Voy a escribir sobre belleza

 

Voy a escribir sobre belleza. Me lo pidió un compañero de historias imposibles, un loco que se deleita como yo con las palabras y le da la vuelta a las cosas complicadas para convertirlas en sencillas. Al final, lo sencillo es lo más hermoso. Y la belleza es omnívora, omnipotente, omnipresente… Ineludible, inabarcable, atrevida, indiscreta, insensata…

Adoro la belleza, le dije. Siempre la busco y siempre la encuentro. Tengo esa suerte, la verdad. A veces es una pátina que está en todo, que lo cubre todo, que lo transforma todo. No siempre se ve, pero está. En ocasiones puedes contemplar algo durante siglos y no verla. Entonces, de repente, te distraes con otra cosa un segundo, y al volver a posar la vista la descubres. Estaba allí, era tan evidente que su obvia presencia casi ofende tu inteligencia. Aunque la belleza no es sólo para inteligentes o al menos no para los que todo lo saben. Es para los que todo lo buscan y lo notan. Es más para insatisfechos que se derriten por las migajas que para colmados de satisfacciones. No es para los que aman sin quitarse la ropa, ni para los que se ponen guantes para tocar. A veces hay que escarbar y arañar una superficie gruesa para encontrarla o dejar que llueva mucho para que el vaho la dibuje en los cristales. La belleza se oculta a la vista de los que intentan cogerla y poseerla, los que quieren quedársela para mirarla sin vivirla y se convierte en el maná de los que la comparten. Se esconde ante las pupilas avariciosas y se desnuda ante las miradas hambrientas de alegrías, de aventuras, de cariño… Los ojos de los que quieren encontrar y mostrar al mundo un destino distinto. Aquellos que osan cambiar las normas y están tocados por la imprudencia. La belleza ama a los irreverentes y los que no tienen miedo de mostrar sus rarezas a un mundo que no siempre las comprende.

La belleza no es para sabios ni para ignorantes, es para desesperados por conocer y saber. Para deseosos de encontrar la forma de contar que hay más que el pan, el dolor y la rabia acumulados en nuestras entrañas. Es para los que miran un puente y ven un acuerdo. Para los que miran una casa y ven una familia… Los que prefieren pasarse a quedarse a medias. Los que no se calman cuando llegan al final y enseguida buscan otro reto. Los que no esperan casi nada.

Amo la belleza. La busco y la encuentro a menudo en una palabra imprudente pero necesaria. En un silencio que cuenta una historia desesperada. En el eco de una soledad tan áspera que al encogerte en un rincón notas como el alma se te astilla pero busca remedio… El sonido insistente de una gota que cae sobre el agua cóncava a punto de rebosar… Una puerta que se cierra y te obliga a imaginar.

A veces la belleza es tan intensa que nos golpea la cara con su esplendor y nos deja tan atónitos que no la reconocemos. La confundimos con cualquiera de los malabarismos que nos hace la vista cuando nos dejamos llevar por reglas absurdas que nos dicen lo que es hermoso y lo que no. Otras veces, está disfrazada de angustia, de miedo, de pájaro mojado por la lluvia o de maleta vacía esperando llenarse.

La belleza real, la que a menudo no vemos porque no nos contemplamos con los ojos de la conciencia, está incrustada en los parques infantiles y mira a los niños a la cara cada día. Está en las estaciones de tren y dice adiós con la mano. Se lleva prendida al cordón umbilical y se te ata a los zapatos cuando pisas la hierba. Se te cosió a la falda una tarde cuando fuiste capaz de pedir perdón y se te pegó al pecho el primer día que amaste y supiste que no lo podías remediar. Está en los labios del amigo que te da aliento, en el abrazo delicioso de tu hija maravillosa, en la mesita de noche donde tienes ese libro a medias que cuenta tu historia sin que lo sepa nadie, a veces ni siquiera tú. Hay personas que la llevan impregnada por todas partes y no lo saben. La desprenden cada vez que se te acercan y encuentran la palabra que necesitas escuchar o te preguntan qué te pasa. La tienen los que bailan, los que ríen, los que sueñan con decirte que te quieren y nunca se atreven porque piensan que tú no sientes nada. Está en un grano de arena y en la torre más alta que rasga el cielo si en ella hay alguien que sueña y mira hacia abajo imaginando que vuela.

