hueco que sólo puede ser llenado por nosotros mismos.  En el fondo, a veces, nos comportamos como zombies que se alimentan de zombies pensando que así podrán volver a la vida.
Nadie puede darte lo que tú no puedes darte a ti mismo. Porque esa es la forma en que la vida te envía el mensaje que necesitas aprender… Ya lo tienes todo, pero está dentro de ti no fuera. 
Las personas que se cruzan con nosotros son las personas que atraemos para entender qué nos pasa y cuál es el camino… Son espejos donde proyectamos nuestras creencias para que podamos entender quiénes somos y qué tenemos que desaprender y borrar de nuestras vidas.
Son la respuesta a nuestros miedos y llevan en sus mochilas los regalos que nuestros fantasmas les dieron para nosotros…
Les atraemos hacia nuestra vida para comprender lo que somos y qué necesitamos para crecer. De forma inconsciente, se acercan para no darnos lo que pedimos que nos den si eso supone negarnos… Para que sepamos que lo que suplicamos está en nosotros si somos capaces de cambiar la forma en que miramos al mundo…
Si les vemos como salvavidas, dejarán que nos ahoguemos para que nos demos cuenta de que sabemos nadar.
Si les pedimos amor para tapar el vacío que tenemos, nos arañan para que sepamos que el amor que buscamos ya es nuestro y el boquete que tenemos en el corazón sólo se tapa con autoestima.
Cuando esperas que otros te reconozcan méritos y te den medallas para asumir tu valor, ellos te ignoran y te rebajan para que de una vez por todas te quede claro que ya no necesitas demostrar nada.
El mundo no te acepta si no te aceptas. Sólo cuando dejas de pedirle permiso para ser tú y necesitar su aprobación, se da cuenta de que estás y te responde de la misma forma. El mundo no va a darte lo que esperas si no eres capaz de dártelo tú primero… 
Si te amas, encuentras personas que te respetan.
La única forma de conseguir respeto es respetándonos. Si no esperas ni coartas, recibes lo que sueñas.
Esperamos mucho de todo y de todos. Buscamos mar en el cielo y cielo en la tierra. Queremos ver con los oídos y besar con las manos…
Repetimos errores porque no somos capaces todavía de decirnos a la cara que las verdades más duras y necesarias, las que curan las heridas de golpe sólo con ser dichas e imaginadas, las que cortan lazos insanos y tienden manos a otras manos necesitadas…
Estamos cansados porque vivimos contra viento y trepamos los muros que nosotros construimos para alejarnos de lo que deseamos como castigo por una culpa inventada que decidimos cargar para ser perdonados por no parecer lo que esperamos…
Tapamos los agujeros que tenemos en el alma con parches que se caen y despegan continuamente porque en realidad el único pegamento somos nosotros.
Buscamos un consuelo que solo nosotros podemos darnos y hacemos preguntas cuyas respuestas sólo nosotros sabemos.
Encontramos enemigos fuera porque salimos a la calle a buscar una venganza que calme nuestra sed de amor y topamos con otras almas rotas que buscan dolor para expiar un tormento que ellas mismas se han impuesto…
¿Por qué no intentamos mirar a los demás con la compasión que merecen y vemos que en realidad están tan perdidos como nosotros?
El mundo no es como deseamos que sea. No podemos esperar siempre a que todo suceda pero no podemos forzar la máquina de la vida para que todo pase cuando queremos porque siempre conseguimos el efecto contrario… Más aún cuando lo que provocamos forma parte de un plan cuyo fin es tapar con un parche lo que solo se cura comprendiendo y aceptando. La única forma de incidir en él es amarlo, cambiar la forma en que lo miramos y ser capaces de ver lo hermoso. Sin esperar a que nos salve o nos dé la razón, sin desear que se adapte a nuestros deseos… Aceptando cómo es y entendiendo que lo más trágico que hay en él también es lo más trágico que hay en nosotros…
Y cuando entendemos eso, todo el amor con que vemos al mundo hace que cambie, todo lo que podemos aportar a él surte efecto, aunque sea pequeño, aunque no se note… A veces lo diminuto genera una espiral de cambios que que perturba lo que parecía imperturbable… El cambio en la forma de actuar de una abeja afecta a una colmena…
Si conseguimos cambiar nuestra actitud y actuar en consecuencia podemos conseguir lo que parecía imposible… Si somos coherencia, contagiaremos al mundo de coherencia…
Y así dejamos de esperar y nos ponemos a ser, a sentir, a vivir con las consecuencias de nuestra nueva forma de ver la vida, a latir con el mundo y ser el mundo, en lugar de quedarnos sentados juzgando lo terrible que es… En vez de lamentarnos por lo atroz que encontramos, seremos capaces de cambiarlo si antes nos transformamos a nosotros… El mundo que te rodea es un reflejo de tu mundo interior… Lo que ves en él es lo que no eres capaz de ver en ti, lo que ocultas, lo que intentas no sacar a la luz porque te avergüenza… Con las personas que se cruzan en nuestras vidas sucede lo mismo. Están ahí para que reconozcamos en ellos lo que no somos capaces de ver en nosotros y afrontemos de una vez por todas que nuestra oscuridad salga a la luz y podamos abrazarla para reconocernos por entero y amarnos de verdad.
El mundo no va a cambiar porque no nos guste. Es así de duro porque tiene muchas lecciones para darnos… La primera de ellas, que somos nosotros quiénes tenemos que dar el primer paso y poner nuestro ejemplo a su disposición.
El mundo no va a cambiar, sólo cambiarás tú, si quieres… Y ese movimiento pondrá en marcha un mecanismo maravilloso e impredecible que puede darle la vuelta a todo. A veces, la vida no es como esperamos, es incluso mejor si permitimos que fluya  a través de nosotros y tomamos las riendas… 
 
