¿Qué te convierte en un gran comunicador?

¿Qué te convierte en un gran comunicador?

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¿Qué te convierte en un gran comunicador?
Una pregunta básica, de respuesta complicada. Siempre he considerado que no hay buenos ni malos comunicadores, porque cuando comunicamos mal, sencillamente no comunicamos  y el hilo invisible que nos une con nuestro público se corta. Lo que sí ocurre es que con nuestra “no comunicación” informamos a los demás de muchas cosas que tal vez no quisiéramos compartir. Falta de rigor, falta de preparación, falta de conocimientos, falta de valor… Seguramente, mucho de esto no es cierto, pero es lo que transmiten nuestra cara de pánico y nuestros titubeos.
Cuando pregunto a veces en un aula qué creen los alumnos que hace de alguien un gran comunicador, en la mayoría de ocasiones, se dedican a enumerar una serie de aptitudes o puntos fuertes.
La verdad es que el talento innato ayuda, pero se puede aprender a comunicar con esfuerzo y empeño si se le ponen ganas y se hacen ejercicios para superarse con ayuda de profesionales, tal vez.
Si se pude conseguir con aptitud y con esfuerzo, entonces, ¿por qué no hay por ahí grandes comunicadores en las esquinas? ¿lo puede hacer cualquiera?
Este cóctel de esfuerzo y  talento es una fórmula de éxito que muchos de los grandes aplican, sin duda. Aunque yo siempre he creído que no hay mucho secreto, si intentas algo cien veces tienes más posibilidades de conseguirlo que si lo intentas una vez. Si no lo intentas, tal vez te caiga un día de cielo sin haber hecho nada por ello pero seguramente no sabrás gestionarlo.
Lo que nos cuesta conseguir se convierte en oro. Y no sólo cuando ya lo tenemos y tocamos, ya es oro para nosotros durante el esfuerzo porque nos está ayudando a cambiar y evolucionar.
Hay, sin embargo, tantas personas con talento que se esfuerzan y no lo consiguen (hecho que no significa que no consigan nada, seguramente encuentran mil retos mejores en ese camino que les hacen grandes y sabios).
¿Qué te ayuda a comunicar?
¿Una hermosa voz? Os pondría mil ejemplos de personas que tienen voces desgarradoras y estresantes y son grandes comunicadores. Algunos incluso tartamudean y, a pesar de ello, llegan a nosotros cuando hablan.
No me molestaré en citar la buena presencia. Claro que todos preferimos ver en el atril a alguien agraciado físicamente, pero la mayoría de mis referentes en comunicación son personas que no destacan por ello.
¿Es lo que dices? ¿hace el mensaje que seas un gran comunicador? No lo creo, pienso que un gran comunicador puede trasladar cualquier mensaje mientras crea en él y sepa que lo que está contando es algo valioso que puede ayudar a quiénes le escuchan.
¿Son las técnicas aprendidas y los cursos de oratoria? Seguramente son de gran apoyo y te permiten mejorar, te dan recursos para explorar y te ayudan a encontrar esa parte de ti que conecta con tu público… Pero ¿qué te hace conectar con tu público? ¿qué puedes ofrecer tú que no ofrecen otros y que hará que tu audiencia se quede con tus palabras y tus gestos?
Si talento y esfuerzo son necesarios pero tal vez no bastan, ¿qué más hace falta para comunicar?
Tú. Tu esencia y tu forma de ver la vida. Después de dar mil vueltas, he llegado a la conclusión que comunicar es una cuestión de actitud. De ser capaz de ponerse ante un auditorio y contar tu propia versión. Desgranar una parte de ti, hasta donde quieras o necesites, y mostrarte sin temor. Por eso siempre insisto en que para comunicar es necesario haber hecho bastante el ridículo. Cuando digo esto, no me refiero a quedar en evidencia porque sí, me refiero a defender tu versión de la vida hasta donde haga falta sin avergonzarte de ella. Mirar al mundo a la cara sin bajar la vista. Ser tú sin esconderte porque sabes que eres digno y puedes ofrecer mucho a los demás y a ti mismo. Ser valiente cada día, con tus palabras, con tus gestos, con cada una de tus miradas… Plantar cara sin herir, no arrugarse… Cuando alguien ha superado unos cuantos ridículos y malas caras por defender su manera de vivir, está preparado para deslumbrar al mundo con el tesoro que ha conseguido. Cada golpe superado te hace más capaz de comunicar. Cada peldaño que subes hacia ti mismo y tu plenitud te hace crecer lo suficiente como para ser que otros puedan aprender de ti y tú de ellos. Cada vez que sales de una habitación con la cara bien alta después de haber lidiado con una situación adversa te impregnas de algo que te hace más atractivo como ser humano y más interesante. ¿El gran comunicador es el que ha tenido más tropiezos? en gran parte, seguramente, sobre todo si de cada uno de ellos ha salido airoso, no por ganar si no por aprender.
Tú eres la respuesta que buscas. Ofrecer a los demás un poco de esa emoción que te recorre el cuerpo cuando expones tu discurso. Disfrutar de ese momento y hacer que ellos disfruten y compartan tu entusiasmo. Acercar el discurso a los demás y contar tu historia… Los grandes comunicadores siempre cuentan historias. Ahora lo llamamos storytelling pero hace siglos que se practica. No hemos inventado nada, lo hemos catalogado y redescubierto, le hemos dado valor a lo que se ha hecho siempre y lo hemos divulgado y sistematizado…
¿O es que ninguna de vuestras abuelas practicaba networking cuando iba al mercado? O cuando nuestros padres o nosotros mismos nos apuntábamos a una entidad para hacer actividades extra escolares no nos comportábamos como en una red social compartiendo conocimiento y haciendo relaciones públicas? ¿No llegábamos y nos dábamos a conocer poco a poco hasta integrarnos en el grupo?
Lo que hace de alguien un gran comunicador es que deje a su público entrar en una pequeña parcela de su alma para que hurgue en ella. Mostrar desde la honestidad una parte de sus experiencias, rendirse ante ellos y mostrar la yugular para decir “no tengo miedo, soy así, tengo mucho que ofrecer y ganas de escucharte”.
Para comunicar hay que soltarse sin dejar de llevar el timón. Para soltarse hay que sentirse bien con uno mismo y saber que has saltado algunos muros que te hacen superar el perímetro de tus miedos. Ser vulnerable no es negativo. Nada seduce tanto como ser capaz de mostrar tus debilidades sin temor, porque al hacerlo, empiezan a ser tus fortalezas… Y es entonces cuando controlas la situación y no pierdes el timón.
¿Qué hace de ti un gran comunicador? La confianza, la autoestima, la emoción.
Nada te acerca tanto a tu público como ser capaz de emocionarle porque consigues transmitir tu propia emoción… Para emocionar es necesario exponerte y correr el riesgo de dar algo que forma parte de ti… Algo que, por otro lado, nadie puede robar ni perder porque es tuyo, conseguido fracaso o fracaso, golpe a golpe y día a día de ganas de infinitas de ser mejor. Tu marca personal…  Tu coherencia contigo mismo y con el resto del mundo. Se habla tanto de este increíble  y casi indefinible concepto ¿a caso no es tu forma de ver la vida y todo lo que has aprendido? ¿no es una especie de amasijo entre tus sueños, tu esfuerzo, tus logros y tu forma de enfrentarte a las adversidades? Lo que dejas tras de ti cuando marchas y hace que los demás te recuerden. Tu necesidad de compartir conocimiento…
Querer ser mejor te hace un gran comunicador también… Si eres capaz de decirlo en voz alta y acompañarlo de tus miradas y gestos. Cuenta tu historia, que sepan quién eres y qué te mueve en la vida, qué buscas y qué has encontrado por el camino mientras buscabas… Qué te ha dejado marca.
Porque al final, comunicar es ser persona… Cierto, pero sobre todo, saber mostrarlo… Ser capaz de abrirse en canal y compartir tu esencia.
 