Aunque la belleza más ignorada siempre es la propia. La que está metida en cada una de tus espinas y escamas. La que te come el alma a bocados si no la sueltas. La que escondes tras unas gafas o un gesto adusto. La que no puedes ver porque estás ocupado buscándola en otros rostros que parecen perfectos pero que están deshabitados. La belleza propia es tímida, remolona. A veces llama a la puerta de tu conciencia y te pide que la saques a caminar, que la muestres al mundo, que la reconozcas. Tiene un tacto rugoso pero agradable. Huele a tierra, a mañana imperfecta, a café con espuma, a salitre de marea baja y flor común de tallo grueso. Una de esas de color amarillo que los niños le dan a mamá para que se la prenda entre la oreja y el pelo. Esa belleza que sabe a beso largamente esperado, a galleta, a uva de fin de año y al vino de la cena de una noche perfecta… Y tiene la cara que sueñas tener, si te amaras como debes, si te disculpas las faltas y te contemplas con los ojos del tiempo.

Aunque no la veamos no importa, ahí sigue. La belleza de verdad te busca a ti, siempre se hace más grande con el tiempo, aumenta de tamaño y se desparrama. Invade tu espacio y lo toca todo hasta que se te hace imposible no encontrarla…

Y un día cualquiera, vuelves la vista y topas con ella y ves que es enorme y es tan grande que te abraza.

Está en lo más diminuto y en lo más rotundo. En lo más absurdo y lo más importante. Es un pedazo de pan, un trozo de mar que recorta el horizonte, una tela de araña, una voz que te canta para que duermas o una guitarra que suena en la memoria. Es un recuerdo al que aferrarse, una tarde ante un café y un mensaje de alguien que te recuerda que puedes cambiar el mundo si hoy estás con ganas.

Dedicado a Alberto Busquets y Paz Robledo, belleza en estado puro y sin filtros… ¡Gracias! 

 

Lo tengo todo

Lo tengo todo

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Sé que no soy fácil. Nadie que haya topado consigo mismo mil veces y se haya atrevido a mirar en el fondo de su alma lo es. No es fácil pasarse la vida intentado no existir a medias y aguantar las miradas de muchos que se conforman con pasar el rato y poner buena cara en la foto de su historia. Yo no soy de poner caras, mejor me hubiera ido… Soy de miradas intensas y palabras a veces crudas, a veces dulces. De saber dónde y por qué y tener claro con quién. Y eso no se cambia si no es por un cataclismo. El cariño no se vende ni se compra. Sencillamente se da y se gana. Como el respecto y la confianza.

A veces insisto mucho en todo, lo sé. Soy cansina con lo que me importa. Tengo el don de la impertinencia y me obsesiono fácilmente. Soy de salir por las puertas y entrar por las ventanas. De que me propongan una locura y de inmediato no pueda evitar imaginarla como algo posible y pensar en la cara pondrán aquellos que no esperan nada de mí. Me gusta escandalizar y remover conciencias. Soy sencilla, pero nunca básica. Me complico la vida y pienso en exceso para llegar al final a la misma conclusión que si hubiera hecho caso de mi intuición al primer impulso. Puedo acostarme sin pan, pero no sin esperanza. Puedo equivocarme pero necesito creer que soy capaz de pegar lo roto y coser lo arrancado. Mi pegamento son las palabras… Aunque no las tengo todas ni sé mucho de nada. Olisqueo de todo y cuando algo me gusta apuro las migajas. A veces poco es mucho y mucho es nada si no sabes apreciarlo.