Ya basta…

Ya basta…

Nos preocupa tanto demostrar que ya no somos, parecemos.

Nos exponemos de forma tan calculada al mundo que perdemos la magia y la esencia… Estamos pendientes de si los demás nos cuestionan o de si nos dejan en ridículo que nos concentramos poco en nosotros… Y luego culpamos al mundo por no llegar, cuando en realidad es responsabilidad nuestra por buscar fuera lo que está dentro. Por esperar que nos aprueben y nos acepten cuando antes ni siquiera nos hemos aceptado y aprobado nosotros. 

Mientras te preocupas por aparentar no eres tú y eso te hace perder combustible, perder comba, delegar tu éxito en otros y dejar en manos de la suerte lo que en realidad es fruto de un trabajo… Nos bloqueamos a nosotros mismos porque estamos esperando a ser una versión más aceptable para darnos a conocer, cuando en realidad ya somos nuestra mejor versión esperando ocupar su lugar…

Mientras no eres tú mismo, perdido en parecer e ir dando zascas a los que te inoportunan, pierdes un tiempo valioso para crecer y aprender.

En realidad todo depende de ti y de tu confianza… Sin embargo, nos desalienta tanto no parecernos al molde que otros en su afán de ser mediocres han creado que nos rebajamos para encajar en él.

Nos recortamos las alas para no volar tan alto y no hacer sombra…

Nos apaciguamos el entusiasmo para luego no sufrir decepciones…

Nos achicamos los sueños porque primero nos hemos achicado a nosotros mismos… Y todas esas restricciones están en nuestra mente.

Ya basta de pensar que no merecemos. Basta de sentirnos indignos y de creer que para llegar hay que sufrir y alejarnos de la felicidad porque tenemos esa sensación heredada de que si tenemos un momento dulce, un dios vengativo nos va a castigar…

No hay castigos, ni culpas… Las inventamos  porque no vemos nuestra grandeza. No necesitamos nada de todo eso, sólo soltar y seguir andando. Sólo hay miedo a ser uno mismo y no parecerse el resto del mundo… Por eso, nos imaginamos pequeños y vivimos en una vida de casa de muñecas…

Nos creemos indignos de amor y en consecuencia la vida nos acerca amores diminutos para que nos quede claro que no son los amores que merecemos, para que aprendamos a querernos, para que descubramos que nuestro valor es incalculable y no depende de lo que piensen y opinen los demás…

Nos sentimos culpables por no ser como son otros y nos castigamos cada día cerrándonos puertas y gastándonos las bromas más pesadas… Nos apartamos de lo bueno que nos depara la vida porque no lo aceptamos, porque no permitimos que llegue… 

Ya basta de creer que otros sí y nosotros no. Estamos hecho de la misma sustancia maravillosa… Somos polvo de estrellas reciclado para brillar y apagamos nuestro brillo buscando excusas para no mostrarnos y viendo el horror antes que la belleza.

Basta de firmar en la casilla equivocada y aceptar pertenecer a una casta inferior y desheredada… Todos podemos salir del laberinto porque nosotros creamos el laberinto para entretenernos y alejarnos de lo que amamos cuando nos sentíamos diminutos y culpables… Ahora ya sabemos que merecemos lo mejor y podemos permitirnos abrir los brazos para que llegue…

Basta de no permitirnos subir al tren y besar el destino que deseamos.

Basta de sobrellevar angustias cuando nos toca vivir a rienda suelta.