Liberémonos de etiquetas

Liberémonos de etiquetas

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Llevamos etiquetas. Nos las ponen en la escuela, en casa, en el parque… lo hacen nuestros profesores, nuestros amigos, nuestros padres… nos las pegan en la espalda de muy niños. Algunas las llevamos escritas a zarpazos aunque hayan cicatrizado, otras son marcas hechas a fuego lento… muchas se escriben con tinta invisible y solo se pueden leer en lo más oculto de nuestras cabezas. Sin embargo, están ahí y llegan siempre con intención de quedarse. Los que nos las ponen, que también tienen las suyas, lo hacen bien… Nos las clavan hondo el día que nos sonrojamos por primera vez o bajamos la cabeza. El día que reímos demasiado, en el que damos una respuesta poco agradable, en el que no se nos ocurren frases elocuentes o no nos atrevemos a bailar. Pasamos a ser el tímido, el aburrido, el charlatán, el torpe, el empollón, el borde, la estirada… una larga lista de adjetivos que llegamos a interiorizar tanto que conseguimos que nos simplifiquen, que nos paralicen, que se nos peguen encima como una rémora imposible de eliminar. Y acabamos siendo nuestras etiquetas, porque respondemos a ese estímulo, porque es fácil asumir ser algo para el resto, para no decepcionar las expectativas, para no batallar en balde… para aferrarnos a algo aunque no nos guste. Obedecemos.

Y repetimos ese esquema cada día. Nos miramos a la cara, en ese espejo mental que todos tenemos y que nos deforma hasta parecer garabatos, y nos repetimos el calificativo que llevamos escrito en la etiqueta, como si fuéramos el abrigo… y nos cerramos a otros adjetivos, a ser algo más… convertimos la consecuencia en causa.

Y la etiqueta genera en nosotros jurisprudencia interior, nos acaba dibujando como personas, nos guía, nos esculpe la vida y nos lleva por dónde le conviene para no caer en falso y permitir que la etiqueta se borre. Hay etiquetas que duran cien años. Hay quien incluso lleva asida la etiqueta de sus padres y abuelos, como una herencia perenne con la que cargar…

¿Cómo contradecir esa marca incrustada dentro desde niños aunque el cuerpo nos pida a gritos cambiarla? ¿cómo volver a ser de nuevo nosotros y decidir no llevar nada pegado que nos limite o condicione?

Seguramente, decepcionándolas, contradiciéndolas hasta lo más íntimo de nuestro ser… averiguando si nos definen… y sólo aceptando ser lo que escogemos. Cortando ataduras, dando puerta a nuestros temores y dejándonos llevar.

El gran reto será descubrir aquellas etiquetas que existían y ni tan siquiera sabíamos que llevábamos adheridas. Las que habíamos asumido, las que nos herían y nos aniquilaban como ser humano… para purgar sus secuelas.

Distinguir entre las que nos pusieron y las que nos fuimos añadiendo nosotros a lo largo de la vida.

Para que nadie nos diga quiénes somos. Para que nadie nos imponga una forma de vida que no queremos, ni siquiera nosotros mismos.