Todo me parece curioso. Hay mil historias que contar y mil lugares que no he pisado nunca mas que con mis ganas. Lo imagino todo. Lo apuro todo. Eso me calma… Antes era de quedarme corta. Ahora soy de pasarme de largo. No soportaría que me quedara nada por conocer o probar. Saber que si no llego, no será por mí. Eso apacigua mi conciencia. Saber que lo intenté hasta el final. Mejor quedarse en la puerta de la gloria que no atreverse a iniciar el camino nunca. No soporto la palabra “nunca”. Me ha sentir pequeña y frágil, me hace pensar que todo está escrito y yo soy de cambiar el guión cada día. Andando se aprende, soñando también. Se aprende incluso cuando no se quiere aprender…

Soy a veces como una selva, lo admito. Bastante oscura y enmarañada. Aunque no tengo mucho secreto ni misterio. Se me conduce con mimo y se me tiene con sólo dedicarme unos minutos. Si me dan uno, devuelvo cien. No cuento los favores ni mido ni peso sentimientos… Quién me quiere, me gana. Y quién me tiene, sabe que si me cuida lo nuestro apuede ser eterno. 

En el fondo, no busco nada que se toque, pero quiero tocarlo. No busco nada que se vea con los ojos, pero quiero mirarlo, degustarlo, vivirlo… Quiero que exista y que su existencia le de la vuelta a todo. Que me deje del revés y me zarandee las entrañas dormidas. Por si se me ocurre ceder al cansancio y contagiarme de esas caras agrias que a veces me rondan buscando anidar en mis neuronas hiperactivas per agotadas. 

Sé que asusto, a veces. Que me meto en mundos que no son gratos. Que me hago preguntas que molestan y que estar a mi lado es contagiarse con ello y puede resultar doloroso. Algunas verdades nos abren más en canal que las dagas más afiladas. Algunas mentiras ocultan falsas piedades. A menudo subsistimos porque retrasamos el momento de decirnos a la cara lo que ya sabemos pero no queremos admitir. Aunque es sólo subsistencia, no vida…

Sé que mucho de lo que me pregunto no tiene respuesta, pero no me importa… Eso asusta más todavía ¿verdad? que no esté en esto tanto por el resultado como por el propio juego. No me conformo con poco, lo busco todo pero quiero aprender a sentir abundancia con lo mínimo. Y así siempre seré rica e inmensamente afortunada.

Deseo mucho. Sueño sin medida. A veces duele, a veces consuela. En alguna ocasión si me hubiera quedado sin sueños hubiera dejado de existir. Hubiera cambiado de forma. Hay veces en las que se tiene que echar mano de la imaginación para burlar realidades muy sórdidas. Lo importante es ser consciente y distinguir cuando deliras. Saber si te agarras a una cuerda imaginaria para no caer y si los que te acompañan son de fiar. En eso, soy partidaria siempre de pensar que sí, que no van a darme la espalda i que puedo fiarme de las personas aunque luego tenga que curarme heridas. A veces cuando alguien a quien adoras te falla, hay que pasar un tiempo viviendo casi sin recordar. Caminar sin sentir demasiado y subsistir hasta poder poco a poco dejar un rincón a la fantasía. Ser superfluos y acariciar lo básico. Ser básicos y creer que todo es superfluo.

Sé que soy directa, demasiado. Lo sé. Los rodeos sin sentido me aturden. Soy impaciente, aunque no me importa esperar cien años o dar mil vueltas, pero necesito saber qué van a algún lugar y que tienen un por qué. Soy tanto de forma como de contenido. Creo que sin envoltorio no hay caramelo, que sin cómo no hay qué y que a veces hay que empezar por la risa y luego contar la anécdota porque las risas ahuyentan las penas… Que hay que bailar sola y salir a la pista antes de encontrar pareja de baile porque la inercia hace que las cosas pasen y la intención es un arma poderosa. Sé que hay que romper la cáscara sin saber qué te espera en la vida y hay que saltar si realmente crees que hay fondo aunque mil voces digan que no. Y con el tiempo, me he dado cuenta de que llevar la contraria es bueno, saludable, necesario, pero hay que hacerlo con sentido y conciencia porque si no puedes pasar de rebelde a estúpido y de auténtico a superficial.