Aunque suponga decidir y tomar caminos oscuros… Aunque tengamos que elegir no tomar frutas amargas para desayunar como es costumbre en nosotros y decidir arriesgarnos a probar otro menú… A veces, nos acostumbramos a lo amargo y cuando somos libres, nos cuesta soltarlo… 

Devoramos tanto dolor por rutina, por no cambiar ni confiar… Tragamos angustia como una medicina necesaria para expiar culpas y redimir pecados que no existen…

Pensamos que debemos pagar cara la osadía de imaginar que todo puede ser maravilloso para nosotros… Que la felicidad tiene un precio… Creemos que si nos preocupamos, estamos pagando el peaje para que todo salga bien ¿verdad? Y luego resulta que esto va al revés… Macabra ironía de la vida… El único precio a pagar por vivir como deseas es el compromiso contigo mismo… Tomar decisiones y atreverse, asumir la incomodidad de ser tú cuando el resto del mundo te pide que desistas. 

A veces, sufrimos ahora por no sufrir después… Y luego llegamos al después y descubrimos que era un lecho de rosas, pero no podemos disfrutarlo porque acumulamos tanto dolor y desánimo por el sufrimiento acumulado que tenemos el alma hecha jirones y la mente loca de buscar salidas que nosotros mismos nos bloqueamos…

Esa es la palabra, bloqueo. Nos bloqueamos lo hermoso porque nos sentimos horribles, feos, sucios… Nos bloqueamos el éxito porque olvidamos nuestro valor, nuestra capacidad de aportar y servir a otros a descubrir su valor…

Bloqueamos la felicidad por si llega y luego se va y el trance es tan amargo que no conseguimos volver a quedar dormidos y anestesiados y vivir de nuevo este sucedáneo de vida en el que estamos inmersos donde nada es de verdad pero no te tienta la esperanza…

Bloqueamos la vida por si nos gusta tanto que nos acostumbramos a ella y luego no sabemos vivirla desde la mediocridad en la que nos hemos sumergido. Lo hacemos para no sufrir demasiado cuando se acabe “lo bueno” mientras sufrimos de forma controlada por no ser nosotros mismos y volar tan alto como nos apetecería…

Ya basta de quedarse a un palmo de la gloria por si molesta a otros que no tienen previsto moverse.

Ya basta de no levantar la mano y decir aquí estoy por si te miran y piensan ¿Tú, de verdad?.

Basta ya de aceptar chantajes de los que no se atreven para que no te atrevas y abandones esta especie de cueva en la que vivimos a tientas y tragamos lo que toca sin rechistar…

Basta de buscas excusas y delegar responsabilidades para no tener que hacer lo incómodo, lo complicado, lo que hemos dejado pendiente para el día en que decidamos vivir.

Basta de pensar que dependemos de otros, que no hay más remedio, que no está hecho para nosotros, que nos viene grande, que nos queda lejos, que es complicado, que cuando lleguemos no habrá…

Basta de no amarnos suficiente y esperar que otros vean en nosotros lo que nosotros no somos capaces de ver… El amor es el principio de todo. La primera piedra de tu gran fortaleza.

El cielo no son esas nubes negras que nos acechan, es lo que está detrás cuando conseguimos apartarlas… Nosotros dibujamos las nubes negras cuando nos negamos a nosotros mismos y dejamos de confiar en nuestro potencial. Ya basta de ignorarlas y reprimirlas, de mirar al otro lado pensando que marcharán sin que reflexionemos sobre ellas y sintamos qué significan. 

No existe el problema. Lo hemos creado nosotros porque pensamos y sentimos que merecemos un problema, porque estamos convencidos de que no llegaremos… Nosotros construimos el muro que nos separa de lo que soñamos a base de imaginarlo, de creer que existe, de sentirnos separados de lo que deseamos y no confiar en lo que realmente somos… La verdad es que tú eres tu sueño y tu peor pesadilla, la persona que construye la jaula en la que te sientes preso y la que tiene la llave para abrirla y la capacidad de borrarla… Quién se dice que no y cierra la puerta.

Eres el muro que te separa de la vida que sueñas. Asume tu poder para cambiarlo.

El único obstáculo somos nosotros mismos siempre. Lo ponemos ahí para aprender algo justo antes de saltarlo y hacernos aún más enormes… Cuando apartemos nuestras dudas, el camino se abrirá. Cuando dejemos de imaginar que está lejos, nos daremos cuenta de que está muy cerca.

Y a las nubes negras hay que mirarlas de frente y abrazarlas, comprenderlas, saber su por qué y descubrir cómo atravesarlas… Son el regalo, la adversidad a superar, el aprendizaje que nos catapultará de forma inevitable a esa vida que deseamos vivir.