Tengo la sensación de que a menudo perdemos grandes pedazos de vida buscando unas respuestas que ya sabemos pero que no nos atrevemos a decir en voz alta. Y vemos en los demás todas esas odiosas manías que nosotros también tenemos. Les criticamos para vaciar nuestras frustraciones. Nos engañamos. Siempre esperamos a mañana para cambiar y ser felices. La felicidad asusta y mucho. Hay que cazarla al vuelo y eso requiere maña más que fuerza. Porque no sabemos qué nos hace felices realmente. Porque la respuesta a esa pregunta podría conllevar cambiar de vida. Porque tenemos miedo a encontrar esa felicidad y perderla y no poder soportarlo. Porque ser infeliz es una buena excusa para dejar de hacer muchas cosas.

A veces soy demasiado contundente y me pierde la necesidad de encontrar aquello que me impulse a seguir a pesar de las decepciones. Aquello que me dé el aliento para levantarme a pesar de recibir como todos algunos golpes y creer por momentos que no podré superarlo. La fuerza, la intención, el deseo, la cara de las personas a las que amas que te piden que no abandones, la locura pendiente, la locura que no deseaste cometer. Lo hecho y lo que aún necesitas hacer y todo lo que has aprendido equivocándote y acertando. Cada sacudida, cada esquina, cada carcajada, cada lágrima que cargas a tu espalda. Lo que te ha construído y lo que casi te destruye. Lo que te conmueve y lo que te repugna. Lo justo y lo injusto. Lo que te deja frío y lo que te calienta la sangre. Tú… Todo eso que hace que tomes empuje y no te despeñes por un barranco imaginario. Y cuando cierro los ojos y sé que ya lo tengo. Todos lo tenemos. Todo lo que necesito lo llevo dentro. Es mi equipaje, mis fracasos, mis recuerdos, mis ganas gigantes de todo…  Lástima que no siempre lo veo. Lástima que no siempre lo recuerdo. Suerte que en momentos como éste me doy cuenta de que está ahí y de que lo tengo todo.

Sin pedir permiso

Vuelta a empezar. Otro año. Otra oportunidad de sacudirse las penas de encima y construir algo nuevo. Algo nuestro, algo hermoso. Poner el contador de angustias a cero y dejar atrás el lastre de todo lo que no salió bien. Que todo lo que no acertamos quede asumido y guardado en la memoria para saber cómo no se hacen las cosas. Pensar que nuestros fracasos han sido necesarios y valiosos. Concentrarnos en el camino que se abre ante nosotros, con sus incógnitas, sus recovecos, sus sorpresas. Pensar que nos espera algo maravilloso. Algo que puede estar escondido tras un episodio de aparente rutina o en la medianoche del que crees es el peor día de tu vida. Los momentos son a menudo como las hojas, tienen reverso… Cuando la cosa se pone fea, tienes que intentar darle la vuelta al lado rugoso y buscar el lado brillante, el lado suave y sin espinas.

Haremos buenos propósitos. Caemos en ello todos. A veces, más por la necesidad de soñar que de conseguir. Por tener metas que nos ayuden a poner el pie en la calle y aguantar sonrisas falsas y zapatos prietos. Para tener un refugio, un plan b ante la nube gris que se cierne sobre nuestras cabezas… Por pensar que un día tendremos el valor de salir de nosotros mismos y existir sin pedir permiso ni perdón. Sin excusarnos por nuestras rarezas.

Seguramente, pasaremos unos días con la mirada brillante, cambiada, intensa. Habremos hecho balance y apuntado en nuestra cabeza algunos retos para este año. Cuánto correr, qué comer, qué dejar, qué asumir, qué empezar, qué terminar, qué pensar, qué o a quién olvidar… Nos pondremos un montón de normas que creemos que nos van a mejorar la vida y empezaremos a andar, con ganas, con ilusión, con la emoción del niño que abre la libreta nueva y la encuentra inmaculada. Ya lo sabemos, en pocos días, estará llena de enmiendas y frases tachadas. El brillo se que nos esculpía la mirada se esfumará por las esquinas…

Descubriremos que tal vez tanto correr… Sin apenas pensar, con tanto que asumir, tanto que borrar… Ese amasijo de propuestas del “ nuevo yo” podría asfixiarnos. Y la nube gris no marcha. Continua sobre nuestras sienes marcando territorio. A veces nosotros mismos nos metemos en sendas insufribles porque no soportamos como somos ni el rumbo que toma nuestra vida.

Queremos ser otros porque no nos aceptamos. Queremos mirarnos al espejo y no ser quienes éramos para poder tener una vida distinta a la que teníamos. Y en lugar de cambiar nuestra forma de ver la vida, nuestra actitud, pretendemos cambiar el sólo paisaje… Cambiar el entorno ayuda, pero la vuelta y media que necesita nuestra existencia se da sólo desde el interior. Porque en realidad el cambio no está en lo que miras sino en cómo lo ves, cómo lo observas, cómo lo almacenas en tu conciencia y lo sientes. Sin embargo, queremos seguir siendo los mismos sin mutar en nada y maquillamos nuestra vida para que parezca otra. Ser otros, con otras caras que no nos recuerden a nosotros pero caer en las mismas rutinas. Queremos otra vida sin dejar la comodidad de ésta, sin arriesgar nada, sin ceder. Queremos ser felices sin levantarnos del sofá para abrir la puerta. Pretendemos tener un pie en cada uno de los mundos por si la nueva aventura no sale bien. Y la aventura nunca sale bien con un pie en el pasado y sin soltar amarras. Queremos dibujar una nueva historia con los pensamientos de la pasada y el dibujo nos sale limitado, torpe, gastado. Seguimos con nuestras emociones antiguas y queremos vivir experiencias nuevas que no nos llenan, porque no salen de nosotros mismos. Porque no las hacemos con nuestra esencia y necesidad, sino con la conciencia de otros. Tomanos emociones prestadas de otras personas porque nos gusta la cara que ponen cuando ellos las viven. Y no nos preguntamos qué nos apetece hacer a nosotros. Vivimos en una galería, en un escaparate donde vendemos una imagen de nosotros que es ficticia y que al final nos resulta asqueante.

Nos forzamos a hacer cosas que no nos hacen sentir bien, en lugar de hurgar en nuestras cabezas, corazones y entrañas para saber qué desean y qué buscan… Y escuchar. Y que digan lo que quieren, aunque sea loco, aunque suponga dar un giro a tu propio globo terráqueo, un vuelco a tu vida planificada… Ese es el cambio. Eres tú. Cambiar de verdad es en realidad ser más tú que nunca. Escucharte. Encontrarte y ser tú con todas sus consecuencias.

Si quieres que te sucedan cosas que no te suceden habitualmente, tienes que hacer cosas que no haces habitualmente. Cosas que de verdad te recuerdan que estás vivo. Nunca nada que te ate o te ponga un corsé que estrangule tus deseos y tus ganas. No para ser lo que quedaría bien que fueras, sino para ser lo que nunca te has atrevido ser, pero te mueres de ganas de intentar.

Y tal vez, en lugar de correr prefieras caminar o bailar o dejarlo todo y acabar en el otro lado de mundo. Puede que en lugar de restringir, lo que te toque sea abrir. En lugar de dejar de pensar, ocupar la mente en algo nuevo. Quizás debas permitir que tus ojos den una vuelta más y se detengan donde nunca lo hacen y encuentren más belleza de la que puedas imaginar.

Y una vez sepas lo que te llena, lo que te define, estará bien esforzarse porque tendrás tu recompensa. No será una recompensa que llegue al final del camino, sino la de cada uno de los pasos que lo conforman porque harás lo que te gusta, porque gozarás cada momento.

Ahora que cambia el calendario, es el tiempo para ser tú mismo, no una mala copia de alguien que un día pensaste que estaría bien imitar. Sondea tus sueños, acalla tus miedos y alivia tus ansias siendo quién sueñas. No tomes prestado el manual de funcionamiento de otros para ser tú. No te confundas con el atrezzo porque tú eres el protagonista. Con nube o sin nube. Sea gris o blanca.

Y cuando te contemples en el espejo, no pretendas ver otros ojos que no sean los tuyos, busca sencillamente otra mirada… Una mirada intensa que te cale y te sorprenda. Una mirada auténtica, sin complejos ni vergüenzas absurdos. Sin aderezos ajenos ni límites. La mirada de alguien que ha encontrado lo que busca y se siente bien en su piel. La mirada de alguien que se hartó de ser sólo la sombra de lo que podía llegar a ser y de tocar sólo el reverso rugoso de las hojas. Sin pedir permiso a nadie.

Esta noche

Loca, a menudo. Casi exiliada de la risa, esta noche. Con la esperanza cosida a la falda y la cara de satisfacción puesta por si llega la suerte, que no pase de largo. Que la encuentre hermosa y dispuesta. Siempre dispuesta. Ya no puede perder un segundo. La vida se acelera, los goces pasan de largo, si no tienes las pupilas alerta y las orejas puestas para ver y oír pasar los trenes. Para no perderse un minuto de nada y devorar cada palmo del camino. Aunque duela, a veces.

Revuelta como las charcas. Ansiosa. Harta de imaginar finales felices y de que, de momento, todo sean interludios amargos y eternos. Zarandeada. Amarga de golpe pero deliciosa a pequeños sorbos. Sin ser capaz de dosificarse las fantasías. Sobreviviendo a golpe de ilusión y sujetándose en la barandilla, para no saltar.

Buscando una copia de todo y un original de la copia. Por si luego hace falta. Siempre está deseando con ganas omnívoras encontrar algo auténtico. Algo a lo que aferrarse y no soltar hasta que se le pase la soledad y le hayan cambiado las facciones y al mirarse se de cuenta de que ya es otra. Que puede dejar que se vaya su presa porque ya no le importa.

Cansada y hambrienta de guasa. Ida, muy ida de ella misma cuando imagina. Muy alejada porque se evade de todo y se calma. Extenuada de contenerse y mirar a ambos lados pensando si lo que sueña es bueno o malo, si debe o no debe… Si sale de caza o se queda mirando desde el otro lado a las fieras. Algunas fieras tienen mandíbulas afiladas. Otras, un pelaje suave que invita a la caricia.

Impaciente y ávida de placer y cariño. 

Camina dando vueltas. Buscando no encontrarse, verse la cola y saber que no es una gata. Dejar el tejado y arañarle la cara a la luna para meterse en la cama. Saborear las sábanas hasta la madrugada. Bailar hasta apagar todas la velas… Apagar todas las luces a ritmo de suspiro. Caminar sobre terciopelo oscuro y fundirse hasta cambiar de materia.  Desde el tejado la vista es hermosa y la tentación es bárbara. No hay más noche que esta noche y ella lo sabe y ya no lo aguanta.

Tendente al llanto cuando no está satisfecha. Menuda y frágil. Con tacto de arena. Piel pálida y caliente. Con el corazón de fósforo y el pecho de lata. De risa metálica y boca arisca. Profundamente justa, hasta la injusticia. Encerrada en una jaula por piadosa. Irónica. Maniática. Obsesiva hasta rozar la demencia. Con la conciencia intacta.

Con un ojo que mira a través de una ventana, pendiente de las miradas de otros. Con el otro, consumiendo siempre palabras.

Despierta. Atormentada. Con ese gesto de niña y un lamento de anciana perdida. Como las bestias… Sin capacidad para la hipocresía y una habilidad extraña para soportarla. 

Sin más miedo que el miedo a no atreverse. A quedarse en la puerta y pasarse la vida mirando a través de la cerradura todo lo que pasa.

Más rebelde que nunca. Más polémica. Más ácida. Más ridícula.

Más histérica. Más lista, pero más ilusa. Más ligera y más harta de todo. Con la necesidad insaciable de justificarse por todo para quedar siempre frustrada. Con una excusa en la boca y un abrazo pendiente.

Ella es más de lo mismo, siempre, pero con ganas de no repetir en nada. 

Al final, ha aprendido a no esconderse. Mirar al frente y seguir caminando. Aunque el estómago se le encoja y le silben los oídos. Aunque el aire contenido en el pecho arda y parezca que va estallar en sus pulmones. A pesar de desear con todo su ser desvanecerse, ser humo o caber en la rendija de una puerta antes de traspasarla. 

Se he dado cuenta de que son más las veces que falta que las que sobra. De las ocasiones en las que se quedó corta nunca podrá lamentarse, ni recordar nada. Nada es más vacío que lo que no existe. Nada es tan rotundo como carecer de errores a los que aferrarse para sobrevivir. Y saber que, aunque pierda, el riesgo vale la pena… Porque al llegar el momento estuvo preparada y presentó batalla.

Ya no se esconde. No puede, el tiempo pasa. Se le agota, se le escapa. Esta noche más que nunca. 

 

Siesta

El sol de esta tarde se cuela en mis pupilas indefensas y hambrientas de luz, cansadas de acumular oscuridad y lamer destellos de vida entre las sombras. Mis ojos tienen ganas de tomar sueño, bajo su mirada omnipresente y rotunda. Buscan cegarse de su vida, necesitan cubrirse de alegrías y tramar sueños que acaben en risa. Que no acaben nunca.
Mi piel busca el calor de esta hora tonta en la que los párpados se cierran y las voluntades se ahogan. Quiere rozar el tacto suave de la sábana y la calidez acuosa de un sueño de amor. Busca retiro y busca placer. Busca mecerse y revolotear. Busca poca cordura y mucha insensatez.
Camino levemente sobre la arena que arde y se prende a mis pies pequeños, mi cuerpo frágil se sumerge en el agua helada aún hasta que la sal me cubre los sentidos. Su marea agita mis sábanas y dibuja en mi boca una sonrisa tímida que termina en suave jadeo al llegar la calma, cuando el corazón se duerme después de latir inquieto y cargado de fantasías. Abandono el mar y casi dormito.
El sol se arrastra en mi diminuta presencia y dibuja mi contorno dormido y exhausto. Me suelto, me dejo… Me presto.
Y sueño. Lo devoro todo soñando y caminando por todos mis deseos. Cruzo las calles a prisa buscando por las esquinas dioses ocultos bajo caras tristes. Bajo miradas de niño distraído y juegos caprichosos. Busco su luz. Su calor. Su fuerza.
Mis pies se precipitan buscando risas, buscando momentos efímeros de felicidad extrema para conseguir que sean eternos, que sean sólidos…
Me precipito calle abajo y calle arriba persiguiendo la sombra, para buscar el sol. Muerta de ganas que me toque y me roce y me haga estallar de vida…
Detengo mi paso y levanto la vista. Lo noto. Y sé que busco algo enorme, lo más grande jamás buscado… tanto que me rodea, me sacude, me engulle… Sus rayos tocan mis cabellos y revuelven todas mis capas de existencia. Noto una punzada de placer al sentir su calor. Caigo agotada de luchar contra el deseo. Sé que no podré jamás ocultarme de él, ni evitar su presencia. Me habita y me ronda los sueños y las venas. Me surca por dentro como si yo fuera su cauce. Sucumbo loca y sin quicio. Me rindo. Ya no resisto. Las ganas de sol me superan.